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miércoles, 4 de marzo de 2026

MARRAKECH: PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES Y SINAGOGA AL AZAMA

 MARRAKECH 

PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES, LA MEDINA Y LA SINAGOGA AL AZAMA

EL PALACIO DE LA BAHIA

Durante nuestro segundo día en Marrakech madrugamos para desayunar y dirigirnos hacia uno de los lugares más bellos de la ciudad: el Palacio de la Bahía. Sabíamos que es una de las visitas más concurridas y queríamos recorrerlo con cierta calma, aunque en Marrakech el concepto de “temprano” es relativo: pese a llegar a las nueve en punto, la entrada ya estaba tomada por grupos organizados.

El horario es de 9:00 a 17:00 y la entrada cuesta alrededor de 100 dirhams. A diferencia de otros lugares de la ciudad, aquí el precio está plenamente justificado: es una visita imprescindible para entender el refinamiento y el poder de la élite marroquí del siglo XIX.

El palacio se encuentra en el barrio andalusí, una zona históricamente vinculada a la población llegada tras la caída del Reino de Granada.

Su construcción comenzó hacia 1866 por iniciativa de Si Moussa, gran visir del sultán alauí Sidi Mohammed ben Abderrahmane. Aunque no era sultán, su cargo le otorgaba un enorme poder político y económico, lo que le permitió levantar una residencia acorde a su posición en la corte. Aun así, el conjunto inicial era mucho más modesto que el que vemos hoy.

El verdadero esplendor llegó con su hijo, Ahmed ben Moussa (Ba Ahmed), quien ejerció como regente durante la minoría de edad del sultán Muley Abdelaziz, hijo de Hassan I. Durante casi una década concentró un poder inmenso y destinó grandes recursos a ampliar el complejo hasta convertirlo en un palacio de más de ocho hectáreas y unas 150 estancias. Lo bautizó como “Bahía”, que puede traducirse como “la brillante” o “la bella”, y según la tradición lo dedicó a una de sus esposas favoritas.

         

El recorrido es una sucesión armoniosa de patios, jardines y salas donde el agua y la vegetación suavizan el rigor del clima. Los espacios oficiales estaban destinados a recepciones y asuntos de Estado; en ellos el gran visir atendía delegaciones y celebraba reuniones políticas. Las estancias privadas, en cambio, estaban reservadas al descanso y a la vida doméstica del harén.

               

A lo largo de la visita conviene detenerse en los detalles: la delicadeza de la yesería tallada, los techos de madera de cedro ricamente policromados y el vibrante mosaico de zellij que cubre paredes y suelos. En conjunto, todo resulta muy armonioso y cuidado. La cantidad de detalles decorativos que se concentran en cada patio y cada sala hacen que el Palacio de la Bahía sea, sin duda, uno de los lugares más impresionantes y bonitos que puedes visitar en Marrakech.




PLACE DES FERBLANTIERS 

Dejamos atrás el Palacio de la Bahía y, a apenas unos pasos, nos dirigimos hacia otro imprescindible de la ciudad: el Palacio El Badi. El trayecto es corto, pero merece la pena hacerlo sin prisas.

Por el camino atravesamos la Place des Ferblantiers, la conocida Plaza de los Hojalateros. Su nombre no es casual: durante siglos este espacio estuvo ocupado por artesanos especializados en trabajar la hojalata y otros metales, que aquí fabricaban lámparas, bandejas y objetos decorativos que luego se distribuían por toda la ciudad.

Hoy todavía sobreviven algunos pequeños comercios que mantienen esa tradición, aunque es evidente que el esplendor artesanal de otros tiempos ya no es el mismo. Aun así, la plaza conserva cierto encanto y funciona como antesala tranquila antes de adentrarse en la grandeza histórica de El Badi.




PALACIO DE EL BADI

Muy cerca de la Plaza de los Hojalateros se encuentra la entrada del Palacio El Badi, un lugar que, aunque hoy se presenta como una gran ruina monumental, sigue evocando el esplendor imperial de Marrakech. A simple vista pueden parecer solo muros desnudos y patios vacíos, pero la dimensión del conjunto habla por sí sola. Además, en el interior se proyectan recreaciones en realidad virtual desarrolladas por la Universidad de Granada, que ayudan a imaginar cómo fue el palacio en su época dorada.

El Badi

El origen del edificio está directamente ligado a la Batalla de Alcazarquivir, librada a finales del siglo XVI entre Portugal y Marruecos. Conocida también como la Batalla de los Tres Reyes —porque en ella murieron el rey portugués Sebastián I, el sultán depuesto Abu Abdallah Mohammed II y el sultán Abd al-Malik—, supuso una contundente victoria marroquí. Miles de soldados portugueses fueron capturados y, como era habitual en la época, se pagaron cuantiosos rescates por los prisioneros nobles. Ese enorme botín permitió al nuevo sultán saadí, Ahmad al-Mansur, financiar la construcción de un palacio destinado a deslumbrar al mundo. Lo llamó El Badi, “el Incomparable” o “el Maravilloso”.

Las crónicas cuentan que para su construcción se importaron mármoles de Italia, oro del África subsahariana, ónix de la India y maderas nobles del Líbano. El complejo llegó a contar con más de 300 estancias, grandes patios ajardinados, pabellones ricamente decorados y una enorme alberca central que reflejaba los edificios cubiertos de azulejos, estucos y techos de cedro tallado. Se dice que su inspiración fue la Alhambra, lo que permite hacerse una idea de la magnificencia que debió de alcanzar.

Pero el esplendor fue breve. En el siglo XVII, tras la caída de la dinastía saadí, la nueva dinastía alauí trasladó la capital primero a Fez y después a Meknes. El sultán Moulay Ismail, lejos de conservar el palacio, ordenó desmontarlo para que no quedara vestigio alguno de la anterior dinastía saadí. Durante años, sus materiales más valiosos fueron trasladados para embellecer sus propias construcciones en Meknes. Así, El Badi quedó reducido a la estructura que hoy contemplamos: poderosas murallas de adobe rojizo, amplios patios abiertos al cielo y las bases de lo que fueron suntuosos pabellones.

Y, sin embargo, el conjunto sigue teniendo algo especial. A diferencia del Palacio de la Bahía, aquí suele haber muchos menos visitantes, lo que permite recorrerlo con calma, pasear junto al gran estanque central y dejar volar la imaginación. Más que un palacio decorado, El Badi es una ruina majestuosa que impresiona por su escala y por la historia que encierra.


TUMBAS SAADIES

Mezquita de Moulay al-Yazid
Tras visitar el Palacio El Badi, nos dirigimos hacia uno de los lugares más delicados y refinados de Marrakech: las Tumbas Saadíes.

Antes de llegar, pasamos frente a la Mezquita de Moulay al-Yazid, adyacente al recinto funerario. También conocida como Mezquita de la Kasbah, recibe este nombre por haber sido construida junto a la antigua ciudadela levantada por el califa almohade Yaqub al-Mansur entre 1185 y 1190, en pleno apogeo del imperio almohade. Su acceso está restringido a los no musulmanes, pero aun así merece la pena detenerse a contemplar su exterior y su imponente minarete, ya que siempre ha sido considerada una de las mezquitas más importantes de la ciudad, al nivel de la propia Koutoubia.

Tras pasear por sus alrededores, bordeamos la mezquita hasta alcanzar la discreta entrada de las Tumbas Saadíes, situada en la parte posterior. Como ocurre con la mayoría de monumentos de Marrakech, la entrada cuesta 100 dirhams y el horario habitual es de 9:00 a 17:00.

El complejo funerario fue mandado construir a finales del siglo XVI por el sultán saadí Ahmad al-Mansur, con la intención de crear un mausoleo digno de su linaje y acorde al esplendor alcanzado por la dinastía. Aquí fueron enterrados él mismo, sus familiares y destacados miembros de la corte.

Sin embargo, apenas un siglo después, la dinastía saadí fue derrocada y sustituida por la dinastía alauí. A diferencia de lo ocurrido con El Badi, que fue desmontado piedra a piedra, el nuevo sultán Moulay Ismail no destruyó las tumbas, pero sí ordenó sellarlas y ocultarlas tras altos muros, dejando únicamente un pequeño acceso desde la mezquita contigua. Durante más de dos siglos permanecieron prácticamente olvidadas, hasta que en 1917 fueron redescubiertas gracias a fotografías aéreas realizadas durante el Protectorado francés.

Las Tumbas Saadíes se organizan en varias zonas claramente diferenciadas, lo que facilita mucho la visita.

Patio Central

Nada más entrar accedes a un patio central (6), presidido por un jardín rectangular con más de 100 tumbas, donde están enterrados cortesanos, funcionarios y miembros secundarios de la familia real.

Las lápidas de esta zona son relativamente sencillas, realizadas en mármol y decoradas con inscripciones coránicas y delicados motivos florales.

Gran Cámara

A tu derecha verás un edificio que alberga dos salas: la Gran Cámara (2) y la Cámara de Lalla Mas'uda (1), la parte más antigua del conjunto. La Cámara de Lalla Mas'uda recibe su nombre porque en ella se encuentra la tumba de la madre del sultán Ahmad al-Mansur. La Gran Cámara fue completándose posteriormente con enterramientos de otros familiares. En ambas estancias ya se aprecia la riqueza decorativa que caracteriza al recinto: techos de madera de cedro tallada, zócalos de azulejos geométricos y frisos de estuco finamente trabajados.

        

Continuando por el patio llegarás al edificio del fondo. No tiene pérdida: normalmente verás una pequeña cola, ya que no se permite el acceso directo al interior y solo se puede observar a través de unas ventanas. Aquí se concentran las auténticas joyas del complejo, distribuidas en tres salas: la Sala de las Doce Columnas (4), en el centro; la Sala de los Tres Nichos (5), a la derecha; y la Sala del Mihrab (3), a la izquierda.

Sala de las Doce Columnas

La más impresionante es, sin duda, la Sala de las Doce Columnas (4), que a mí me recordó inevitablemente a algunas estancias de la Alhambra. Aquí están enterrados el propio Ahmad al-Mansur, su hijo Zidane y sus sucesores inmediatos. La sala recibe su nombre por las doce columnas de mármol de Carrara que sostienen una magnífica cúpula de madera de cedro. En su diseño se aprecia un interesante simbolismo: el cuadrado de la planta representa la tierra, el círculo de la cúpula simboliza el cielo, y la transición entre ambos alude al paso de la vida terrenal a la celestial.

A la derecha se encuentra la Sala de los Tres Nichos (5), más pequeña, donde reposan niños y príncipes de la dinastía saadí.

A la izquierda se abre la Sala del Mihrab o Sala de Oración (3), la más amplia del conjunto. Originalmente funcionó como oratorio, algo que se aprecia en el mihrab orientado hacia La Meca, decorado con un arco de herradura. Cuatro columnas de mármol dividen el espacio en nueve secciones, bajo las cuales se distribuyen numerosas tumbas, no solo saadíes, sino también de miembros de la posterior dinastía alauí.

Sala del Mihrab

Y aquí concluye la visita. No esperes un recinto enorme en el que pasar toda la mañana: en unos 30 o 40 minutos lo habrás recorrido con calma. Sin embargo, pese a su tamaño contenido, la historia que encierra y la exquisitez de su decoración hacen que sea una parada imprescindible en Marrakech.


SINAGOGA AL AZAMA

A unos diez minutos a pie de las Tumbas Saadíes se encuentra el antiguo barrio judío de Marrakech, el Mellah. Hoy ya no queda prácticamente población hebrea en la zona, pero aún se conservan algunos de los templos que dan testimonio de aquella comunidad. El más importante y conocido es la Sinagoga Al-Azama.

Sinagoga Al Azama

Su origen se remonta a finales del siglo XV o comienzos del XVI, cuando numerosos judíos sefardíes procedentes de la península ibérica llegaron al norte de África tras la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos. Muchos se establecieron en Marrakech, en el Mellah, la judería amurallada creada junto al palacio real. La sinagoga fue fundada por estos exiliados y su nombre, “Al-Azama”, significa precisamente “los exiliados” o “los desterrados”, en clara referencia a aquella diáspora.

Durante siglos fue el centro religioso y social de la comunidad judía local. Sin embargo, tras la creación del Estado de Israel en el siglo XX, la mayoría de los judíos de Marrakech emigraron a Israel y a Francia, dejando el barrio prácticamente vacío. La sinagoga cayó en el abandono hasta la década de 1990, cuando comenzó un proceso de restauración que la transformó en museo y en punto de referencia para la pequeña comunidad judía que aún permanece en la ciudad, especialmente durante las festividades religiosas.

        

Al llegar llama la atención la presencia de policía marroquí en la entrada, reflejo de las estrictas medidas de seguridad que rodean este tipo de lugares. En el interior encontrarás primero la sala principal de oración, orientada hacia Jerusalén, con paredes blancas y elegantes detalles en madera que aportan sobriedad y calidez al espacio. Después se accede a un pequeño patio central rodeado de columnas, con una fuente en el centro y una combinación de tonos azules y blancos. A su alrededor se distribuyen varias salas que albergan una exposición sobre la historia de la sinagoga y la presencia judía en Marruecos.

El ambiente es sorprendentemente tranquilo. Apenas llegan turistas hasta aquí y el silencio contrasta con el bullicio constante de otras zonas de la medina. Quizá no sea el lugar más espectacular de Marrakech, y aunque la duración de la visita es corta, no te llevará mas de 15 minutos, sí es muy significativa para entender la diversidad religiosa de la ciudad y la convivencia —no siempre sencilla, pero real durante siglos— entre las distintas comunidades que habitaron sus murallas.


LA MEDINA DE MARRAKECH



El resto del día y buena parte del siguiente los dedicamos a recorrer sin rumbo fijo la espléndida Medina de Marrakech, el auténtico corazón de la ciudad. Fundada en 1070 por los almorávides, aún conserva su trazado medieval casi intacto: un entramado de callejuelas estrechas y laberínticas, zocos cubiertos, patios ocultos y puertas monumentales protegidas por más de 19 kilómetros de murallas de adobe rojizo.

            

La vida aquí es intensa y caótica. Hay gente por todas partes: turistas desorientados con el móvil en la mano, comerciantes llamando desde sus tiendas, repartidores empujando carretillas, motos que atraviesan los callejones a toda velocidad y mulos cargados hasta los topes. En la medina cabe todo. Es un pequeño universo donde lo tradicional y lo contemporáneo conviven sin demasiadas explicaciones.

El eje sobre el que gira todo es la Plaza Jemaa el-Fna. A su alrededor se organizan las distintas zonas: los zocos, los barrios de gremios artesanos, el Mellah o barrio judío y la Kasbah.

Desde aquí parten los principales zocos, un auténtico laberinto comercial donde cada gremio ocupa su espacio: tintoreros, cesteros, carpinteros, herreros, vendedores de especias o alfombras.

No hace falta buscarlos con un mapa; en la medina lo mejor es perderse. Tarde o temprano acabarás encontrando el zoco de los tintoreros con sus madejas de lana colgando al sol, el de los trabajadores del metal martilleando sin descanso o el de las alfombras, donde el arte del regateo alcanza su máxima expresión.

Lo verdaderamente recomendable aquí no es seguir una lista cerrada de monumentos, sino dejarse llevar. Callejear sin rumbo, adentrarse en pasadizos cada vez más estrechos, cruzar pequeñas plazas donde los niños juegan al fútbol y observar talleres donde los oficios parecen detenidos en el tiempo. En muchos rincones da la sensación de estar viendo escenas que en Europa desaparecieron hace décadas.

          

Y, aunque pueda parecer lo contrario, la medina es un lugar bastante seguro. Nosotros paseamos incluso entrada la noche y no tuvimos ningún problema. Basta con aplicar el sentido común y mantener la atención ante el tráfico improvisado de motos y carros.

Además de comprar, regatear y tomar té, hay un ritual imprescindible: subir a una terraza al caer la tarde. Desde lo alto, los tejados ocres se tiñen de dorado mientras la silueta de la Mezquita Kutubía domina el horizonte y comienza a escucharse la llamada a la oración. Nosotros lo hicimos en la Plaza Rahba Kedima, en pleno interior de la medina, y fue uno de los momentos más especiales del viaje.

Por último, si quieres vivir la experiencia completa, alójate en un riad dentro de la medina. Son antiguas casas señoriales reconvertidas en pequeños hoteles. Puede que al llegar pienses que te estás metiendo por una calle imposible, pero tras una puerta discreta suele esconderse un patio con fuente, mosaicos, plantas y un silencio casi absoluto. Ese contraste resume perfectamente lo que es Marrakech: bullicio por fuera, calma inesperada en el interior.

         

La medina no es un lugar que se “visita”, es un lugar que se vive. Puede resultar abrumadora, caótica y excesiva, pero precisamente en ese desorden aparente reside su encanto. Pasearla sin prisas, dejarse sorprender y aceptar que uno nunca termina de comprenderla del todo es, probablemente, la mejor forma de llevarse Marrakech grabada en la memoria.