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sábado, 4 de abril de 2026

IGLESIA DE BOYANA, MONASTERIO DE RILA Y VENILGRAD

IGLESIA DE BOYANA, MONASTERIO DE RILA Y VELINGRAD

Día 2

La mañana no empezó precisamente bien. Aunque nos levantamos temprano, con la idea de aprovechar el día y poner rumbo hacia el este del país, nos encontramos con una sorpresa inesperada: las calles estaban completamente bloqueadas por un maratón. Lo peor no fue el evento en sí, sino que nadie nos había avisado; ni había señales el día anterior, ni en el hotel nos dijeron nada. Intentamos hablar con varios policías que cortaban la calle, pero no hubo manera… hasta que, por suerte, encontramos a uno que decidió ayudarnos y nos permitió salir. Al final conseguimos arrancar la ruta, aunque con casi dos horas de retraso. No era el mejor comienzo, pero ya estábamos en camino. 

IGLESIA DE BOYANA

Nuestro primer destino era la Iglesia de Boyana, situada a las afueras de Sofía, a los pies del Monte Vitosha. Desde fuera puede parecer una iglesia más, pequeña y discreta, pero en realidad es una de las grandes joyas del pais, hasta el punto de haber sido declarada Patrimonio de la Humanidad por laa Unesco en 1979.


Antes de visitarla conviene saber que el acceso es limitado: si quieres asegurarte la entrada a una hora concreta, lo mejor es reservar con antelación, ya que solo pueden entrar diez personas cada diez minutos. Además, en el interior no se permiten fotografías y siempre se acceder acompañado por un vigilante.

Mientras esperas tu turno, merece la pena pasear por los tranquilos jardines que rodean la iglesia. Allí, casi escondida, se encuentra la tumba de la Eleonore de Bulgaria, segunda esposa del zar Fernando I de Bulgaria, quien pidió ser enterrada en este ligar por su carácter sencillo y su vínculo con Boyana.


La iglesia no se construyó de una sola vez. Su parte más antigua data de los siglos X y XI, fue ampliada en el siglo XIII durante el Segundo Imperio Búlgaro yy finalmente completada en el siglo XIX, lo que le da ese air de lugar construido a lo largo del tiempo, donde cada época ha dejado su huella. Pero lo que realmente la hace única no es su arquitectura, sino lo que guarda en su interior. En sus paredes se conservan más de 240 figuras humanas repartidas en 89 escenas, pintadas en 1259, consideradas uno de los conjuntos mejor conservados del arte medieval en Europa del Este.

Lo más sorprendente es el realismo de los frescos: rostros con expresión, miradas llena de personalidad y escenas que transmiten una humanidad poco habitual para la época. Fíjate especialmente en los retratos de Sebastokrator Kaloyan y Desislava de Bulgaria, los mecenas de la iglesia, uno de los matrimonios más influyentes del siglo XIII, responsables de su ampliación y decoración. Sus imágenes destacan por una naturalidad sorprendente, adelantándose a estilos que aparecerían siglos después en el Renacimiento.

Cuando entras, el espacio resulta pequeño pero abrumador: cada rincón está cubierto de escenas, detalles y figuras que parecen observarte desde hace siglos. Y es entonces cuando te das cuenta de que los diez minutos de visita se quedan muy cortos. Sales con la sensación de no haber tenido tiempo suficiente para asimilar todo lo que has visto, pero también con la certeza de haber estado en un lugar realmente especial.

MONASTERIO DE RILA

Tras la visita a la Iglesia de Boyana, pusimos rumbo hacia el Monasterio de Rila, uno de los monasterios más famosos de Bulgaria, situado en un entorno espectacular, rodeado de montañas, bosques y naturaleza en estado puro.

Rila se encuentra a unos 120 km de Sofía, lo que se traduce en aproximadamente una hora y media en coche. Esto hace que sea una de las excursiones más populares entre quienes visitan el país, tanto por libre como en tours organizados. Por eso, no esperes encontrar un remanso de paz, sino más bien todo lo contrario: es un lugar bastante concurrido. Conviene revisar los horarios antes de ir, ya que pueden variar durante celebraciones religiosas. El acceso al monasterio es gratuito, aunque si quieres visitar el museo tendrás que pagar entrada.











Si llegas en coche desde Sofía, un buen consejo es rodear el monasterio, ya que en la parte trasera hay una explanada donde resulta más fácil aparcar y que, además, queda justo frente a una de las entradas al patio principal.

El Monasterio de Rila está cargado de simbolismo, ya que durante siglos desempeñó un papel fundamental en la preservación de la identidad búlgara, especialmente durante la dominación otomana.

El monasterio original fue fundado en el siglo X por San Juan de Rila (Ivan Rilski), el santo más venerado de Bulgaria. Se trataba de un ermitaño que decidió retirarse a las montañas en busca de una vida de aislamiento y espiritualidad. Su fama fue creciendo rápidamente, y pronto comenzaron a llegar discípulos que se establecieron en los alrededores. Tras su muerte, ese pequeño asentamiento acabó dando origen al monasterio. Durante siglos, este lugar sirvió como refugio para la lengua, la religión y las tradiciones búlgaras.

Uno de los momentos más importantes de su historia llegó con la expansión del Imperio otomano en los Balcanes. A diferencia de otros centros religiosos que fueron destruidos o abandonados, el monasterio logró sobrevivir y mantenerse activo durante siglos. Esto fue posible, en parte, gracias a su ubicación aislada en la montaña y, en parte, al apoyo constante de fieles que ayudaron a su mantenimiento.

A comienzos del siglo XIX, un gran incendio destruyó buena parte del recinto. Sin embargo, su reconstrucción a mediados de ese mismo siglo terminó convirtiéndose en una oportunidad para el resurgir cultural búlgaro, ya que numerosos artistas participaron en su restauración, dejando un legado artístico que hoy sigue impresionando. Tanto es así que hoy en día, el monasterio es uno de los centros culturales y religiosos más importantes del país, y en 1983 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La primera impresión es la de estar en un recinto casi fortificado, formado por edificios con balcones de madera que rodean un gran patio central, en cuyo corazón se alza la iglesia. A pocos pasos se encuentra la Torre de Hrelio, la estructura más antigua del complejo, que data del siglo XIV y que se utilizaba como refugio en caso de ataques, siendo uno de los pocos elementos originales que se conservan.

       

Aunque pasear por el patio y observar cada rincón es una delicia, lo más llamativo es la Iglesia de la Natividad, que con sus características franjas negras y blancas ocupa el centro del recinto. Sus paredes, tanto interiores como exteriores, están completamente cubiertas de frescos que representan escenas bíblicas. No dejes de fijarte en el exterior en las escenas del Juicio Final, especialmente en el detalle de la escalera de Jacob, que conecta el infierno con el cielo.

En el interior, donde no está permitido hacer fotografías, además de la impresionante cantidad de frescos, destaca el iconostasio de madera tallada, considerado una de las piezas más valiosas del monasterio.

Mi recomendación es que te tomes la visita con calma. Necesitarás al menos una hora para disfrutar del lugar como se merece. El recinto es precioso, la iglesia una auténtica maravilla y es fácil que no pares de hacer fotos. Además, el monasterio sigue habitado por monjes, por lo que es habitual verlos moverse por el recinto, lo que añade aún más autenticidad a la experiencia.



VELINGRADO


Como ya mencioné en Sofía, Bulgaria es un auténtico paraíso de las aguas termales, y no es casualidad. El país se encuentra en una región donde la corteza terrestre está muy fragmentada, llena de fallas geológicas que permiten que el agua de lluvia se filtre hacia capas profundas de la tierra. A medida que desciende, el agua se calienta por el calor interno del planeta y por rocas calientes, vestigios de antiguos procesos volcánicos. Además, en ese recorrido subterráneo se enriquece con minerales como azufre, magnesio o calcio, antes de volver a la superficie en forma de aguas termales cargadas de propiedades.

Este proceso natural ha hecho que, desde tiempos romanos, las aguas de Bulgaria sean muy valoradas por sus beneficios terapéuticos. De hecho, a lo largo del país se construyeron numerosos baños para aprovechar sus más de 600 manantiales minerales.

Hoy en día, algunos de los destinos termales más destacados son Bankya, que ya visitamos el día anterior, Velingrad, protagonista de esta etapa, y Sandanski.

Si estás haciendo un road trip por Bulgaria, merece mucho la pena desviarse hasta Velingrad. Se encuentra a unas dos horas en coche del Monasterio de Rila y es conocida como la “capital del spa de los Balcanes”. Allí encontrarás una oferta hotelera espectacular, con establecimientos que cuentan con sus propias aguas termales, y todo ello a precios sorprendentemente bajos si los comparas con otros destinos europeos.

En nuestro caso, pasamos la tarde y la mañana siguiente en el Hotel Arte Spa & Park, un hotel de cinco estrellas con instalaciones termales propias, múltiples piscinas y todo tipo de servicios de spa. Una experiencia de lujo a un precio más que razonable. Si eres de los que disfrutan dándose un capricho de vez en cuando, este es, sin duda, un lugar perfecto para hacerlo.
























domingo, 29 de marzo de 2026

SOFIA


 SOFIA

Día 1: llegada a Sofía

El primer día de nuestro viaje comenzó temprano. Madrugar para coger el avión desde Málaga tuvo su recompensa, ya que llegamos a Sofía a primera hora de la mañana y pudimos aprovechar prácticamente todo el día.

Nada más aterrizar recogimos el coche de alquiler en el aeropuerto y nos dirigimos al hotel para dejar el equipaje antes de empezar a explorar la ciudad. Nos alojamos en el Aurora Sofia Hotel, un hotel bastante nuevo, cómodo y con parking propio, situado a menos de diez minutos andando del centro histórico, algo muy práctico para moverse por la ciudad.

El plan para ese primer día era sencillo: dedicar la mañana a recorrer los principales lugares del centro de Sofía y, por la tarde, salir en coche hacia los baños termales de Bankya, situados a pocos kilómetros de la capital.

Qué ver en Sofía

Catedral de Sveta Nedelya

La Catedral de Sveta Nedelya es una de las iglesias ortodoxas más importantes del centro de Sofía. Durante siglos ha sido un importante símbolo religioso para la ciudad, aunque también ha estado ligada a algunos de los episodios más dramáticos de la historia búlgara.

El edificio que vemos hoy es una reconstrucción del siglo XIX, aunque el origen del templo se remonta mucho más atrás, aproximadamente al siglo X. Su nombre, “Sveta Nedelya”, significa literalmente “Santa Domingo”, una advocación bastante común dentro de la tradición ortodoxa.

Exteriormente destaca su gran cúpula central y la estructura de ladrillo oscuro que le da un aspecto sobrio y sólido. Esta apariencia se debe en gran parte a la reconstrucción llevada a cabo tras el atentado de 1925, uno de los ataques terroristas más graves ocurridos en Europa durante el periodo de entreguerras.

            

El 16 de abril de 1925, durante el funeral de un general búlgaro, miembros del Partido Comunista Búlgaro colocaron una potente carga explosiva en la cúpula del templo. Su objetivo era eliminar a gran parte de la élite política y militar del país, incluido el zar Boris III de Bulgaria. El monarca finalmente no acudió al funeral, pero la explosión causó la muerte de más de 150 personas y dejó más de 500 heridos.

Cuando entres en el interior del templo merece la pena detenerse unos minutos frente al iconostasio, la gran pared decorada con iconos que separa la nave del altar. 





Destacan especialmente los iconos dorados de Jesús y de la Virgen, además de numerosas escenas con santos que reflejan la riqueza artística de la tradición ortodoxa.

Iglesia de San Jorge

A pocos metros de la Catedral de Sveta Nedelya, y casi por casualidad, llegamos a otra de las iglesias más icónicas de la ciudad: la Iglesia de San Jorge. Cuando llegamos nos encontramos con una pareja de recién casados haciéndose las típicas fotos de boda, algo que no nos sorprendió demasiado, ya que este pequeño templo es uno de los lugares más fotografiados de Sofía y aparece en prácticamente todas las guías turísticas del país.

Iglesia de San Jorge

El motivo es sencillo: se trata de uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Sus orígenes se remontan al siglo IV o V, cuando Sofía era conocida como Sérdica y formaba parte del Imperio Romano. En aquella época el edificio no estaba aislado como hoy, sino que formaba parte de un complejo mucho mayor que incluía termas, edificios administrativos e incluso dependencias del palacio imperial.

La iglesia tiene una curiosa forma circular —en realidad es una rotonda de ladrillo rojo— que contrasta con los edificios más modernos que la rodean. Aunque la entrada es gratuita, el horario de visita es limitado y en el interior no está permitido hacer fotografías.

Dentro se conservan varias capas de frescos pertenecientes a diferentes periodos históricos, que abarcan aproximadamente desde el siglo X hasta el XIV. Como es habitual en las iglesias ortodoxas, representan escenas religiosas con Cristo, la Virgen, diversos santos y personajes del Antiguo Testamento.

A partir del siglo XV, tras la conquista otomana de la ciudad, el edificio fue transformado en mezquita. En ese momento se añadió un minarete y los frescos fueron cubiertos con yeso, siguiendo la tradición islámica de evitar las representaciones figurativas en los lugares de culto. Siglos más tarde, tras la independencia de Bulgaria, el templo volvió a convertirse en iglesia y los frescos fueron redescubiertos y restaurados.

Visitar la Iglesia de San Jorge es, en cierto modo, viajar a través del tiempo. En un espacio pequeño se concentran distintas etapas de la historia de la ciudad: la romana, la bizantina, la otomana y la Bulgaria moderna, todas ellas dejando su huella en las paredes de este antiguo templo.

Palacio Presidencial

El Palacio Presidencial de Sofía se encuentra justo al lado de la Iglesia de San Jorge, aunque en realidad la sensación es casi la contraria: la pequeña iglesia aparece situada dentro del patio interior del complejo presidencial, lo que crea una imagen bastante curiosa y algo inesperada. Ver un templo del siglo IV rodeado por edificios administrativos del siglo XX es uno de esos contrastes que hacen tan interesante el centro histórico de Sofía.

A diferencia de otros palacios presidenciales europeos, este no es un edificio especialmente monumental. Se trata más bien de una construcción funcional, levantada en los años 50 del siglo XX durante el periodo comunista del país. En aquella época el complejo albergaba distintos organismos vinculados al gobierno y al Partido Comunista. Tras la caída del régimen en 1989, el edificio fue adaptado para convertirse en la sede oficial del presidente de la República de Bulgaria.

El mejor lugar para observar el palacio es en la parte trasera de la Iglesia de San Jorge, hacia la Plaza Burov. Allí encontrarás una fuente y la entrada más representativa del recinto. Es también el punto donde se sitúa la guardia de honor que custodia el edificio, un pequeño detalle ceremonial que añade algo de solemnidad a un conjunto arquitectónico que, por lo demás, destaca más por su carácter práctico que por su grandiosidad.


Iglesia de Santa Sofía

Desde el Palacio Presidencial de Sofía tomamos la calle Moskovska en dirección a dos de los templos más importantes de la ciudad: la Iglesia de Santa Sofía y la imponente Catedral de San Alejandro Nevski.

La primera que visitamos fue la Iglesia de Santa Sofía, uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Fue construida en el siglo VI durante el reinado del emperador bizantino Justiniano I, cuando la ciudad aún formaba parte del Imperio Bizantino y era un importante centro religioso de la región.

Iglesia de Santa Sofía

El nombre de Sofía no hace referencia a ninguna santa concreta del cristianismo. Procede del término griego sophía, que significa “sabiduría”, por lo que el nombre del templo podría traducirse como la Iglesia de la Sabiduría Divina. De hecho, comparte este mismo significado con la famosa Santa Sofía de Estambul, construida en la antigua Constantinopla.

Durante la dominación otomana, cuando Bulgaria pasó a formar parte del Imperio Otomano, el templo fue convertido en mezquita en el siglo XVI. Sin embargo, varios terremotos dañaron gravemente el minarete, lo que llevó finalmente a los otomanos a abandonar el edificio como lugar de culto islámico.

Siglos más tarde, tras la independencia de Bulgaria, el templo volvió a funcionar como iglesia ortodoxa, algo que también ocurrió con otros edificios religiosos del país.

Exteriormente, la iglesia recuerda en cierto modo a la basílica de Estambul, sobre todo por sus grandes muros de ladrillo rojo perforados por pequeñas ventanas. Aun así, el conjunto resulta bastante austero: no hay grandes adornos ni elementos decorativos, lo que le da un aspecto sólido y funcional.

El interior está dividido en tres naves: una nave central más alta y dos laterales más bajas, separadas por filas de columnas y arcos de ladrillo. A diferencia de otras iglesias que veremos más adelante en el viaje, aquí no abundan los frescos, en parte porque muchos de ellos desaparecieron durante el periodo en que el edificio funcionó como mezquita.

La parte más interesante del complejo se encuentra bajo tierra. En el subsuelo se puede visitar —previo pago de una pequeña entrada— una zona arqueológica donde se conservan tumbas paleocristianas, mosaicos y restos de las iglesias anteriores que existieron en este mismo lugar antes de levantarse el edificio actual.

Como anécdota curiosa, cuando nosotros entramos se estaba celebrando una misa funeral. Nos llamó la atención que, al finalizar la ceremonia, los asistentes ofrecían un pequeño ágape a todos los presentes, una tradición bastante habitual dentro de la liturgia ortodoxa..


Catedral de San Alejandro Nevski de Sofía

A escasos metros de la Iglesia de Santa Sofía se encuentra el templo más emblemático de la ciudad: la Catedral de San Alejandro Nevski. Este impresionante edificio fue levantado en memoria de los soldados rusos que murieron durante la Guerra ruso‑turca de 1877‑1878, un conflicto decisivo que permitió la liberación de Bulgaria del dominio otomano y abrió el camino hacia su independencia.

La catedral no pasa desapercibida. De hecho, es visible desde distintos puntos de Sofía gracias a sus características cúpulas doradas, que brillan especialmente cuando el sol incide sobre ellas. El templo recibe su nombre de Alejandro Nevski, un príncipe ruso medieval venerado como santo por la Iglesia ortodoxa.

La construcción comenzó en 1882 con la colocación de la primera piedra, aunque el edificio no se terminó hasta unos treinta años más tarde. El resultado es una catedral monumental que, según se dice, puede acoger a más de 10.000 personas, lo que la convierte en una de las iglesias ortodoxas más grandes del mundo.

         

Exteriormente, lo más llamativo es su enorme cúpula central recubierta con láminas de oro, acompañada por otras cúpulas menores que completan una silueta inconfundible en el perfil de la ciudad.

El interior es igualmente impresionante. Como ocurre en muchas iglesias ortodoxas, la decoración está dominada por el dorado, los frescos y los iconos religiosos. Destaca especialmente el imponente iconostasio, esa gran pared decorada con iconos que separa la zona de los fieles del altar, el espacio más sagrado del templo y reservado únicamente a los sacerdotes.

Merece la pena detenerse a observar las enormes lámparas que cuelgan de las cúpulas, los candelabros y los innumerables detalles de las pinturas. No es de extrañar si se tiene en cuenta que en la decoración de la catedral participaron más de 150 artistas procedentes de distintos países de Europa.

Bajo el templo se encuentra además una cripta que alberga un museo de arte ortodoxo, al que se puede acceder pagando una pequeña entrada. Allí se expone una interesante colección de iconos antiguos y pinturas religiosas procedentes de distintas iglesias de Bulgaria.

La visita a la catedral es gratuita y bien merece dedicarle al menos media hora. Es uno de esos lugares en los que siempre descubres algún detalle nuevo si lo recorres con calma.

Después de visitar la Catedral, nos fuimos a comer, lo hicimos en un restaurante llamado Dondukov Pub, un lugar especializado en cervezas, y donde puedes tomar un plato local. Como era la October Fest, pues tenía su ambiente, largas mesas de madera donde todo el mundo come junto y mucha cerveza. De calidad, pasable, pero no para recordar con añoranza.

Mezquita Banya Bashi

Tras visitar la Catedral de San Alejandro Nevski, tocaba regresar sobre nuestros pasos hacia la Catedral de Sveta Nedelya, que habíamos visitado por la mañana. Muy cerca de allí se encuentra otro edificio que recuerda claramente el pasado otomano de la ciudad: la Mezquita Banya Bashi.

El pasado del Imperio Otomano todavía se percibe en muchas ciudades de Bulgaria, donde aún pueden encontrarse antiguas mezquitas monumentales que siguen en funcionamiento. De hecho, Banya Bashi es la única mezquita activa que queda hoy en Sofía.

Fue construida en 1576 durante el dominio otomano y su diseño recuerda mucho al de las grandes mezquitas de Estambul, algo bastante lógico si tenemos en cuenta que se levantó en la misma época en que se construían muchos de los grandes templos de la capital del imperio.

Su nombre, “Banya Bashi”, significa literalmente “sobre los baños”, ya que la mezquita fue edificada junto a unos baños termales naturales que existían en esta zona desde época romana y que durante siglos fueron muy populares entre los habitantes de la ciudad.

Desde el punto de vista arquitectónico destaca su gran cúpula central, acompañada por varias cúpulas más pequeñas y un esbelto minarete que se eleva sobre los edificios cercanos.

El interior, al que se puede acceder siempre que no coincida con las horas de oración, resulta sorprendentemente tranquilo. En cierto modo es como una versión más pequeña de las grandes mezquitas de Estambul: una amplia cúpula blanca decorada con motivos vegetales y geométricos, alfombras que cubren todo el suelo y los elementos clásicos de cualquier mezquita, como el mihrab, el nicho que indica la dirección hacia La Meca, o el minbar, el pequeño púlpito con escalones desde el que el imán pronuncia el sermón durante la oración del viernes.

Después de la visita, regresamos al hotel para cambiarnos y, casi sin perder tiempo, cogimos el coche de alquiler rumbo a la cercana localidad de Bankya. Nuestro objetivo: disfrutar de sus famosos baños termales.

Baños Termales de Bankya

Si visitas Sofía y dispones de algo de tiempo, una escapada a Bankya es un plan que no deberías pasar por alto. Por muy poco dinero, puedes regalarte una tarde de auténtico relax en sus aguas termales.

Es cierto que no son tan espectaculares como los de Budapest, ni tan grandes, pero también es verdad que cuestan aproximadamente una tercera parte. Y, aun así, la experiencia merece mucho la pena. Sus aguas minerales, con propiedades terapéuticas, son especialmente recomendables para mejorar la circulación y favorecer la relajación general.

La forma más cómoda de llegar es en coche, taxi o Uber. El horario suele ser de 9:00 a 20:00, y los precios parten desde unos 7 euros. Con la entrada básica puedes disfrutar de las piscinas termales y de zonas de hidromasaje. Si quieres una experiencia más completa, por unos 20 euros tienes acceso a la zona de spa.

Sin duda, el punto estrella es la piscina principal: una gran piscina circular con asientos integrados, perfecta para relajarte mientras te rodea agua muy caliente. Las instalaciones cuentan con vestuarios y taquillas donde puedes cambiarte y dejar tus pertenencias. Un consejo importante: lleva tu propia toalla, ya que no está incluida en el precio y alquilarla allí resulta bastante caro en comparación con la entrada.

Tras casi tres horas disfrutando de este pequeño paraíso termal, regresamos a Sofía con el cuerpo totalmente renovado. Para cerrar el día, fuimos a cenar a un restaurante de comida típica búlgara, muy recomendable por su calidad y precio: Shtastliveca Vitoshka.












































miércoles, 4 de marzo de 2026

MARRAKECH: PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES Y SINAGOGA AL AZAMA

 MARRAKECH 

PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES, LA MEDINA Y LA SINAGOGA AL AZAMA

EL PALACIO DE LA BAHIA

Durante nuestro segundo día en Marrakech madrugamos para desayunar y dirigirnos hacia uno de los lugares más bellos de la ciudad: el Palacio de la Bahía. Sabíamos que es una de las visitas más concurridas y queríamos recorrerlo con cierta calma, aunque en Marrakech el concepto de “temprano” es relativo: pese a llegar a las nueve en punto, la entrada ya estaba tomada por grupos organizados.

El horario es de 9:00 a 17:00 y la entrada cuesta alrededor de 100 dirhams. A diferencia de otros lugares de la ciudad, aquí el precio está plenamente justificado: es una visita imprescindible para entender el refinamiento y el poder de la élite marroquí del siglo XIX.

El palacio se encuentra en el barrio andalusí, una zona históricamente vinculada a la población llegada tras la caída del Reino de Granada.

Su construcción comenzó hacia 1866 por iniciativa de Si Moussa, gran visir del sultán alauí Sidi Mohammed ben Abderrahmane. Aunque no era sultán, su cargo le otorgaba un enorme poder político y económico, lo que le permitió levantar una residencia acorde a su posición en la corte. Aun así, el conjunto inicial era mucho más modesto que el que vemos hoy.

El verdadero esplendor llegó con su hijo, Ahmed ben Moussa (Ba Ahmed), quien ejerció como regente durante la minoría de edad del sultán Muley Abdelaziz, hijo de Hassan I. Durante casi una década concentró un poder inmenso y destinó grandes recursos a ampliar el complejo hasta convertirlo en un palacio de más de ocho hectáreas y unas 150 estancias. Lo bautizó como “Bahía”, que puede traducirse como “la brillante” o “la bella”, y según la tradición lo dedicó a una de sus esposas favoritas.

         

El recorrido es una sucesión armoniosa de patios, jardines y salas donde el agua y la vegetación suavizan el rigor del clima. Los espacios oficiales estaban destinados a recepciones y asuntos de Estado; en ellos el gran visir atendía delegaciones y celebraba reuniones políticas. Las estancias privadas, en cambio, estaban reservadas al descanso y a la vida doméstica del harén.

               

A lo largo de la visita conviene detenerse en los detalles: la delicadeza de la yesería tallada, los techos de madera de cedro ricamente policromados y el vibrante mosaico de zellij que cubre paredes y suelos. En conjunto, todo resulta muy armonioso y cuidado. La cantidad de detalles decorativos que se concentran en cada patio y cada sala hacen que el Palacio de la Bahía sea, sin duda, uno de los lugares más impresionantes y bonitos que puedes visitar en Marrakech.




PLACE DES FERBLANTIERS 

Dejamos atrás el Palacio de la Bahía y, a apenas unos pasos, nos dirigimos hacia otro imprescindible de la ciudad: el Palacio El Badi. El trayecto es corto, pero merece la pena hacerlo sin prisas.

Por el camino atravesamos la Place des Ferblantiers, la conocida Plaza de los Hojalateros. Su nombre no es casual: durante siglos este espacio estuvo ocupado por artesanos especializados en trabajar la hojalata y otros metales, que aquí fabricaban lámparas, bandejas y objetos decorativos que luego se distribuían por toda la ciudad.

Hoy todavía sobreviven algunos pequeños comercios que mantienen esa tradición, aunque es evidente que el esplendor artesanal de otros tiempos ya no es el mismo. Aun así, la plaza conserva cierto encanto y funciona como antesala tranquila antes de adentrarse en la grandeza histórica de El Badi.




PALACIO DE EL BADI

Muy cerca de la Plaza de los Hojalateros se encuentra la entrada del Palacio El Badi, un lugar que, aunque hoy se presenta como una gran ruina monumental, sigue evocando el esplendor imperial de Marrakech. A simple vista pueden parecer solo muros desnudos y patios vacíos, pero la dimensión del conjunto habla por sí sola. Además, en el interior se proyectan recreaciones en realidad virtual desarrolladas por la Universidad de Granada, que ayudan a imaginar cómo fue el palacio en su época dorada.

El Badi

El origen del edificio está directamente ligado a la Batalla de Alcazarquivir, librada a finales del siglo XVI entre Portugal y Marruecos. Conocida también como la Batalla de los Tres Reyes —porque en ella murieron el rey portugués Sebastián I, el sultán depuesto Abu Abdallah Mohammed II y el sultán Abd al-Malik—, supuso una contundente victoria marroquí. Miles de soldados portugueses fueron capturados y, como era habitual en la época, se pagaron cuantiosos rescates por los prisioneros nobles. Ese enorme botín permitió al nuevo sultán saadí, Ahmad al-Mansur, financiar la construcción de un palacio destinado a deslumbrar al mundo. Lo llamó El Badi, “el Incomparable” o “el Maravilloso”.

Las crónicas cuentan que para su construcción se importaron mármoles de Italia, oro del África subsahariana, ónix de la India y maderas nobles del Líbano. El complejo llegó a contar con más de 300 estancias, grandes patios ajardinados, pabellones ricamente decorados y una enorme alberca central que reflejaba los edificios cubiertos de azulejos, estucos y techos de cedro tallado. Se dice que su inspiración fue la Alhambra, lo que permite hacerse una idea de la magnificencia que debió de alcanzar.

Pero el esplendor fue breve. En el siglo XVII, tras la caída de la dinastía saadí, la nueva dinastía alauí trasladó la capital primero a Fez y después a Meknes. El sultán Moulay Ismail, lejos de conservar el palacio, ordenó desmontarlo para que no quedara vestigio alguno de la anterior dinastía saadí. Durante años, sus materiales más valiosos fueron trasladados para embellecer sus propias construcciones en Meknes. Así, El Badi quedó reducido a la estructura que hoy contemplamos: poderosas murallas de adobe rojizo, amplios patios abiertos al cielo y las bases de lo que fueron suntuosos pabellones.

Y, sin embargo, el conjunto sigue teniendo algo especial. A diferencia del Palacio de la Bahía, aquí suele haber muchos menos visitantes, lo que permite recorrerlo con calma, pasear junto al gran estanque central y dejar volar la imaginación. Más que un palacio decorado, El Badi es una ruina majestuosa que impresiona por su escala y por la historia que encierra.


TUMBAS SAADIES

Mezquita de Moulay al-Yazid
Tras visitar el Palacio El Badi, nos dirigimos hacia uno de los lugares más delicados y refinados de Marrakech: las Tumbas Saadíes.

Antes de llegar, pasamos frente a la Mezquita de Moulay al-Yazid, adyacente al recinto funerario. También conocida como Mezquita de la Kasbah, recibe este nombre por haber sido construida junto a la antigua ciudadela levantada por el califa almohade Yaqub al-Mansur entre 1185 y 1190, en pleno apogeo del imperio almohade. Su acceso está restringido a los no musulmanes, pero aun así merece la pena detenerse a contemplar su exterior y su imponente minarete, ya que siempre ha sido considerada una de las mezquitas más importantes de la ciudad, al nivel de la propia Koutoubia.

Tras pasear por sus alrededores, bordeamos la mezquita hasta alcanzar la discreta entrada de las Tumbas Saadíes, situada en la parte posterior. Como ocurre con la mayoría de monumentos de Marrakech, la entrada cuesta 100 dirhams y el horario habitual es de 9:00 a 17:00.

El complejo funerario fue mandado construir a finales del siglo XVI por el sultán saadí Ahmad al-Mansur, con la intención de crear un mausoleo digno de su linaje y acorde al esplendor alcanzado por la dinastía. Aquí fueron enterrados él mismo, sus familiares y destacados miembros de la corte.

Sin embargo, apenas un siglo después, la dinastía saadí fue derrocada y sustituida por la dinastía alauí. A diferencia de lo ocurrido con El Badi, que fue desmontado piedra a piedra, el nuevo sultán Moulay Ismail no destruyó las tumbas, pero sí ordenó sellarlas y ocultarlas tras altos muros, dejando únicamente un pequeño acceso desde la mezquita contigua. Durante más de dos siglos permanecieron prácticamente olvidadas, hasta que en 1917 fueron redescubiertas gracias a fotografías aéreas realizadas durante el Protectorado francés.

Las Tumbas Saadíes se organizan en varias zonas claramente diferenciadas, lo que facilita mucho la visita.

Patio Central

Nada más entrar accedes a un patio central (6), presidido por un jardín rectangular con más de 100 tumbas, donde están enterrados cortesanos, funcionarios y miembros secundarios de la familia real.

Las lápidas de esta zona son relativamente sencillas, realizadas en mármol y decoradas con inscripciones coránicas y delicados motivos florales.

Gran Cámara

A tu derecha verás un edificio que alberga dos salas: la Gran Cámara (2) y la Cámara de Lalla Mas'uda (1), la parte más antigua del conjunto. La Cámara de Lalla Mas'uda recibe su nombre porque en ella se encuentra la tumba de la madre del sultán Ahmad al-Mansur. La Gran Cámara fue completándose posteriormente con enterramientos de otros familiares. En ambas estancias ya se aprecia la riqueza decorativa que caracteriza al recinto: techos de madera de cedro tallada, zócalos de azulejos geométricos y frisos de estuco finamente trabajados.

        

Continuando por el patio llegarás al edificio del fondo. No tiene pérdida: normalmente verás una pequeña cola, ya que no se permite el acceso directo al interior y solo se puede observar a través de unas ventanas. Aquí se concentran las auténticas joyas del complejo, distribuidas en tres salas: la Sala de las Doce Columnas (4), en el centro; la Sala de los Tres Nichos (5), a la derecha; y la Sala del Mihrab (3), a la izquierda.

Sala de las Doce Columnas

La más impresionante es, sin duda, la Sala de las Doce Columnas (4), que a mí me recordó inevitablemente a algunas estancias de la Alhambra. Aquí están enterrados el propio Ahmad al-Mansur, su hijo Zidane y sus sucesores inmediatos. La sala recibe su nombre por las doce columnas de mármol de Carrara que sostienen una magnífica cúpula de madera de cedro. En su diseño se aprecia un interesante simbolismo: el cuadrado de la planta representa la tierra, el círculo de la cúpula simboliza el cielo, y la transición entre ambos alude al paso de la vida terrenal a la celestial.

A la derecha se encuentra la Sala de los Tres Nichos (5), más pequeña, donde reposan niños y príncipes de la dinastía saadí.

A la izquierda se abre la Sala del Mihrab o Sala de Oración (3), la más amplia del conjunto. Originalmente funcionó como oratorio, algo que se aprecia en el mihrab orientado hacia La Meca, decorado con un arco de herradura. Cuatro columnas de mármol dividen el espacio en nueve secciones, bajo las cuales se distribuyen numerosas tumbas, no solo saadíes, sino también de miembros de la posterior dinastía alauí.

Sala del Mihrab

Y aquí concluye la visita. No esperes un recinto enorme en el que pasar toda la mañana: en unos 30 o 40 minutos lo habrás recorrido con calma. Sin embargo, pese a su tamaño contenido, la historia que encierra y la exquisitez de su decoración hacen que sea una parada imprescindible en Marrakech.


SINAGOGA AL AZAMA

A unos diez minutos a pie de las Tumbas Saadíes se encuentra el antiguo barrio judío de Marrakech, el Mellah. Hoy ya no queda prácticamente población hebrea en la zona, pero aún se conservan algunos de los templos que dan testimonio de aquella comunidad. El más importante y conocido es la Sinagoga Al-Azama.

Sinagoga Al Azama

Su origen se remonta a finales del siglo XV o comienzos del XVI, cuando numerosos judíos sefardíes procedentes de la península ibérica llegaron al norte de África tras la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos. Muchos se establecieron en Marrakech, en el Mellah, la judería amurallada creada junto al palacio real. La sinagoga fue fundada por estos exiliados y su nombre, “Al-Azama”, significa precisamente “los exiliados” o “los desterrados”, en clara referencia a aquella diáspora.

Durante siglos fue el centro religioso y social de la comunidad judía local. Sin embargo, tras la creación del Estado de Israel en el siglo XX, la mayoría de los judíos de Marrakech emigraron a Israel y a Francia, dejando el barrio prácticamente vacío. La sinagoga cayó en el abandono hasta la década de 1990, cuando comenzó un proceso de restauración que la transformó en museo y en punto de referencia para la pequeña comunidad judía que aún permanece en la ciudad, especialmente durante las festividades religiosas.

        

Al llegar llama la atención la presencia de policía marroquí en la entrada, reflejo de las estrictas medidas de seguridad que rodean este tipo de lugares. En el interior encontrarás primero la sala principal de oración, orientada hacia Jerusalén, con paredes blancas y elegantes detalles en madera que aportan sobriedad y calidez al espacio. Después se accede a un pequeño patio central rodeado de columnas, con una fuente en el centro y una combinación de tonos azules y blancos. A su alrededor se distribuyen varias salas que albergan una exposición sobre la historia de la sinagoga y la presencia judía en Marruecos.

El ambiente es sorprendentemente tranquilo. Apenas llegan turistas hasta aquí y el silencio contrasta con el bullicio constante de otras zonas de la medina. Quizá no sea el lugar más espectacular de Marrakech, y aunque la duración de la visita es corta, no te llevará mas de 15 minutos, sí es muy significativa para entender la diversidad religiosa de la ciudad y la convivencia —no siempre sencilla, pero real durante siglos— entre las distintas comunidades que habitaron sus murallas.


LA MEDINA DE MARRAKECH



El resto del día y buena parte del siguiente los dedicamos a recorrer sin rumbo fijo la espléndida Medina de Marrakech, el auténtico corazón de la ciudad. Fundada en 1070 por los almorávides, aún conserva su trazado medieval casi intacto: un entramado de callejuelas estrechas y laberínticas, zocos cubiertos, patios ocultos y puertas monumentales protegidas por más de 19 kilómetros de murallas de adobe rojizo.

            

La vida aquí es intensa y caótica. Hay gente por todas partes: turistas desorientados con el móvil en la mano, comerciantes llamando desde sus tiendas, repartidores empujando carretillas, motos que atraviesan los callejones a toda velocidad y mulos cargados hasta los topes. En la medina cabe todo. Es un pequeño universo donde lo tradicional y lo contemporáneo conviven sin demasiadas explicaciones.

El eje sobre el que gira todo es la Plaza Jemaa el-Fna. A su alrededor se organizan las distintas zonas: los zocos, los barrios de gremios artesanos, el Mellah o barrio judío y la Kasbah.

Desde aquí parten los principales zocos, un auténtico laberinto comercial donde cada gremio ocupa su espacio: tintoreros, cesteros, carpinteros, herreros, vendedores de especias o alfombras.

No hace falta buscarlos con un mapa; en la medina lo mejor es perderse. Tarde o temprano acabarás encontrando el zoco de los tintoreros con sus madejas de lana colgando al sol, el de los trabajadores del metal martilleando sin descanso o el de las alfombras, donde el arte del regateo alcanza su máxima expresión.

Lo verdaderamente recomendable aquí no es seguir una lista cerrada de monumentos, sino dejarse llevar. Callejear sin rumbo, adentrarse en pasadizos cada vez más estrechos, cruzar pequeñas plazas donde los niños juegan al fútbol y observar talleres donde los oficios parecen detenidos en el tiempo. En muchos rincones da la sensación de estar viendo escenas que en Europa desaparecieron hace décadas.

          

Y, aunque pueda parecer lo contrario, la medina es un lugar bastante seguro. Nosotros paseamos incluso entrada la noche y no tuvimos ningún problema. Basta con aplicar el sentido común y mantener la atención ante el tráfico improvisado de motos y carros.

Además de comprar, regatear y tomar té, hay un ritual imprescindible: subir a una terraza al caer la tarde. Desde lo alto, los tejados ocres se tiñen de dorado mientras la silueta de la Mezquita Kutubía domina el horizonte y comienza a escucharse la llamada a la oración. Nosotros lo hicimos en la Plaza Rahba Kedima, en pleno interior de la medina, y fue uno de los momentos más especiales del viaje.

Por último, si quieres vivir la experiencia completa, alójate en un riad dentro de la medina. Son antiguas casas señoriales reconvertidas en pequeños hoteles. Puede que al llegar pienses que te estás metiendo por una calle imposible, pero tras una puerta discreta suele esconderse un patio con fuente, mosaicos, plantas y un silencio casi absoluto. Ese contraste resume perfectamente lo que es Marrakech: bullicio por fuera, calma inesperada en el interior.

         

La medina no es un lugar que se “visita”, es un lugar que se vive. Puede resultar abrumadora, caótica y excesiva, pero precisamente en ese desorden aparente reside su encanto. Pasearla sin prisas, dejarse sorprender y aceptar que uno nunca termina de comprenderla del todo es, probablemente, la mejor forma de llevarse Marrakech grabada en la memoria.