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sábado, 11 de abril de 2026

VALLE DE LOS REYES TRACIOS, MONASTERIO DE SOLOSKI, SHIPKA, BOJENTSI Y TRYAVNA

VALLE DE LOS REYES TRACIOS, MONASTERIO DE SOLOSKI, SHIPKA, VOJENTSI Y TRYAVNA

Día 4

EL VALLE DE LOS REYES TRACIOS

Comenzamos temprano nuestro cuarto día de viaje rumbo a Veliko Tarnovo, situada al norte del país. Para llegar hasta allí, seguimos una ruta que primero avanza hacia el este y luego asciende hacia el norte. Por el camino habíamos planificado varias paradas: tres tumbas en el Valle de los Reyes Tracios, una iglesia memorial de origen ruso, un monasterio y dos pueblos con encanto, Bozhentsi y Tryavna, así que teníamos por delante una jornada bastante completa.

La primera parada la hicimos en Kazanlak, a unos 100 kilómetros de Plovdiv, aproximadamente hora y media de camino. Allí nos dirigimos directamente a visitar la Tumba tracia de Kazanlak, situada a las afueras de la ciudad. 

TUMBA DE KAZANLAK

La tumba fue descubierta de forma totalmente casual en 1944. Durante la Segunda Guerra Mundial, unos soldados que excavaban refugios antiaéreos se toparon con una estructura subterránea. Lo que en un principio parecía un simple túnel acabó siendo un hallazgo excepcional: una tumba prácticamente intacta, decorada con unos frescos de una calidad extraordinaria.

Tumba de Kazanlak
La tumba está fechada en torno al siglo IV a.C. y se cree que perteneció a un noble tracio. 

Los tracios fueron un pueblo que habitó los Balcanes antes de la llegada de griegos y romanos, con una cultura rica y unos rituales funerarios muy elaborados, profundamente ligados al mundo espiritual.

Hoy en día, lo que se visita no es la tumba original, sino una réplica construida junto a ella. Esto se debe a la enorme fragilidad de los frescos, cuya conservación obliga a mantener el acceso a la tumba original muy restringido.

La entrada cuesta alrededor de 3 euros por persona y el horario habitual es de 9:00 a 17:00.

Si se espera encontrar una tumba monumental, al estilo del Valle de los Reyes egipcio, puede resultar algo decepcionante, ya que sus dimensiones son muy reducidas. Se trata de un pequeño pasillo formado por enormes piedras con un techo a dos aguas que conduce a una cámara circular de menos de tres metros de diámetro, cubierta por una cúpula del mismo material. Sin embargo, lo realmente impresionante son sus pinturas interiores, realizadas con gran detalle y que muestran escenas relacionadas con la vida y los rituales de la élite tracia.

La escena más conocida representa un banquete funerario, en el que aparecen un hombre y una mujer —probablemente el difunto y su esposa— sentados frente a una mesa y rodeados de sirvientes.

La visita es breve, no lleva más de 10 minutos, precisamente por el reducido tamaño del espacio. A la salida se puede ver el edificio que protege la tumba original, completamente cerrado al público y accesible únicamente para investigadores.

Tras la visita a Kazanlak, retomamos la ruta por la carretera E85 en dirección a otra de las tumbas más importantes del valle: la tumba de Seuthes III.


TUMBAS DE SEUTHES III

Tras la visita a la Tumba tracia de Kazanlak, retomamos la ruta por los alrededores de Kazanlak para seguir explorando el llamado Valle de los Reyes Tracios, una zona salpicada de túmulos que, a simple vista, parecen pequeñas colinas, pero que en realidad esconden antiguas tumbas de la élite tracia.

A pocos minutos de allí hacemos una nueva parada para visitar la Tumba de Seuthes III, otra de las más importantes del valle. Para llegar hay que desviarse ligeramente de la carretera, donde un pequeño aparcamiento permite dejar el coche a escasos metros de la entrada.

La visita tiene un coste aproximado de 3 euros, aunque en nuestro caso no encontramos a nadie en la taquilla, por lo que pudimos acceder libremente.

Seuthes III fue un rey tracio del siglo IV a.C., fundador de la ciudad de Seuthópolis y una de las figuras más destacadas de esta civilización. Su reinado coincidió con un periodo de gran desarrollo cultural y de contacto con el mundo griego.

La tumba, excavada bajo uno de estos túmulos, es bastante más amplia que la de Kazanlak. Está formada por un corredor de acceso que conduce a varias estancias intermedias y culmina en una cámara circular. Durante su descubrimiento se encontró una cabeza de bronce que podría representar al propio rey, aunque no hay certeza absoluta, ya que nunca apareció el cuerpo. Este hecho ha llevado a pensar que pudo tratarse de un monumento funerario simbólico más que de una tumba tradicional.

Tumba de Seuthes III


El interior es más sobrio que el de Kazanlak y no presenta pinturas, pero aun así resulta muy interesante. En su interior se hallaron objetos de gran valor como piezas de oro, joyas, cerámicas y armas. Uno de los elementos más llamativos son las puertas de bronce que daban acceso a la cámara principal, especialmente por la riqueza de sus detalles.

La visita es breve, no suele llevar más de 10 minutos, aunque se puede complementar con una pequeña exposición que explica el descubrimiento y el contexto histórico del lugar.

Desde aquí, la ruta continúa por el valle hacia otra de las tumbas más singulares de la zona, el túmulo de Ostrusha, que realmente no era una tumba en sí, sino un complejo funerario, es decir, un lugar donde se rendía tributo a los difuntos, pero no estaba erigido a nadie en concreto.



TUMULO DE OSTRUSHA

Llegar al Túmulo de Ostrusha es muy fácil, ya que está a apenas cinco minutos de la Tumba de Seuthes III y además está bien señalizado. El conjunto está dentro de un edificio moderno que protege los restos.



Nada más llegar, nos recibe una chica que, además de cobrarnos la entrada, nos hace de guía. Y es que estábamos completamente solos, algo bastante habitual aquí, porque no es un sitio al que llegue mucha gente.

Dentro hay una pequeña exposición con objetos encontrados durante las excavaciones, colocados en vitrinas alrededor de la zona principal. Aun así, lo más llamativo es la cámara central, construida con enormes bloques de granito. El techo, de una sola pieza y de varias toneladas, impresiona bastante.

Esta cámara antes se podía visitar por dentro, pero ahora está protegida con paneles de metacrilato y no se puede acceder. Aun así, puedes acercarte bastante y, si te fijas bien, todavía se ven restos de pinturas en el techo.

Alrededor de la cámara principal hay varias estancias que se cree que se utilizaban para dejar ofrendas, como alimentos o animales sacrificados. Más que una tumba como tal, parece un lugar donde se rendía culto a los muertos. De hecho, uno de los restos más curiosos que se conservan es el esqueleto de un caballo, que fue sacrificado como ofrenda.

La entrada cuesta unos 6 euros y la visita es bastante rápida, en unos 15 minutos lo tienes visto sin problema. Es una parada breve, pero diferente a las otras tumbas del valle y que merece la pena para completar la ruta.


IGLESIA MEMORIAL DE SHIPKA

Seguimos la carretera E85, y en apenas unos minutos llegamos a una iglesia que, a simple vista, no parece búlgara. Sus cúpulas doradas brillan  en medio del paisaje, llamándonos la atención desde lejos. Y no es casualidad: se trata de la Iglesia Memorial de Shipka, un templo construido siguiendo los cánones de la arquitectura rusa en honor a los soldados caídos durante la guerra que llevó a la liberación de Bulgaria del dominio otomano.

Muy cerca de aquí, en el Paso de Shipka, se libraron algunos de los combates más duros de aquella contienda. Miles de soldados rusos y búlgaros perdieron la vida en estas montañas, lo que convierte a esta iglesia no solo en un lugar de culto, sino en un auténtico memorial dedicado a quienes lucharon y murieron por la libertad del país.

La iglesia fue construida entre 1885 y 1902, coincidiendo con el 25º aniversario de la batalla de Shipka, y se financió principalmente con aportaciones rusas. 

Su estilo moscovita es inconfundible: una combinación de colores verdes, rojos y blancos que contrasta con el entorno natural, coronada por esas características cúpulas doradas en forma de cebolla que ya habrás imaginado.

Uno de los elementos que más llama la atención es su campanario, que se eleva hasta los 53 metros de altura. En su interior alberga 17 campanas, siendo la mayor de ellas de más de 12 toneladas. Como curiosidad, estas campanas fueron fundidas utilizando metal procedente de cartuchos de guerra reciclados, un detalle cargado de simbolismo, pues según dicen simboliza el paso de la guerra a la paz.

El interior no decepciona. Como en muchas iglesias ortodoxas, destacan los iconos, las pinturas y el impresionante iconostasio dorado que siempre logra dejarnos sin palabras. Sin embargo, hay un elemento que la diferencia claramente de otras: su cripta. En ella reposan los restos de más de 9.000 soldados, distribuidos en 17 sarcófagos de piedra identificados con los nombres de sus regimientos.



Visitar este lugar es más que recomendable. No solo por su belleza y por el entorno que lo rodea —entre densos bosques y montañas escarpadas—, sino porque permite comprender mejor la lucha por la independencia búlgara y cómo esta estuvo profundamente marcada por el enfrentamiento entre dos grandes potencias de la época: el Imperio ruso y el otomano.




MONASTERIO DE SOKOLSKI

El Monasterio de Sokolski no queda especialmente lejos de la Iglesia Memorial de Shipka en términos de distancia, aunque el trayecto se hace más largo de lo que parece. La carretera que conduce hasta allí, la E85, está llena de curvas y no hay alternativa, así que toca tomárselo con calma y disfrutar del paisaje.

A diferencia de otros monasterios más conocidos del país, Sokolski es un lugar poco turístico. De hecho, cuando nosotros llegamos éramos los únicos visitantes. Tampoco es especialmente fácil de encontrar: la carretera de acceso está mal señalizada, es muy estrecha y está rodeada de vegetación, lo que refuerza esa sensación de estar llegando a un lugar aislado.

A pesar de ello, el monasterio sigue activo, aunque con una pequeña comunidad de monjas ortodoxas. Pudimos verlas a la entrada, que por cierto es gratuita, algo que siempre se agradece.

El recinto no es muy grande. Está formado por un conjunto de edificios donde residen las monjas, organizados en torno a un patio central. En uno de los extremos se encuentran la iglesia y un pequeño cementerio. El monasterio fue fundado en 1833 por el monje Yosif Sokolski, de quien toma su nombre. Como muchos otros monasterios búlgaros, se construyó durante el periodo del Renacimiento Nacional, por lo que no solo cumplía una función religiosa, sino también cultural y de identidad nacional.

La iglesia está dedicada a la Asunción de la Virgen y está construida en piedra. Lo que más llama la atención son sus muros exteriores, decorados con frescos de un llamativo color celeste. Nosotros no pudimos visitar el interior, ya que estaba cerrado: solo lo abren en verano. Según nos explicó una de las monjas, el frío y la humedad pueden dañar las pinturas, aunque aseguran que merece mucho la pena.

Otro de los rincones más fotografiados del monasterio es la fuente diseñada por Nikola Fichev, uno de los arquitectos más importantes de Bulgaria, autor también del famoso Puente Cubierto de Lovech, que visitaríamos unos días más tarde. Construida a finales del siglo XIX, la fuente tiene forma octogonal y está coronada por una escultura de águila, de la que brota el agua a través de múltiples caños.

Patio del Monasterio con la fuente de Fichev al fondo

Después de la visita ponernos rumbo a Veliko Tarnovo donde teníamos pensado pasar la noche, pero antes, nos quedaban dos visitas, la de los pueblos más bonitos que vimos durante nuestro viaje Bojentsi y Tryavna.


BOJENTSI

Bojentsi está situado a pocos kilómetros del Monasterio de Sokolski. Para llegar, tendrás que dejar la E85 y tomar un desvío por la carretera 552. Bajo mi punto de vista, es uno de los pueblos más bonitos de Bulgaria y una parada imprescindible, porque visitarlo es como viajar atrás en el tiempo.

Bojentsi

El pueblo es completamente peatonal, por lo que no podrás acceder en coche salvo que seas residente. Tendrás que dejar el vehículo en alguno de los parkings de pago situados en la entrada, algo que, lejos de ser un inconveniente, ayuda a conservar su encanto.

Se cree que Bojentsi fue fundado en el siglo XVI por una mujer noble llamada Bojana, que huía tras la caída de la capital búlgara ante el Imperio otomano. Según la tradición, se refugió en esta zona montañosa y fundó el asentamiento que acabaría llevando su nombre. Durante los siglos XVIII y XIX, el pueblo vivió una etapa de gran prosperidad gracias al comercio, la artesanía y su cercanía a importantes rutas comerciales de la época.

Tras la liberación de Bulgaria, Bojentsi fue perdiendo población, lo que permitió conservar su arquitectura original prácticamente intacta. 

Al no construirse edificios modernos, el pueblo ha quedado como congelado en el tiempo, manteniendo intacta su esencia.

Lo que más llama la atención es su arquitectura tradicional perfectamente conservada: casas de piedra y madera, tejados de losas, calles empedradas, balcones de madera y una abundante vegetación que lo envuelve todo.

Bojentsko Hanche
Nosotros aprovechamos la visita para almorzar aquí, y fue, sin duda, una de las mejores decisiones del viaje. Probamos comida tradicional búlgara en un restaurante típico con chimenea, en un ambiente acogedor y con platos realmente deliciosos



Te recomiendo especialmente el restaurante Боженско Ханче (también conocido como “Bojentsko Hanche”): todo lo que pedimos estaba espectacular.

El resto del tiempo lo ideal es perderse paseando por el pueblo. Existe un pequeño recorrido que te lleva por sus calles principales, donde podrás ver casas históricas como la casa de Daskalov o la de Doncho Popov, algunas con más de 200 años de historia. 


Otro de los puntos destacados es la Iglesia de los Santos Profetas Elías y San Demetrio, construida en el siglo XIX.


Mi consejo es que te tomes la visita con calma. Aquí no se viene a correr, sino a disfrutar: pasear sin rumbo por sus calles empedradas, sentarte en una taberna, respirar aire puro y dejarte llevar por la tranquilidad. Bojentsi es uno de esos lugares que se viven más que se visitan, un pequeño viaje al pasado en pleno corazón de Bulgaria.




TRYAVNA

Muy cerca de Bojentsi se encuentra otro de los pueblos más bonitos de Bulgaria. Es diferente al anterior, pero no por ello menos atractivo: hablamos de Tryavna.

Tryavna: Torre del Reloj

Tryavna tiene orígenes medievales, aunque alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XVIII y XIX, en pleno Renacimiento Nacional Búlgaro. Durante esta época se convirtió en un importante centro artesanal, especialmente reconocido por el tallado en madera y la pintura de iconos religiosos.


Incluso bajo el dominio del Imperio otomano, el pueblo logró mantener cierto desarrollo económico gracias a sus artesanos, comerciantes y constructores, lo que permitió un notable florecimiento cultural.



Nosotros llegamos cuando ya caía la tarde, así que, lamentablemente, las casas museo estaban cerradas. Aun así, pudimos pasear tranquilamente mientras el sol se ponía. Y, pensándolo bien, tuvo su lado positivo: ya no quedaban turistas. No hay que olvidar que Tryavna es una excursión muy popular para quienes visitan la zona.

Aparcamos sin problema en pleno centro, junto a la plaza principal, donde se encuentra uno de los grandes iconos del pueblo: la Torre del reloj de Tryavna, construida en 1814, en plena época de prosperidad. Alrededor de la torre hay numerosas tiendas de artesanía y restaurantes, y si tomas la calle que queda a su espalda, llegarás a otro de los rincones más fotografiados.

Puente Kivgiren

Cruzando el río Tryavna se encuentra el Puente Kivgiren, construido en el siglo XIX. Desde aquí tendrás una de las vistas más bonitas del pueblo, perfecta para hacer fotos.

Si continúas por la calle que cruza el puente, la calle Tsar Kaloyan, caminarás por una vía empedrada rodeada de pequeñas casas de artesanos, tiendas y restaurantes. Al final de la calle se encuentra el Museo de Tallado en Madera y Artes Etnográficas

Y no es casualidad: la tradición en el tallado de madera es tan importante aquí que dio lugar a su propia escuela artística, la Escuela de Tryavna, una de las más relevantes del país en arte religioso.

Tryavna: La Vieja Escuela

Volviendo a la plaza principal, donde se alza la torre del reloj, encontrarás otros puntos interesantes como la Antigua Escuela (hoy oficina de turismo), la Iglesia del Arcángel Miguel, del siglo XIX, y la Casa Daskalov, convertida en museo dedicado al tallado en madera.

Si tuviera que destacar algo de Tryavna, me costaría elegir solo una cosa. Es un lugar para pasearlo sin prisas, entrar en sus pequeñas tiendas o simplemente sentarse a tomar un café mientras escuchas el sonido del río o disfrutas de uno de los atardeceres más bonitos de Bulgaria. Sin duda, uno de los imprescindibles del país.


Dejamos Tryavna ya de noche y pusimos rumbo a Veliko Tarnovo, donde pasaríamos esa noche y la siguiente. Nos alojamos en el Novel Park Hotel, un hotel moderno y muy bien ubicado: en apenas cinco minutos andando estás en el centro, y además cuenta con garaje, algo muy práctico para olvidarte del coche.

































martes, 7 de abril de 2026

MONASTERIO DE BACHKOVO Y PLOVDIV

 MONASTERIO DE BACHKOVO Y PLOVDIV

Día 3

A media mañana pusimos rumbo hacia Plovdiv, situada a aproximadamente una hora de Velingrad. Como nuestra idea era dedicarle el día completo a la ciudad, decidimos aprovechar el trayecto para bordearla y hacer una parada en uno de los monasterios más bonitos del país: el Monasterio de Bachkovo. También nos habría gustado visitar la Fortaleza de Asen, pero al ser lunes nos encontramos con que el acceso estaba cerrado.

A diferencia del Monasterio de Rila, donde el flujo de turistas es constante, en Bachkovo el ambiente es mucho más tranquilo. Hay menos visitantes y, en muchos casos, se trata de búlgaros que acuden por motivos religiosos más que turísticos. Como ocurre en la mayoría de monasterios del país, la entrada es gratuita, aunque algunas zonas interiores, como los museos, son de pago.

 MONASTERIO DE BACHKOVO

La historia del Monasterio de Bachkovo es especialmente interesante por la mezcla de culturas que encierra. A diferencia de otros monasterios del país, sus orígenes no son puramente búlgaros, sino georgianos. Fue fundado en 1083 por Gregorio Pakourianos, un militar del Imperio bizantino de origen georgiano, y como consecuencia de ello, durante sus primeros siglos estuvo habitado en gran parte por monjes georgianos, algo poco habitual en la región.

Durante la dominación otomana, entre los siglos XIV y XV, muchos centros religiosos desaparecieron o perdieron relevancia. 

Sin embargo, Bachkovo, al igual que el Monasterio de Rila, logró sobrevivir y mantenerse activo, desempeñando un papel fundamental en la conservación de la lengua, la religión y las tradiciones búlgaras.

A lo largo de los siglos sufrió saqueos y destrucciones que obligaron a reconstruirlo en varias ocasiones. Por eso, gran parte de lo que vemos hoy pertenece a los siglos XVII y XIX, especialmente al periodo del Renacimiento Nacional Búlgaro, una etapa de gran resurgimiento cultural y religioso. En la actualidad, sigue siendo un importante centro de peregrinación, especialmente por el icono de la Virgen María que se venera en su interior y que es considerado milagroso.

Como ya comentaba, la visita a Bachkovo no tiene nada que ver con la de Rila. Aquí el ambiente es mucho más tranquilo, lo que permite recorrer el recinto con calma y disfrutar de cada detalle. Nada más cruzar la puerta de acceso, ya se percibe ese aire espiritual, con frescos decorando buena parte de las paredes del conjunto.


El monasterio está rodeado por una muralla, y se accede a él a través de una única entrada. Adosados a estas murallas se encuentran las celdas de los monjes y otros edificios del complejo, organizados en torno a galerías con balcones de madera que dan al patio central, donde se alza la iglesia principal.

Tras pasear por el recinto y disfrutar del conjunto, lo primero que hicimos fue entrar en la iglesia principal, dedicada a la Dormición y construida a comienzos del siglo XVII. Nada más entrar, impresiona comprobar que no hay ni un solo rincón sin decorar: paredes, techos y bóvedas están completamente cubiertos de frescos que representan escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento.

                   

Uno de los elementos más destacados es el iconostasio, esa impresionante pared de madera tallada que separa el espacio de los fieles del altar. En Bachkovo es especialmente elaborado, lleno de detalles y dorados, y está considerado una de las piezas más valiosas del monasterio. Pero, sin duda, el gran protagonista del templo es el icono de la Virgen de Bachkovo, considerado milagroso, que atrae cada año a numerosos fieles ortodoxos en peregrinación.

           


No dejes de fijarte también en los frescos exteriores, especialmente los del siglo XIX, donde se representan escenas del Juicio Final con un nivel de detalle sorprendente. Personalmente, llaman mucho la atención aquellos en los que aparecen ciudades como Jerusalén o Constantinopla, por la forma en la que reflejan cómo eran y cómo se organizaban en aquella época.


La visita al monasterio te llevará aproximadamente una hora, dependiendo del tiempo que dediques a cada rincón. 

Y si continúas ruta en dirección a Plovdiv, una buena parada adicional es la Fortaleza de Asen, del siglo XIV, que servía como punto estratégico para proteger las rutas comerciales hacia el este de Europa.




PLOVDIV

A apenas veinte minutos de Bachkovo se encuentra la ciudad de Plovdiv, sin duda una de las más bonitas de Bulgaria. Su historia se remonta a tiempos tracios y, a lo largo de los siglos, ha ido acumulando capas de civilización que todavía hoy se reflejan en su paisaje urbano: romanos, búlgaros y otomanos han dejado aquí su huella.

En muy pocos metros puedes pasar de un teatro romano a una mezquita otomana o a una iglesia ortodoxa, todo dentro de una misma ciudad que fue declarada Capital Europea de la Cultura en 2019.

Teatro Romano de Plovdiv

Los primeros asentamientos en la zona se remontan alrededor del 4000 a.C., cuando los tracios establecieron aquí una ciudad conocida como Eumolpia. Su ubicación, entre colinas y cerca de importantes rutas comerciales, la convirtió desde el principio en un enclave estratégico.

Siglos más tarde, en el siglo IV a.C., la ciudad fue conquistada por Filipo II de Macedonia, quien la rebautizó como Philippopolis. Sin embargo, su gran transformación llegó durante la época romana, cuando se convirtió en una ciudad clave del Imperio. En ese periodo se llenó de edificios monumentales, como teatros, foros y calles pavimentadas, viviendo una etapa de gran esplendor urbano.

Tras la caída del Imperio romano, Plovdiv pasó a formar parte de la esfera bizantina, convirtiéndose en un territorio disputado entre bizantinos y búlgaros durante siglos. Esta situación cambió con la llegada de un nuevo poder: el Imperio otomano. A partir del siglo XIV, los otomanos dominaron la ciudad, a la que llamaron Filibe, y mantuvieron su control durante casi 500 años. No fue hasta finales del siglo XIX, con el auge del nacionalismo búlgaro, cuando la ciudad pasó a integrarse en el recién formado estado búlgaro, consolidándose como uno de los grandes referentes históricos del país.

Nosotros llegamos a media mañana a Plovdiv. Por suerte, habíamos reservado hotel en pleno centro, el HillHouse Plovdiv, lo que nos permitió aparcar dentro de la ciudad antigua y movernos a pie desde el primer momento. Ten en cuenta que no se puede acceder con coche al casco histórico salvo que te alojes dentro, así que merece mucho la pena pagar un poco más por una buena ubicación.

El HillHouse Plovdiv es una opción muy recomendable: tiene una excelente relación calidad-precio, una ubicación inmejorable y un desayuno realmente completo.

QUE VER EN PLOVDIV


TEATRO ROMANO DE PLOVDIV

Nada más dejar las cosas en el hotel, nos pusimos en marcha. Queríamos aprovechar al máximo lo que quedaba de día y empezar a descubrir algunos de los monumentos más importantes de la ciudad. Nuestra primera parada fue el Teatro romano de Plovdiv, uno de los más grandes de su época en Europa del Este, con capacidad para entre 5.000 y 7.000 espectadores.

Antes de ir, conviene saber que la entrada no es gratuita: cuesta alrededor de 3 €. Si no te apasiona demasiado la historia, siempre puedes asomarte desde las rejas exteriores, desde donde se ve parcialmente. 

Aun así, personalmente recomiendo entrar. Como cualquier teatro romano que se precie, no solo tiene una enorme carga histórica, sino también unas vistas preciosas de la ciudad.

Lo curioso es que, a pesar de llevar allí casi dos mil años, el teatro no fue redescubierto hasta los años 70 del siglo XX. Durante siglos había permanecido oculto bajo escombros y derrumbes. A partir de entonces, se llevó a cabo una cuidadosa restauración que lo ha convertido en uno de los teatros romanos mejor conservados de Europa.

Hoy en día no es solo un monumento histórico: sigue vivo. Se utiliza para conciertos, óperas y todo tipo de eventos culturales, lo que le da un valor añadido difícil de encontrar en otros lugares similares.

La visita comienza por la parte superior, desde donde puedes ir descendiendo poco a poco por la cavea, es decir, las gradas. Aquí se sentaban los espectadores, organizados según su estatus social: las clases más humildes ocupaban las zonas altas, mientras que los ciudadanos más importantes se situaban cerca del escenario.

Al llegar abajo, te encontrarás frente a la scaena, el escenario donde actuaban los artistas, ligeramente elevado sobre la orchestra. A diferencia de lo que podría parecer, la orchestra no era el lugar de los músicos, sino un espacio reservado para autoridades y personajes destacados.

Detrás del escenario se alza la scaenae frons, la impresionante fachada del teatro, decorada con columnas, puertas y falsas puertas que servían como telón de fondo permanente. A ambos lados se encuentran los accesos conocidos como vomitoria —un término que aún se utiliza hoy en día en estadios—, que permitían la entrada y salida del público de forma rápida y organizada.

Un último consejo: fíjate bien en algunas piedras de las gradas. Verás grabados, como letras, que indicaban que esos asientos estaban reservados para grupos concretos, como magistrados, sacerdotes o autoridades. Un pequeño detalle que refleja a la perfección cómo hasta en el ocio los romanos mantenían un estricto orden social.



MEZQUITA DJUMAYA

Muy cerca del Teatro romano de Plovdiv y de los restos del antiguo circo romano, se encuentra uno de los últimos vestigios del paso del Imperio otomano por la ciudad: la Mezquita Djumaya. A diferencia de muchas otras mezquitas del país, esta logró mantenerse en pie tras la caída del dominio otomano, lo que la convierte en un lugar especialmente significativo.

La entrada es gratuita, aunque es importante tener en cuenta algunas normas básicas: hay que vestir de forma adecuada (evitando pantalones cortos), descalzarse antes de entrar y, en el caso de las mujeres, cubrirse la cabeza.

Pórtico de entrada a la Mezquita

El acceso se realiza a través de un pórtico que no pasa desapercibido: una estructura de madera con grandes ventanales que actúa como espacio de transición entre el bullicio de la calle y la calma del interior. 

Este lugar no es solo una entrada, sino una zona donde los fieles se preparaban para la oración, se quitaban el calzado y, en algunos casos, realizaban sus abluciones.

La mezquita fue construida en el siglo XIV, poco después de la conquista otomana de Plovdiv. Se levantó sobre el emplazamiento de una antigua iglesia cristiana, algo habitual en los primeros tiempos del dominio otomano en los Balcanes. Su nombre, “Djumaya”, hace referencia a la oración del viernes (jum’a en árabe), ya que durante siglos fue la mezquita principal de la ciudad.

          

Arquitectónicamente sigue el estilo típico otomano: una combinación de piedra y ladrillo, una gran cúpula central y altas ventanas que permiten la entrada de luz natural. En el interior, la decoración es uno de sus grandes atractivos, con motivos geométricos y florales, así como inscripciones del Corán. A pesar de las distintas restauraciones, buena parte de estos elementos decorativos se conservan desde hace siglos.

Una de las experiencias más recomendables al visitarla es detenerse en la cafetería situada junto al pórtico y tomar un café turco mientras se escucha la llamada a la oración. Es un momento sencillo, pero muy especial, que te conecta con la esencia histórica y cultural de la ciudad.


ESTADIO ROMANO TRIMONTIUM

Junto a la Mezquita Djumaya se encuentran los restos de lo que tradicionalmente se conoce como el “circo romano” de la antigua Plovdiv, cuando aún se llamaba Philippopolis. Sin embargo, el nombre puede llevar a confusión.

En realidad, no era un circo en el sentido clásico romano —donde se celebraban las famosas carreras de cuadrigas—, sino un estadio, destinado principalmente a competiciones atléticas. Aun así, el término “circo romano” se ha mantenido por costumbre.

Se llame como se llame, lo cierto es que sus dimensiones eran impresionantes: más de 200 metros de longitud y una capacidad que podía superar las 30.000 personas. Una auténtica obra de ingeniería para su época.

Lo más curioso es que sus restos están completamente integrados en la ciudad actual. No existe un recinto cerrado como tal, ya que gran parte del estadio permanece enterrado bajo edificios modernos. 



Aun así, es posible descubrir fragmentos repartidos por distintos puntos del centro: en plazas, esquinas e incluso en el interior de algunos comercios.

El tramo más llamativo se encuentra precisamente junto a la mezquita y corresponde a la sphendone, es decir, la parte curva o semicircular del estadio que cerraba uno de sus extremos. Esta zona ha sido cuidadosamente restaurada e integrada en el entorno urbano, creando un espacio muy interesante que combina historia y modernidad.

Además, aquí se ha habilitado un pequeño museo con recursos multimedia que permiten imaginar cómo era el estadio en época romana, así como una cafetería con vistas directas a los restos. Un lugar perfecto para hacer una pausa y, al mismo tiempo, viajar dos mil años atrás.




BARRIO DE KAPANA

Después de esta primera toma de contacto con Plovdiv, tocaba hacer una pausa para almorzar. Y qué mejor lugar que el barrio más moderno, alternativo y animado de la ciudad: Kapana.

Su nombre significa “trampa” en búlgaro, seguramente el nombre hace honor a su entramado de callejuelas estrechas, casi laberínticas, donde es muy fácil perderse… y precisamente ahí está parte de su encanto.

Hoy en día, Kapana es el corazón creativo de la ciudad. Está lleno de restaurantes modernos, con propuestas muy variadas, desde cocina local hasta opciones más internacionales, perfectas para cualquier tipo de viajero. 




Nosotros aprovechamos para comer aquí, concretamente en el Restaurante Saffron, rodeados de ese ambiente relajado y algo bohemio que define el barrio. 

Pero Kapana es mucho más que un buen sitio para comer o tomar algo. Sus calles están repletas de pequeñas tiendas de artesanía, diseño y souvenirs, muchas de ellas independientes, lo que le da un aire más auténtico, ya que no hay franquicias. 

Lo mejor que puedes hacer es recorrerlo sin rumbo fijo y dejarte llevar, entrando en los sitios que te llamen la atención.

Otro de los grandes atractivos del barrio es su arte urbano. Muchas de sus fachadas están decoradas con grafitis y murales que convierten cada rincón en algo diferente, llamativo. Merece la pena ir con los ojos bien abiertos, porque siempre aparece algún detalle curioso.

Como curiosidad, Kapana no siempre fue así. Durante décadas fue una zona bastante degradada, hasta que fue completamente revitalizada en los últimos años, especialmente con motivo de la capitalidad cultural de 2019. 



IGLESIA SVETA BOGORODITSA

Tras el almuerzo, la visita continúa en dirección a Nebet Tepe, la antigua fortaleza de Plovdiv. El recorrido permite, además, realizar varias paradas para descubrir iglesias y casas burguesas del siglo XIX que forman parte del patrimonio histórico de la ciudad.

Una de las primeras paradas es la Iglesia Sveta Bogoroditsa, que se traduciría como Iglesia de la Santa Madre de Dios, uno de los templos más importantes de Plovdiv. Construida en el siglo XIX, en plena época del renacimiento nacional búlgaro, la iglesia tiene un importante valor simbólico, ya que representa el resurgir cultural y religioso del país tras el dominio otomano.

Exteriormente, el edificio presenta un aspecto sobrio, con una fachada de piedra y un campanario que fue añadido posteriormente. Este hecho responde a las limitaciones impuestas durante la ocupación otomana, cuando las iglesias cristianas no podían superar en altura a las mezquitas.

El interior, sin embargo, resulta mucho más destacado. Alberga una rica decoración con iconos ortodoxos, pinturas religiosas de vivos colores y un elaborado iconostasio de madera tallada, elemento característico de este tipo de templos. 

Se trata, en conjunto, no de una visita imprescindible, pero si te coge de camino, permite comprender mejor la historia y la evolución cultural de la ciudad.


IGLESIA DE S.CONSTANTINO Y STA. HELENA

La ruta continúa en dirección a la antigua fortaleza, avanzando por la calle Saborna, en pleno casco histórico de Plovdiv. En una de sus esquinas se encuentra la Iglesia de San Constantino y Santa Elena, uno de los templos más antiguos de la ciudad.

Es un edificio que no pasa desapercibido, principalmente por su campanario blanco en forma de torre, que destaca entre las casas que lo rodean y sirve como referencia visual en esta zona del casco antiguo.

Sus orígenes se remontan al siglo IV, lo que la convierte en uno de los primeros templos cristianos de la región, construido poco después de la legalización del cristianismo en el Imperio romano. Está dedicada a Constantino I el Grande y a su madre Santa Elena, figuras clave en la expansión del cristianismo.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sido destruida y reconstruida en varias ocasiones, especialmente durante el periodo otomano, hasta adoptar su forma actual, que corresponde en gran medida al siglo XIX.

Como ocurre con muchas iglesias de Plovdiv, su exterior es relativamente austero. El conjunto está rodeado por un muro blanco, y el edificio principal queda algo resguardado en su interior, sin grandes elementos decorativos que llamen la atención más allá del campanario.

Sin embargo, el interior que es de entrada gratuita, ofrece un contraste notable. En él se pueden contemplar iconos, frescos de vivos colores y, como es habitual en las iglesias ortodoxas, un elaborado iconostasio de madera tallada que constituye uno de los elementos más destacados del conjunto.


PUERTA DE HISAR KAPIA Y MUSEO ETNOGRAFICO

Justo en la esquina de la iglesia, al girar a la izquierda por una calle empedrada, encontramos con la Puerta Hisar Kapia, una de las antiguas puertas medievales de Plovdiv, que en su día formaba parte del sistema defensivo y separaba la zona interior de la exterior de la ciudad.

Después de visitar la fortaleza, volveremos a esta zona para recorrer con calma algunas casas del Renacimiento búlgaro y el barrio de los artesanos. Pero por el momento, tocaba seguir subiendo.

Así que continuamos el camino en dirección a Nebet Tepe, comenzando la subida por la calle Doctor Stoyan Chomakov, una de las más características del casco antiguo, con sus adoquines y ese aire histórico que te acompaña en cada paso.


Museo Etnográfico

Uno de los edificios más bonitos que aparecen a lo largo de esta calle es el Museo Etnográfico Regional de Plovdiv, aunque en nuestro caso no fue posible visitarlo por dentro, ya que ese día se encontraba cerrado.

El museo ocupa la conocida Casa Kuyumdzhioglu, una impresionante mansión construida en 1847 por un acaudalado comerciante. Durante el Renacimiento Nacional Búlgaro, levantar este tipo de residencias era una de las formas más habituales de mostrar el poder económico y el estatus social.

Gracias a ello, hoy en día Plovdiv conserva un conjunto excepcional de casas señoriales, muchas de ellas abiertas al público. Si se dispone de tiempo, merece la pena visitar al menos alguna de ellas para entender mejor cómo vivía la burguesía de la época.


NEBET TEPE

Nebet Tepe es una de las colinas sobre las que se asentó la antigua ciudad. Su nombre significa “colina de vigilancia”, ya que tepe significa colina y nebet, vigilancia.

Nebet Tepe

Sobre este enclave se sucedieron distintas civilizaciones a lo largo del tiempo: tracios, romanos, búlgaros y otomanos. Los restos arqueológicos hallados en la zona se remontan a más de 4.000 años de antigüedad, lo que confirma su importancia como uno de los núcleos más antiguos de ocupación de la región.

Aunque en la actualidad los restos visibles son limitados, el verdadero valor de Nebet Tepe es su significado histórico, ya que se considera el origen del asentamiento de la ciudad de Plovdiv. Lo más destacado son los restos de las murallas, que reflejan la superposición de distintas épocas: la base es de origen tracio, los refuerzos corresponden a la etapa romana, mientras que las reconstrucciones y adaptaciones pertenecen a periodos bizantino y otomano.

Otro elemento clave para la defensa del enclave era su sistema de almacenamiento de agua, con grandes cisternas excavadas en la roca y canales destinados a recoger el agua de lluvia. Este sistema permitía a la fortaleza resistir largos asedios.


En la actualidad, el acceso es libre y el espacio se utiliza más como parque al aire libre que como yacimiento arqueológico en sentido estricto. Más que recorrer sus restos, lo más recomendable es pasear por la colina y disfrutar de las vistas panorámicas de la ciudad, que resultan especialmente destacables al atardecer.

Tras dar un paseo por la antigua fortaleza, volvemos sobre nuestros pasos y justo a pocos metros de la iglesia de Constantino y Helena, podemos ver un claro ejemplo de las casas burguesas construidas en la segunda mitad del siglo XIX durante el despertar búlgaro.

Las dos primeras que encontramos están situadas a pocos metros de la iglesia, tomando la calle "Chetvarti Yanuari" , que significa en castellano, "4 de Enero", y es que el 4 de enero de 1878  es una fecha simbólica porque está relacionada con la liberación de Plovdiv del dominio otomano durante la Guerra Ruso-Turca (1877–1878).

Pues bien, al final de esa calle podrás ver dos de las casas antes comentadas, la Casa Balabanov y la Casa Hindliyan.

CASA BALABANOV Y CASA HINDLIYAN

La Casa Balabanov fue construida en el siglo XIX por la familia Hadzhidimitar (Hadji Dimitriev), una familia de comerciantes bastante acomodada de Plovdiv en plena época del Renacimiento Nacional Búlgaro. Con el tiempo, la casa cambió de propietarios y acabó tomando el nombre de “Balabanov” por uno de sus dueños posteriores más conocidos, el comerciante y mecenas Dimitar Balabanov, que vivió allí entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Casa Balabanov

Es una casa típica de la burguesía de la época, con habitaciones amplias, techos altos, grandes ventanales y mucha madera tallada en la decoración. Estaba pensada no solo como vivienda, sino también como lugar para reuniones sociales y actividades comerciales, algo muy habitual en este tipo de mansiones.

A lo largo de los años ha tenido distintos usos, pero tras su última gran restauración a finales del siglo XX, se ha convertido principalmente en un espacio para exposiciones y eventos culturales.

Casa Hindliyan

La otra casa, que se encuentra justo al lado, la casa Hindliyan, fue construida también en el siglo XIX, en este caso por la familia de Stepán Hindliyan, un rico comerciante armenio dedicado al comercio internacional de seda y bienes de lujo.  A diferencia de otras casas del casco antiguo, la Casa Hindliyan está especialmente pensada para el confort y la representación social, con estancias decoradas con frescos en los techos que asombraban a sus invitados. La sala más famosa es la  llamada “habitación del mapa”, donde se conserva una pintura mural con un mapa del mundo conocido en el siglo XIX.  Ha sido restaurada en varias ocasiones, y hoy en día forma parte del conjunto de casas-museo del casco antiguo. La entrada cuesta unos 3 euros, aunque puedes sacar entradas que combinan varias casas museos.

CASA DIMITAR GEORDIADI Y CASA NEDKOVICH

Si vuelves sobre tus propios pasos y cruzas la Hisar Kapia Gate, encontrarás otras dos casas singulares, también del siglo XIX: la Casa de Dimitar Georgiadi y la Casa Nedkovich.

La primera fue construida entre 1846 y 1848 por el comerciante Georgi Kendindenoglu, quien posteriormente la entregó como dote a su hija tras su matrimonio con el rico comerciante griego Dimitar Georgiadi, de quien finalmente toma su nombre. Se trata de una de las casas más grandes del casco antiguo, con amplios salones y estancias ricamente decoradas. Todo en ella estaba pensado para impresionar a las visitas, reflejando una época en la que la vida social y los negocios iban estrechamente ligados.

Casa de Dimitar Georgiadi

En la actualidad, la casa alberga una de las exposiciones del Museo Regional de Historia, centrada en el periodo otomano y el Renacimiento búlgaro. La entrada es bastante asequible, en torno a los 2 euros, así que si vas con tiempo, es una opción a contemplar.

La otra casa es la Casa Nedkovich, construida hacia 1863 por el comerciante Dimitar Nedkovich, una figura destacada de Plovdiv. Como muchas residencias de la época, no era solo una vivienda familiar, sino también un espacio donde se desarrollaban relaciones sociales y comerciales.

Casa Nedkovich

A diferencia de otras casas-museo más centradas en recrear la vida doméstica, la Casa Nedkovich alberga exposiciones relacionadas con la historia de la ciudad, lo que la convierte en una visita especialmente interesante para quienes quieran profundizar en el pasado de Plovdiv.

BARRIO DE LOS ARTESANOS

Barrio de los Artesanos

Seguimos descendiendo por las calles empedradas hasta adentrarnos en el llamado barrio de los artesanos, una zona formada por estrechas calles peatonales donde todavía se conserva el ambiente de los antiguos oficios tradicionales de Plovdiv.

En esta parte del casco antiguo, muchas de las casas están ocupadas por pequeños talleres y tiendas de artesanía, manteniendo una tradición que se remonta al siglo XIX, cuando la ciudad era un importante centro comercial de la región.



Si  realizas el recorrido como nosotros, desde la Hisar Kapia Gate hacia la zona baja del ayuntamiento, atravesaras estas callejuelas donde aún es fácil imaginar cómo se organizaba la vida en aquella época: los talleres ocupaban la planta baja, mientras que las viviendas se situaban en los pisos superiores.


Aunque pueda parecer que Plovdiv es solo historia, nada más lejos de la realidad. Continuamos el paseo hacia la zona del Ayuntamiento, situada al sur del Teatro romano de Plovdiv y del antiguo estadio romano.


Es aquí donde se concentra una de las áreas más animadas de la ciudad, llena de comercios, cafeterías y restaurantes.

En esta zona, uno de los aspectos que más llama la atención es el arte urbano. Muy cerca del Ayuntamiento aparecen varias calles decoradas con murales, algunos realmente sorprendentes. Merece la pena dedicar un rato a pasear sin rumbo y descubrirlos, porque cada rincón tiene algo diferente.

Ayuntamiento

Otro punto curioso es la calle peatonal Knyaz Alexander I, donde se encuentra una llamativa escalera de colores que se ha convertido en uno de los rincones más fotografiados. Allí también se puede ver la estatua de Estatua de Milyo, uno de los personajes más populares de la ciudad.

Milyo fue una persona real que vivió en Plovdiv durante el siglo XX y que solía pasear por esta misma calle. Era conocido por su carácter excéntrico, lo que en muchos lugares se describiría como “el loco del pueblo”, aunque quienes lo conocieron aseguraban que hablaba varios idiomas y que estaba al tanto de todo lo que ocurría en la ciudad. Hoy, su figura se recuerda con cariño a través de esta estatua, donde aparece sentado, con una sonrisa pícara y una actitud despreocupada.


Con motivo de la capitalidad cultural en 2019, esta zona fue completamente renovada, ganando aún más vida y convirtiéndose en uno de los espacios más dinámicos de la ciudad.


Y así termina el recorrido por Plovdiv. Aunque no hubo tiempo para visitar el interior de todas las casas museo, la ciudad deja una impresión muy completa: historia, arte y un ambiente animado que la convierten en una parada imprescindible en cualquier viaje por Bulgaria.