LOVECH, CUEVA PROHODNA, Y CUEVA SAEVA DUPKA
Dejamos Veliko Tarnovo por la mañana temprano porque nos quedaban varias horas de camino por delante. El plan del día era súper completo: queríamos visitar un par de las cuevas más famosas de Bulgaria para después volver sobre nuestros pasos y pasar la tarde disfrutando del encantador pueblo de Lovech, mundialmente conocido por su precioso puente cubierto de madera.
La primera de nuestras paradas fue la cueva Prohodna, famosa en todo el mundo como la cueva de los "Ojos de Dios". Este lugar tan mágico se encuentra situado a unos 150 kilómetros de Veliko Tarnovo, lo que se traduce en unas dos horas de coche conduciendo tranquilamente por la carretera nacional principal, la E772.
CUEVA PROHODNA
Desde el aparcamiento hasta la cueva apenas hay un camino forestal de unos pocos minutos y, en cuanto termines de serpentear entre los árboles, te darás de bruces con la enorme entrada. Para que te hagas una idea de dónde estás metido, esta maravilla se formó durante el período Cuaternario debido a la disolución de la roca caliza, por lo que tiene más de 65 millones de años de historia. Aunque la llamemos cueva, en realidad es un puente natural gigantesco —de hecho, es el más largo de toda Bulgaria— con 262 metros de longitud, y cuenta con dos accesos principales: la Entrada Grande, que es por la que vas a acceder y que tiene unos impresionantes 45 metros de altura, y la Entrada Pequeña, de unos 35 metros.
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| Los Ojos de Dios |
Además, este rincón mágico ya se usaba en la antigüedad, y los arqueólogos han encontrado herramientas que demuestran que estuvo habitada por humanos durante el Neolítico. Precisamente por su forma tan peculiar, siempre ha sido considerada un lugar cargado de una fuerte energía espiritual, y las tribus locales la utilizaban como un santuario para sus rituales. Se cree que los antiguos sacerdotes esperaban a momentos específicos del año para celebrar sus ritos justo cuando los rayos del sol atravesaban "los ojos" de par en par, iluminando el suelo de la cueva e interpretando aquello como una auténtica señal divina.
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| Los Ojos de Dios |
Para terminar tu visita con buen pie, te dejo un par de consejos clave: si ha llovido recientemente o hay mucha humedad, el terreno de la entrada se vuelve extremadamente resbaladizo, así que ten mucho cuidado con el calzado que llevas; por el contrario, si te pilla un día de lluvia, tendrás la oportunidad única de ver cómo cae el agua a través de los orificios del techo, creando un efecto óptico brutal en el que parece, real y literalmente, que Dios está llorando.
CUEVA SAEVA DUPKA
La siguiente cueva que vamos a visitar es Saeva Dupka, para lo cual toca volver un poco sobre nuestros pasos y poner rumbo en dirección a Lovech. No está para nada lejos de Prohodna, ya que en poco más de media hora en coche te plantas allí.
Lo primero que nos llamó poderosamente la atención al llegar fue que no había absolutamente nadie; mientras que en Prohodna coincidimos con algunos turistas, hasta aquí parecía no llegar un alma. Al acercarnos a la caseta de la entrada, el vigilante nos explicó que las visitas eran guiadas y nos pidió que esperáramos unos diez minutos. Pagamos nuestra entrada, que costó unos 3 euros, y esperamos sentados frente a la reja que cerraba la cueva.
Nos quedamos allí pensando que haríamos el recorrido con más gente pero, para nuestra sorpresa, al pasar ese tiempo apareció de nuevo el vigilante para enseñarnos la cueva en exclusiva, ¡únicamente para nosotros! Esto hizo que la experiencia fuese fascinante, no solo por lo espectacular del lugar, que es sinceramente impresionante, sino por los detalles y explicaciones que nos fue dando a cada paso.
Como os decía, esta cueva no tiene absolutamente nada que ver con Prohodna: si aquella era un puente natural enorme y luminoso, Saeva Dupka es una cueva tradicional, subterránea, oscura, misteriosa y repleta de formaciones calcáreas de esas que te dejan con la boca abierta.
Su nombre rinde homenaje a dos hermanos pastores, Saeu y Dupán, que vivieron en la zona durante la ocupación otomana; cuenta la leyenda que descubrieron este agujero por casualidad mientras buscaban refugio y lo utilizaron para esconderse de los turcos. Sin embargo, su historia va mucho más allá, ya que también se han hallado restos de la época romana en su interior, lo que demuestra que ha servido de protección desde hace siglos. El recorrido tiene unos 400 metros de longitud y está dividido en cinco salas espectaculares, siendo la más famosa la conocida como Sala del Concierto, que posee una acústica tan brutal que se han llegado a celebrar en ella recitales de coros de música clásica.
La visita dura aproximadamente una media hora y el interior está perfectamente acondicionado con pasarelas que te permiten desplazarte con comodidad, aunque debes ir mentalizado para subir y bajar unas cuantas escaleras. Os aseguro que es una experiencia que merece muchísimo la pena y que recordaréis siempre.
Después de visitar la cueva Saeva Dupka, pusimos rumbo a Lovech, la ciudad elegida para almorzar y pasar la noche. Nos alojamos en el Hotel Varosha, un alojamiento con muchísimo encanto y típicamente búlgaro, con sus características vigas de madera y una decoración de lo más tradicional; además, en su sótano cuenta con una taberna típica donde pudimos disfrutar de una comida local exquisita. En un principio, planeamos hacer noche en Lovech simplemente por pura logística, ya que su ubicación estratégica nos permitía visitar la zona de las cuevas búlgaras y, al día siguiente, descender cómodamente hacia el Monasterio de Troyan y Koprivshtitsa.
Sin embargo, lo que empezó siendo una simple parada técnica terminó convirtiéndose en todo un acierto. Y es que a esta zona de Bulgaria apenas llegan turistas occidentales, lo que te permite descubrir cada rincón prácticamente en soledad, deteniéndote el tiempo que quieras donde te apetezca, paseando con una tranquilidad absoluta y comiendo en restaurantes de muchísima calidad sin necesidad de pelearte por una reserva. De hecho, nosotros llegamos en pleno horario de almuerzo pensando que íbamos tardísimo, pero pudimos sentarnos a comer sin el más mínimo problema en el Restaurante Drakata, un sitio fantástico en pleno centro de Lovech y muy cerca de su famoso puente cubierto.
Haciendo un poco de memoria histórica para entender la importancia del lugar, cabe destacar que Lovech es uno de los asentamientos más antiguos de toda Bulgaria. Sus primeros pobladores fueron los tracios, quienes fundaron aquí la fortaleza de Melta allá por el siglo IV a.C. Más tarde, los romanos se establecieron en la zona y construyeron un puesto militar clave para controlar las rutas comerciales que provenían del este de Europa. Sin embargo, el verdadero momento cumbre de Lovech llegó a finales del siglo XII, cuando la ciudad se convirtió en un centro militar y comercial estratégico para la región.
- El Puente Cubierto
- El Barrio de Varosha
- La Iglesia Ortodoxa de la Asunción de la Virgen María
- La Fortaleza Hysarya
- Los antiguos baños públicos de la ciudad "Deli Hamam"
El Puente Cubierto es, sin duda, la joya de la corona y lo más icónico de Lovech. Se construyó originalmente entre 1872 y 1874 en madera y piedra, pero desgraciadamente sufrió un incendio brutal en 1925 y se quemó por completo. Unos años más tarde lo reconstruyeron en hormigón y acero para asegurar la estructura, y no fue hasta la década de los 80 cuando lo remodelaron para devolverle ese aspecto rústico de madera idéntico al original, dejando el interior repleto de pequeñas tiendas de artesanía y recuerdos.
Está bien para cruzarlo y dar un paseo cotilleando el interior, pero desde luego lo que de verdad te va a llamar la atención y te va a obligar a sacar la cámara es su estampa desde fuera.
A unos metros del Puente Cubierto vas a dar directamente con el casco antiguo de la ciudad, el barrio de Varosha. Es un auténtico laberinto de callejuelas empedradas, estrechas y bastante empinadas que se van adaptando a la silueta de la colina de la fortaleza.
Perdiéndonos por estas calles llegamos a una iglesia que se notaba que estaba en plena fase de restauración. Sinceramente, entramos sin muchas expectativas por el estado en el que se encontraba, pero al final fue toda una sorpresa. Probablemente por ese mismo ambiente de obras y gracias a las explicaciones —en una mezcla genial de medio inglés y medio búlgaro— de la señora que vigilaba el lugar, pudimos descubrir y vivir una iglesia ortodoxa desde un prisma totalmente distinto a lo habitual.
A pesar de las obras y del estado del templo, hubo algo que nos dejó con la boca abierta: el impresionante iconostasio que separa el santuario de la zona donde se colocan los fieles. Por lo que nos estuvo explicando la mujer, fue tallado a mano por maestros artesanos de la zona y, si te acercas un poco, es una auténtica locura. Consiguieron esculpir motivos vegetales, ángeles y escenas bíblicas con una precisión y un nivel de detalle asombrosos.
Al final, le dejamos una propina a la buena mujer para poner nuestro granito de arena en el mantenimiento del lugar, nos despedimos y seguimos la ruta hacia el punto más alto de la ciudad: la Fortaleza de Hysarya.
Continuamos el ascenso por el pintoresco barrio de Varosha. Tras dejar atrás la iglesia, subimos por unas escaleras que nos conducen directamente a las puertas de la Fortaleza de Hisarya, la cual corona majestuosamente el skyline de Lovech.
Justo en la entrada te recibirá la imponente estatua de 14 metros de altura de Vasil Levski, el gran patriota que lideró la insurgencia contra el Imperio Otomano y de quien te hablé líneas arriba. Si te apasiona su historia, toma nota: hay un museo dedicado a su vida justo antes de empezar la escalinata. Desde este punto, las panorámicas de toda la ciudad y del río Osam son sencillamente espectaculares, así que saca la cámara porque es el momento perfecto para hacer fotos.A la izquierda del monumento verás una pequeña cabina donde se compran las entradas. No debe de recibir muchas visitas a diario, porque el taquillero nos acogió con auténtica emoción... Y, en cierto modo, lo entiendo perfectamente: durante todo nuestro recorrido por el recinto no nos cruzamos con un solo alma. Un auténtico lujo.
Como la gran mayoría de las fortificaciones medievales, la de Hisarya goza de un emplazamiento estratégico inigualable. Situada en la cima de una colina rocosa, domina por completo el núcleo urbano y el curso del río. Esta ubicación la convertía en una plaza prácticamente inexpugnable, ya que los acantilados y las paredes verticales sobre las que se asienta funcionaban como letales defensas naturales.
El gran hito histórico de este lugar ocurrió en el año 1187, cuando el emperador bizantino Isaac II Ángelo sitió Lovech para intentar sofocar la rebelión de los hermanos búlgaros Asen y Peter. Tras tres meses de asedio infructuoso, los bizantinos asumieron que era imposible conquistarla, levantaron el campamento y firmaron el Tratado de Paz de Lovech. Este documento supuso el reconocimiento oficial del Segundo Imperio Búlgaro, convirtiendo a esta fortaleza en la mismísima cuna de la independencia medieval del país.
El complejo contaba con imponentes muros y torres de vigilancia distribuidos en dos grandes áreas defensivas: la fortaleza exterior, diseñada para refugiar a la población local en caso de ataque, y la ciudadela interior, el núcleo fortificado más protegido y reservado exclusivamente para el gobernador y la guarnición militar.
Al cruzar la puerta principal de la fortaleza, te encontrarás ante una gran explanada. Si te fijas en el centro, verás los vestigios de los cimientos de varios templos; y es que este recinto llegó a albergar hasta siete iglesias construidas en distintas épocas medievales.A la izquierda de la entrada se aprecian los restos de la ciudadela interior, de la que aún se mantienen en pie algunos lienzos de muralla y las ruinas de la iglesia principal. Hoy en día lo que vas a ver son, en su mayoría, restos dispersos y cimientos.
La razón de este estado de ruina es trágica: la fortaleza de Lovech fue una de las últimas plazas búlgaras en caer en manos de los invasores otomanos, quienes se ensañaron con el lugar destruyéndolo a conciencia para evitar que volviera a convertirse en un foco de rebelión.
DELI HAMAM
Concluida la visita a la fortaleza, desandamos nuestros pasos para descender de nuevo por el barrio de Varosha, dejándonos llevar por sus calles estrechas y serpenteantes, flanqueadas por casas que parecen sacadas de otra época. Antes de retirarnos al hotel, y aprovechando que la noche empieza a caer sobre la ciudad, hacemos una última parada en el último gran punto turístico de Lovech: sus antiguos baños turcos.
Conocidos localmente como Deli Hamam, estos baños no son un complejo termal común, sino el último hamam otomano de este tipo que ha sido completamente restaurado en Bulgaria.
Su construcción se remonta a mediados del siglo XVI, en pleno apogeo del dominio otomano en la región. El curioso apodo de Deli Hamam (que se traduce como "Baño Loco") proviene de una leyenda local: se decía que el agua brotaba con tanta fuerza y abundancia, y el vapor que se generaba en su interior era tan denso y salvaje, que el edificio parecía cobrar vida propia.
Lo que hace verdaderamente singular a este hamam es su avanzado sistema de calefacción, inspirado en el hipocausto romano. El suelo y las paredes no se calentaban desde las salas principales, sino mediante una gran caldera central ubicada en el exterior del edificio. Desde allí, el aire caliente se distribuía por todo el complejo a través de una ingeniosa red de túneles de ladrillo subterráneos.
En aquella época, la presencia de un hamam de estas dimensiones reflejaba la enorme importancia estratégica y comercial de la ciudad. Los baños eran el auténtico epicentro de la vida social: un lugar de encuentro donde se cerraban negocios, se concertaban matrimonios y se debatía de política. Eso sí, todo ello bajo una estricta segregación de géneros, por lo que hombres y mujeres tenían horarios y días de uso completamente separados.
Hoy en día, el Deli Hamam ha sido magníficamente restaurado y está abierto al público. Su interior alberga una fascinante exposición multimedia interactiva que, entre juegos de luces y sonidos, te hace retroceder en el tiempo hasta los días del Imperio Otomano, cuando este rincón era el corazón palpitante de Lovech.























































