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viernes, 4 de septiembre de 2026

QUE VER EN DOS DIAS EN MILAN: SEGUNDO DIA

 

QUE VER EN DOS DIAS EN MILAN: SEGUNDO DIA

Tras nuestro primer día en Milán, hay que decir que el segundo día fue igual de intenso. Dado que dejábamos la ciudad a la mañana siguiente, teníamos que aprovechar la jornada al máximo. Así que nos levantamos bien temprano con uno de los grandes platos fuertes del viaje en agenda: la visita al Cenáculo para contemplar cara a cara una de las obras más célebres de la pintura universal, La Última Cena de Leonardo da Vinci.

EL CENACULO

Santa Maria delle Grazie

Si quieres realizar esta visita, lo primero que debes saber es que la improvisación no es una opción: tienes que planificarla con varias semanas de antelación porque las entradas literalmente vuelan. 

Al haber mucha demanda por parte de los grupos turísticos, los pases individuales son muy limitados y no siempre se consiguen en el horario deseado.

Si quieres conseguir tu ticket, debes hacerlo directamente en su web oficial. La entrada cuesta unos 15 € y el horario de visita es de 8:15 a 19:00 h. Ten en cuenta que los pases son nominativos, por lo que deberás llegar una media hora antes para validar tu entrada con tu documento de identidad y dejar mochilas u otros pertenencias en la consigna gratuita.

Cenáculo

La visita está fantásticamente organizada: pasarás primero por una zona de aclimatación con varias esclusas durante unos 15 minutos mientras se evacúa el turno anterior. Una vez libre el espacio, entra el siguiente grupo. No estarás dentro más de 15 minutos, así que aprovecha cada segundo para admirar las dos espectaculares obras que custodia la sala: la célebre La Última Cena de Leonardo da Vinci y el no menos impresionante fresco de La Crucifixión, obra de Giovanni Donato Montorfano.

La verdad es que entrar y contemplar La Última Cena produce una sensación única. Estás frente a una de las obras más icónicas de la historia de la humanidad, esa que llevas viendo en los libros de texto desde niño. Y al tenerla delante, impresiona aún más de lo imaginado: su dimensión es descomunal y ocupa todo el frontal del recinto.

Un detalle clave es que la obra no está en un museo convencional ni es un cuadro transportable; está pintada directamente sobre la pared del refectorio del antiguo convento de Santa Maria delle Grazie, sobre el cual se ha estructurado la visita actual. Este comedor fue encargado a finales del siglo XV por el duque de Milán, Ludovico Sforza ("El Moro"), con la idea de convertir el complejo en el mausoleo familiar de los Sforza. Imagina la escena: mientras los frailes dominicos comían en absoluto silencio en sus mesas laterales, contemplaban frente a ellos la histórica escena bíblica.

Cualquier libro de historia del arte te aportará datos fascinantes sobre la pintura, pero conviene recordar los esenciales: fue realizada entre 1495 y 1498, y mide 4,60 metros de alto por 8,80 metros de ancho. Leonardo capturó el instante exacto posterior a que Jesús pronuncia las palabras: "En verdad os digo que uno de vosotros me va a traicionar". Por eso, en los rostros de los apóstoles se aprecian reacciones tan humanas de sorpresa, ira, duda, negación y tristeza. Los doce discípulos se agrupan en cuatro conjuntos de tres, creando un dinamismo visual extraordinario en torno a la figura serena y piramidal de Jesús en el centro.

Uno de los aspectos que más me sorprendió es que Leonardo utilizó una técnica experimental que casi destruye la propia obra. Tradicionalmente, las pinturas murales se ejecutaban al fresco (aplicando el pigmento sobre el yeso aún húmedo, lo que exige rapidez pero garantiza siglos de conservación). Sin embargo, Leonardo, en su afán perfeccionista por trabajar al detalle las sombras y los retalles a su propio ritmo, decidió emplear una técnica en seco basada en óleo y temple sobre una doble capa de yeso sintético. Lo que el genio no previó fue que la humedad natural de la pared haría que la pintura comenzara a escamarse e irse deteriorando apenas unos años después de terminarla, iniciando un continuo proceso de degradación durante siglos.

Entre 1978 y 1999 se llevó a cabo una titánica restauración de más de 21 años que eliminó capas de suciedad y repintados posteriores, sacando a la luz los colores y trazos originales de Da Vinci.

A mí, particularmente, me fascinó la expresividad en los rostros de cada apóstol y el dinamismo de sus gestos. Una visita IMPRESCINDIBLE en la que los 15 minutos asignados se quedan verdaderamente cortos.

La Crucifixión

Por último, en la pared opuesta se encuentra otra obra maestra que a veces pasa desapercibida por la magnificencia de Leonardo: La Crucifixión de Giovanni Donato Montorfano. Al estar pintada al fresco tradicional, su estado de conservación es muy superior al de La Última Cena. Representa la escena del Calvario con una notable riqueza de personajes y un detallado paisaje de fondo. Como curiosidad, en las esquinas inferiores se añadieron los retratos de los mecenas de la obra: el duque Ludovico Sforza junto a su hijo Ercole a la izquierda, y su esposa Beatriz de Este con su hijo Francesco a la derecha. Aunque hoy apenas se distinguen, estos retratos fueron pintados al óleo por el mismísimo Leonardo a petición de la familia ducal.


CASTILLO SFORZA

Castillo Sforza

Otra de las sorpresas de Milán es el Castillo Sforza, una de las fortalezas con mayor repercusión histórica durante la Edad Media. Aunque corrió el riesgo de ser demolida a finales del siglo XIX, hoy luce un aspecto sobresaliente para el disfrute de todos los que se acercan a visitarla.

Torre del Filarete

San Juan Nepomuceno


Los orígenes de esta formidable fortaleza se remontan al siglo XIV, perteneciendo por aquel entonces a la familia Visconti. En el siglo XV, los Sforza la reconstruyeron para convertirla en la residencia principal del Ducado de Milán. Sin embargo, cuando el Milanesado pasó a manos de España y Austria siglos más tarde, su uso fue eminentemente militar. De ahí proviene la mala fama que tuvo durante mucho tiempo entre los milaneses, ya que para ellos representaba un símbolo de la opresión extranjera.

Su acceso es totalmente gratuito, al menos para pasear por sus patios exteriores e interiores; solo tendrás que pagar si deseas acceder a los museos que alberga en su interior. Nosotros decidimos no entrar, ya que visitar un museo teniendo solo dos días en la ciudad condiciona mucho el resto del itinerario, así que poco podemos contar de su colección interna.

De lo que sí os podemos hablar detenidamente es de sus tres impresionantes patios: el Cortile delle Armi, la Corte Ducale y el Cortile della Rocchetta.

Cortile delle Armi 

El primero con el que te encuentras nada más cruzar la entrada principal, justo bajo la monumental Torre del Filarete, es el Cortile delle Armi (Patio de Armas). Este espacio sirvió durante los años de dominación austríaca como punto de adiestramiento para las tropas de guarnición. Al fondo a la izquierda se ubica el antiguo hospital de campaña, construido en el siglo XVI, y a la derecha el foso que protegía el núcleo central del castillo. Si os fijáis en la estatua del centro, debéis saber que representa a San Juan Nepomuceno, patrón protector de las tropas austríacas.

Corte Ducale

Al dejar atrás el Patio de Armas, encontrarás a mano derecha la Corte Ducale, ubicada en la antigua zona residencial noble. Aquí vivían los duques y la corte rodeados de lujo, celebrando recepciones diplomáticas. Lo reconocerás fácilmente por sus arcos de ladrillo visto y su pintoresca fuente central decorada. Desde este patio es desde donde se accede a uno de los museos principales del recinto, el Museo de Arte Antiguo.

Cortile della Rocchetta

El último patio es el Cortile della Rocchetta, sin duda el que posee más detalles desde el punto de vista artístico. Os llamarán la atención sus elegantes pórticos con arcos renacentistas apoyados sobre columnas y decorados con los escudos heráldicos de los Visconti y los Sforza. Este espacio funcionaba como el último baluarte defensivo en caso de asedio o revueltas internas: si la ciudad caía o el Patio de Armas era invadido, la familia ducal se refugiaba en esta pequeña fortaleza inexpugnable, donde además se custodiaba el tesoro del ducado.

Una vez hayáis recorrido todos los patios del castillo, os recomiendo salir por la puerta opuesta a la de entrada para enlazar directamente con las siguientes visitas imprescindibles de la zona: el Parque Sempione, la Triennale de Milán y el Arco della Pace.


TRIENNALE Y ARCO DELLA PACE

Una vez que hayas atravesado el Castillo Sforza, llegarás a un enorme espacio verde conocido como el Parque Sempione, el auténtico pulmón de Milán. Y es que es verdaderamente grande, con más de 38 hectáreas de extensión. Puedes pasear tranquilamente en torno a su estanque central y perderte por los senderos que parten a su alrededor; es un lugar ideal para desconectar del bullicio urbano y descansar un poco.

Parque Sempione

En uno de sus laterales encontrarás la Triennale de Milán, la institución de referencia internacional para el diseño, la arquitectura y las artes decorativas italianas, ubicada en el interior del Palazzo dell'Arte.

En su interior se alberga el Museo del Diseño Italiano, una joya con piezas icónicas que transformaron la industria mundial (sillas, electrodomésticos, automóviles y objetos cotidianos) creadas por los grandes maestros del diseño del país. Además, cuenta con salas para exposiciones temporales y un restaurante panorámico con vistas privilegiadas al parque.

Cuando nosotros lo visitamos, nos encontramos con una curiosa exposición de animales a tamaño natural fabricados con papel y cartón. Y es que, aunque no seas un gran apasionado del arte moderno, muchas de las propuestas que exhiben resultan sumamente llamativas y sorprendentes.

Si atraviesas todo el Parque Sempione hasta llegar al extremo opuesto al castillo, te toparás con el Arco della Pace, un imponente arco triunfal neoclásico de 25 metros de altura. Su construcción comenzó en 1807 por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar sus victorias en Italia. Sin embargo, tras su derrota en Waterloo, las obras se paralizaron y no se concluyeron hasta 1838, momento en el que se rebautizó como símbolo de la paz europea recuperada tras las Guerras Napoleónicas. En su parte superior podrás contemplar la Sestiga della Pace, una espectacular escultura de bronce de seis caballos que tiran del carro de la diosa Paz.

Arco della Pace

La plaza donde se ubica está repleta de terrazas y bares, convirtiéndose en un lugar fantástico para almorzar o para disfrutar al caer la tarde del famoso aperitivo milanés. Para quien no lo conozca, la regla básica es muy sencilla: pagas únicamente por tu bebida y la comida viene incluida. La copa suele costar entre 10 € y 15 € según el local, lo que te da acceso directo a una completa degustación de platos.

Y después de almorzar, seguimos nuestra ruta, hacia otro de los lugares a nuestro entender imprescindibles por su singularidad, San Bernardino de Ossa.


SAN BERNARDINO DE OSSA

La iglesia está situada a pocos pasos de la Catedral y destaca por albergar un célebre osario decorado íntegramente con miles de huesos y calaveras humanas, dispuestos con un sorprendente estilo artístico barroco y rococó.

La entrada es totalmente gratuita, aunque te advierto que el tiempo del que dispondrás para visitarlo es algo reducido. Tal y como recuerdan a la entrada, se trata de un lugar de culto y no de una mera atracción turística; así que ya sabes: echar un vistazo con respeto y a continuar la ruta... Teóricamente están prohibidas las fotos y los vídeos, pero con las fotografías suelen ser más permisivos, mientras que con el vídeo sí que llaman la atención rápidamente.

Su origen se remonta a principios del siglo XIII, cuando la falta de espacio en el cementerio contiguo al antiguo hospital de San Stefano obligó a construir una estancia específica dedicada únicamente a conservar y depositar los restos de los difuntos. Hacia finales de ese mismo siglo se levantó una capilla junto al osario, dedicada a San Bernardino de Siena. A principios del siglo XVIII un incendio destruyó el edificio original, lo que llevó a la reconstrucción de la iglesia actual —con una bonita planta octogonal— y a la ampliación del osario tal y como se contempla hoy.


No es el primer osario que visitamos; en Évora ya habíamos visto la Capela dos Ossos, la cual dicen que se construyó precisamente tras la fascinada visita que realizó el rey Juan V de Portugal a este rincón milanés. Lo que realmente sorprende en comparación con la capilla portuguesa es la manera tan artística en que se exponen los restos humanos: decoran las paredes y los marcos de las puertas formando figuras geométricas, cruces y guirnaldas elaboradas con fémures, tibias y cráneos.

                                        

Quizás te preguntes a quién pertenecían estos restos. En su mayoría corresponden a enfermos fallecidos en el antiguo hospital, así como a frailes de la orden y personas procedentes de otros cementerios locales exhumados. Todos excepto por una curiosa excepción: los cráneos ubicados sobre el dintel de la puerta de entrada, que pertenecen a reos ejecutados en la época.

Como no podía ser de otra manera, a la iglesia le ronda una conocida leyenda fantasmagórica. Cuentan las crónicas locales que cada 2 de noviembre (Día de los Difuntos), el esqueleto de una niña pequeña cuyos restos descansan a la izquierda del altar cobra vida y arrastra al resto de los huesos a bailar una aterradora danza fantasmal durante la noche.


GALERÍA DE VITTORIO EMANUELE II

Volvemos sobre nuestros pasos hacia la Plaza del Duomo para visitar con más tranquilidad otro de los grandes iconos de la ciudad: la Galería de Vittorio Emanuele II. La primera vez que entramos fue durante el día y, como suele ser habitual, estaba abarrotada de gente; resultaba incluso difícil caminar. Afortunadamente, regresamos por la noche y pudimos disfrutar de cada rincón con total calma. Y es que su aspecto cambia radicalmente sin el turismo de masas, así que si tu agenda te lo permite, no dudes en visitarla al caer el sol.

Haciendo un poco de historia, la galería fue concebida a finales del siglo XIX. Su construcción comenzó en 1865, cuando el propio rey Víctor Manuel II colocó la primera piedra, motivo por el cual lleva su nombre. Conocida popularmente por los milaneses como "Il Salotto di Milano" (El Salón de Milán), conecta directamente la Piazza del Duomo con la Piazza della Scala, donde se encuentra el afamado teatro de ópera.

Arquitectónicamente, combina magistralmente elementos neoclásicos con una espectacular cubierta de hierro y cristal. Su cúpula central de vidrio se alza a 47 metros de altura y custodia cuatro enormes mosaicos que representan a los continentes: África, América, Asia y Europa. Asimismo, en el suelo del octógono central destacan cuatro mosaicos de mármol con los escudos de Roma, Florencia, Milán y Turín.

                                               

Es precisamente en torno al escudo de Turín —representado por un toro— donde se desarrolla un curioso ritual que casi todo viajero termina realizando. Dice la leyenda que trae buena suerte colocar el talón del pie derecho sobre los atributos genitales del toro y dar tres giros completos sobre uno mismo sin perder el equilibrio. Son tantos los visitantes que han cumplido con el ritual a lo largo de los años que el mosaico ha tenido que ser restaurado en múltiples ocasiones debido al desgaste.



Pasear por la Galería, más allá de admirar su arquitectura y su simbología, supone darse un garbeo por las tiendas más exclusivas del planeta; cualquier firma de alto nivel que se precie busca tener presencia aquí. De este modo, paseando por sus pasillos verás boutiques de la talla de Prada, Gucci, Louis Vuitton o Giorgio Armani. Como curiosidad, te fijarás en que todos los comercios exhiben una estética uniforme con letras doradas sobre fondo negro, un requisito fijado por la estricta normativa de la propia Galería para preservar su armonía visual.




TEATRO DE LA SCALA Y ESTATUA A LEONARDO DA VINCI

Al cruzar por completo la Galería de Vittorio Emanuele II desembocamos en una pequeña plaza presidida en su centro por el monumento a Leonardo da Vinci: la conocida Piazza della Scala.

Esta estatua es obra del escultor Pietro Magni (1872) y se sitúa justo enfrente del célebre Teatro de La Scala. Resulta del todo comprensible que Milán dedicase un monumento al genio toscano, ya que estuvo al servicio de los Sforza durante más de 16 años y dejó en la ciudad legados imborrables como La Última Cena. En la base del monumento, escoltando al maestro desde sus cuatro esquinas, se hallan las figuras de sus cuatro discípulos más destacados, los conocidos como leonardeschi: Marco d'Oggiono, Cesare da Sesto, Giovanni Antonio Boltraffio y Andrea Salai.

Justo en frente se alza el Teatro alla Scala, uno de los coliseos de ópera más míticos y prestigiosos del mundo, inaugurado en 1778. Se levantó sobre los restos de la antigua iglesia de Santa María alla Scala (de la cual toma su nombre) por orden de la emperatriz María Teresa de Austria, tras quedar destruido por un incendio el anterior teatro ducal. En su interior han resonado las composiciones de genios como Verdi o Puccini, y han brillado voces legendarias de la talla de María Callas y Luciano Pavarotti.

Nosotros no pudimos acceder a su interior pero, aunque su fachada exterior resulta bastante sobria con su elegante estilo neoclásico, por dentro es despliegue puro de lujo y opulencia. Así que, si dispones de tiempo suficiente en tu ruta, no dudes en incluir su visita.


BASILICA Y COLONNA DE SAN LORENZO

Nos dirigimos ahora hacia el barrio de Ticinese para contemplar uno de los templos con mayor pasado romano de la ciudad. La Basílica tiene justo delante de su entrada dos elementos que te llamarán poderosamente la atención. Por un lado, una estatua en bronce de Constantino el Grande, quien promulgó en el año 313 d.C. el histórico Edicto de Milán que concedió la libertad religiosa al cristianismo dentro del Imperio. El otro elemento que no te pasará desapercibido son las Colonne di San Lorenzo, un conjunto de 16 columnas corintias de mármol que flanquean la plaza y constituyen uno de los escasos vestigios en pie de la antigua Mediolanum romana. 

Colonne di San Lorenzo

Se cree que estas columnas, de más de 8 metros de altura, no eran originarias de este emplazamiento, sino que fueron trasladadas aquí en el siglo IV desde un templo pagano o unos baños públicos para erigir el pórtico de acceso a la basílica. Te recomiendo pasarte al caer la noche, ya que la iluminación le otorga un toque mágico al conjunto; además, es un punto de encuentro francamente concurrido y animado por los jóvenes milaneses, pues sus alrededores están repletos de bares y terrazas.

Basílica de San Lorenzo

Volviendo a la basílica, hay que destacar que es una de las más antiguas de Milán, ya que fue construida entre finales del siglo IV y principios del V. En su momento fue la iglesia de planta centralizada más grande de la cristiandad occidental. Y es que, a diferencia de la gran mayoría de templos, San Lorenzo no posee la habitual forma de cruz latina, sino una imponente estructura octogonal coronada por una gran cúpula. 

La estancia de mayor valor artístico de todo el recinto es la Capilla de San Aquilino, una joya paleocristiana que conserva deslumbrantes mosaicos del siglo V sobre fondo de oro (para acceder a ella hay que abonar una pequeña entrada aparte de unos 2 € o 3 €, la cual merece la pena porque también permite descender a la cripta para contemplar los cimientos romanos originales hechos con bloques del antiguo anfiteatro). Si prefieres no entrar en esta capilla, durante tu recorrido por la nave principal de la iglesia también podrás admirar llamativos muros con frescos de época medieval muy bien conservados.


BASILICA DE SAN EUSTORGIO

La última de las basílicas que visitamos en Milán fue la Basílica de San Eustorgio, conocida por su historia ligada a los Tres Reyes Magos. Y es que, según la leyenda, aquí estuvieron enterrados los Reyes de Oriente; de hecho, todavía se puede ver su enorme tumba de mármol vacía...

Sarcófago de los Reyes Magos

Cuenta la historia que en el siglo IV el obispo Eustorgio viajó a Constantinopla y el emperador le regaló un sarcófago con las reliquias de los Magos. El obispo las trajo a Milán en un carro de bueyes que, al llegar a este punto, se cansaron y no quisieron andar más. Esto se interpretó como una señal de Dios para construir allí la iglesia. Durante siglos los restos estuvieron aquí, hasta que en 1164 el emperador Barbarroja destruyó parte de Milán y se llevó las reliquias a Alemania, concretamente a la Catedral de Colonia. 

A principios del siglo XX, un cardenal milanés consiguió que devolvieran al menos una pequeña parte de los huesos (dos fémures, una tibia y un húmero). Hoy en día se guardan en una caja de bronce justo al lado del sarcófago antiguo.



Es tan fuerte la relación de esta iglesia con los Reyes Magos que la punta del campanario no tiene una cruz como las demás, sino una estrella de ocho puntas que representa la Estrella de Belén.

Si entras en la iglesia puedes pagar una entrada de unos 6 euros para ver las catacumbas subterráneas y la Capilla Portinari. La capilla es una joya del arte renacentista, famosa por su bonita cúpula de colores y sus pinturas en las paredes. Por su parte, en las catacumbas verás tumbas muy antiguas (de los siglos III al V) con frases grabadas en griego y latín.

Al terminar la visita nos fuimos a cenar al cercano barrio de Navigli, que está al lado y tiene muchísimo ambiente. Cenamos, cómo no, una pizza en la pizzería Sciué Navigli: súper recomendable, muy rica y bien de precio.



Al día siguiente, como nuestro avión salía a mediodía, nos dio tiempo al menos de dar un último paseo por las calles del famoso Barrio de Brera antes de volver a casa.



UN PASEO POR EL BARRIO DE BRERA



El Barrio de Brera está considerado el rincón más artístico, bohemio y romántico de Milán. Caminar por sus calles te permite salir por un momento del lío y el ajetreo del resto de la ciudad. Además, la mayoría de sus callejuelas son estrechas y peatonales, así que da gusto pasear tranquilo y cotillear las tiendas y mercadillos que te vas encontrando.




Brera está lleno de palacios antiguos, tiendas de arte, cafeterías monas, floristerías y puestos de antigüedades. Pero el centro de todo el barrio lo ocupa el famoso Palazzo Brera, que por dentro guarda una de las galerías de pintura más importantes de Italia.

Para ver el museo bien hace falta al menos media mañana, un tiempo del que no disponíamos, así que nos conformamos con entrar a ver su bonito patio central y su patio con columnas.Justo en medio del patio hay una estatua enorme de bronce de Napoleón Bonaparte. Curiosamente, Napoleón —que cae mal en bastantes países europeos— aquí en Milán es casi un héroe, ya que nombró a la ciudad capital de Italia y convirtió este palacio en un gran museo para competir con el mismísimo Louvre de París.

Si como a nosotros no te da tiempo a ver los museos por dentro, lo mejor que puedes hacer es pasear, tomarte un buen café y dar una vuelta por los mercadillos de antigüedades. Hay un ambiente estupendo y es la forma perfecta de despedirte de Milán con un buen sabor de boca, poniendo el final ideal a este viaje de dos días.


Para saber que ver en el primer día en Milán, picha aquí.

















viernes, 14 de agosto de 2026

QUE VER EN DOS DIAS EN MILAN

 QUE VER EN DOS DIAS EN MILAN

Nuestra visita a Milán fue muy breve, de tan solo dos días y medio. Es verdad que un fin de semana largo no da para profundizar en cada rincón, pero sí es tiempo más que suficiente para llevarse una idea muy completa de la ciudad. Para ser sincera, no viajaba con grandes expectativas, pero Milán me sorprendió gratamente.

Y es que el cliché que siempre escuchamos sobre Milán es que no tiene mucho más que ofrecer aparte de su imponente Duomo y la famosa Galleria Vittorio Emanuele II. Sin embargo, la realidad es completamente distinta: la ciudad esconde muchísimo más, desde iglesias monumentales y castillos medievales, hasta pinacotecas únicas y un ambiente exquisito en cada esquina.

En esta entrada intentaré resumir de forma breve todo lo que puedes ver y hacer en Milán en dos días. Aunque sea un tiempo ajustado, incluye lo imprescindible para una escapada perfecta de fin de semana; un itinerario que, te lo aseguro, te dejará con un auténtico buen sabor de boca.

UN POCO DE HISTORIA

Cuando pensamos en Milán, lo primero que nos viene a la mente son las pasarelas de moda, los escaparates de lujo de la Galleria Vittorio Emanuele II y el perfil gótico de su majestuoso Duomo. Es fácil verla como una metrópolis moderna, vibrante y un poco acelerada. Pero si rascas un poco bajo esa superficie brillante de alta costura, descubrirás que Milán es, en realidad, un auténtico viaje en el tiempo.

Su historia comienza hace más de 2.500 años, alrededor del 600 a.C., cuando una tribu celta decidió asentarse en la llanura del río Po. Siglos más tarde llegaron los romanos, quienes supieron ver el tremendo potencial estratégico del lugar y lo rebautizaron como Mediolanum, que significa "tierra en medio de los caminos".

La ciudad creció a tal ritmo que llegó a convertirse en la capital del Imperio Romano de Occidente. Fue aquí donde acontecieron hitos tan históricos como la firma del Edicto de Milán por el emperador Constantino en el año 313 d.C., el decreto que legalizó el cristianismo y cambió el rumbo de Occidente.

Tras la caída de Roma, Milán sufrió el azote de bárbaros, hunos y lombardos. En medio de aquellos tiempos tan turbulentos, ya en la Edad Media, emergieron las dos grandes familias que ostentarían el control absoluto de la ciudad: los Visconti y los Sforza.

Los primeros en gobernar fueron los Visconti, quienes en el siglo XIV decidieron que Milán necesitaba una catedral a la altura de su grandeza y comenzaron la monumental construcción del Duomo. Más tarde llegaron los Sforza, quienes dejaron como legado su impresionante castillo y una multitud de obras de arte repartidas por toda la ciudad. Entre ellas destaca una de las pinturas más famosas de la historia, La última cena, plasmada por un Leonardo da Vinci que vivió y creó en la ciudad durante casi veinte años.

A partir del siglo XVII, Milán se convirtió en una codiciada moneda de cambio entre las grandes potencias europeas, pasando por manos españolas y austríacas hasta la llegada de Napoleón Bonaparte, quien se coronó aquí mismo como Rey de Italia. No fue hasta 1848 cuando la ciudad, tras el heroico levantamiento de las famosas "Cinco Jornadas de Milán", logró liberarse del yugo extranjero, incorporándose unos años más tarde al unificado Reino de Italia.

Durante el siglo XX, Milán se consolidó como el corazón industrial y financiero del país. Aunque sufrió devastadores bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial que destruyeron parte de su casco histórico, la ciudad supo resurgir de sus cenizas. Tras la posguerra, un nuevo renacer la esperaba, esta vez impulsado por una industria diferente: la moda. Grandes genios como Armani, Versace y Prada decidieron establecer aquí sus talleres, catapultando a la ciudad hacia un espectacular auge económico y creativo.

Hoy en día, Milán es una urbe de vanguardia que combina la historia, la modernidad, sus tradiciones y el estilo como ninguna otra en Italia. Así que... ya solo queda calzarse unas zapatillas cómodas y salir a disfrutarla.

MAPA DE MILAN

 

PRIMER DIA

Normalmente, cuando se visita Milán un fin de semana, los turistas nos quedamos en los lugares típicos que todos conocemos: el Duomo, la Galería Vittorio Emanuele o el Castillo Sforzesco. Sin embargo, gracias a un amigo amante del arte, diseñamos un recorrido adicional para descubrir las iglesias más bonitas de Milán. Auténticas joyas, algunas de ellas totalmente desconocidas, que merecen una parada obligatoria. No están todas las que son, pero sí las más importantes, y por ahí comenzamos nuestro primer día.

La primera de ellas, muy cerca de nuestro alojamiento, es la gran joya del románico de la ciudad: la Basílica de San Ambrosio.

BASÍLICA DE SAN AMBROSIO: El corazón del románico en Milán

La primera de nuestras visitas la hacemos el mismo día de la llegada. Al quedar muy cerca de donde nos hospedamos, era el punto de partida perfecto. Se trata de la Basílica de San Ambrosio, considerada la obra cumbre del románico lombardo.

Basílica de San Ambrosio

Este templo se construyó originalmente en el siglo IV fuera de las murallas romanas, en una zona de cementerios donde se enterraba a los mártires cristianos. De hecho, se concibió para albergar las reliquias de los santos Gervasio y Protasio y, más tarde, las del propio San Ambrosio, cuyos restos aún descansan en la cripta.

Lo primero que llamará tu atención es que cuenta con dos torres de alturas y épocas diferentes. Esto se debe a que la basílica fue compartida por dos órdenes religiosas distintas, y cada una erigió su propia torre:

  • A la derecha verás el Campanario de los Monjes (del siglo IX).

  • A la izquierda se alza el Campanario de los Canónigos (del siglo XII).

Una vez que cruzas las puertas exteriores, te encuentras con un enorme patio rodeado por un pórtico. Es el llamado Atrio de Ansperto (siglo IX), el lugar donde antiguamente se acogía a los peregrinos. Si te fijas en los laterales del atrio, verás interesantes restos arqueológicos, como lápidas antiguas de monjes y sarcófagos de la época romana.

El interior te traslada de golpe a la Edad Media. Tiene un aspecto completamente medieval, con tres majestuosas naves, techos de bóveda de crucería y galerías elevadas. Cuando entres, no dejes de buscar dos detalles espectaculares: su impresionante altar dorado del siglo IX y el llamado Sarcófago de Estilicón, una pieza de la época romana con relieves esculpidos a la perfección.






TEMPLO DE LA VICTORIA

Al salir de la basílica, justo en la misma plaza, te toparás con un monumento imponente que suele pasar desapercibido para el turista común: el Templo de la Victoria.

Este edificio es en realidad un enorme monumento funerario y militar. Se inauguró el 4 de noviembre de 1928 para rendir homenaje a los más de 10.000 soldados milaneses que perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial, aunque posteriormente se amplió para albergar también a los caídos de la Segunda Guerra Mundial.

El diseño del edificio esconde varias curiosidades que te pueden pasar desapercibidas. La primera es su forma: un octógono regular. Cada uno de sus ocho lados está orientado matemáticamente hacia las ocho puertas históricas de Milán, simbolizando así los caminos por los que los jóvenes soldados salieron de la ciudad para marchar hacia el frente de batalla. Otra de sus grandes peculiaridades son sus cuatro arcos principales, que representan los cuatro años que duró la guerra para Italia.

Templo de la Victoria

Aunque intentamos visitarlo en un par de ocasiones, nos lo encontramos cerrado. Por lo que pudimos averiguar, su interior solo abre al público en fechas muy señaladas. Si tienes la suerte de encontrarlo abierto, baja a su subterráneo, pues por lo que nos han contado  hay una enorme cripta con miles de nombres de soldados grabados en bronce y sobrecogedoras reliquias de la guerra.

IGLESIA DE SAN MAURIZIO AL MONASTERO MAGGIORE: La "Capilla Sixtina" de Milán


Tras pasar por el Templo de la Victoria, llegamos en menos de cinco minutos a la que es, en mi opinión, la iglesia más bonita de Milán con diferencia.


Ojo, porque si no vas exprofeso a buscarla, pasarás por delante sin darte cuenta. Su exterior es de lo más sobrio y discreto, una iglesia más que no llama en absoluto la atención. Sin embargo, cruzar su puerta es una auténtica locura: su interior es simplemente fascinante. No por nada la llaman, con toda la razón del mundo, la Capilla Sixtina de Milán.


Iglesia de San Maurizio al Monastero Maggiore


La Iglesia cuenta con dos salas principales que recorrerás durante tu visita: la Iglesia de los Fieles y la Iglesia de las Monjas.

                                         

La primera de ellas es la Iglesia de los Fieles (Aula dei Fedeli), el espacio destinado originalmente al público general. Tanto las paredes como el techo están tan repletos de escenas religiosas que resulta casi abrumador: hay tantos detalles que no sabrás hacia dónde mirar primero.

La sala está presidida en el altar mayor por un majestuoso retablo con la escena de la Adoración de los Reyes Magos. En el resto del espacio destacan los impresionantes frescos religiosos de Bernardino Luini, uno de los discípulos predilectos de Leonardo da Vinci. Otro elemento en el que debes fijarte detenidamente son sus capillas laterales: pertenecían a influyentes familias de la nobleza milanesa, que competían entre sí para engalanar sus espacios con las obras pictóricas de mayor valor.

La segunda parte del recorrido es la Iglesia de las Monjas (Aula delle Monache). Para acceder a ella, deberás cruzar una puerta lateral de altura reducida; un pequeño cambio de espacio que simboliza el paso del mundo terrenal al estricto universo de la clausura.

Tras cruzar este estrecho pasadizo, accederás a la Iglesia de las Monjas, una sala impresionante donde lo primero que llamará tu atención es su soberbio coro de madera, el lugar donde las religiosas se reunían a orar. Las sillerías están finamente talladas con imágenes de santos y con los escudos de las familias nobles que financiaban el convento. Otro de los grandes tesoros del recinto es su órgano histórico, que data de 1554 y que, a pesar de rozar los 500 años de antigüedad, ¡todavía sigue en perfecto funcionamiento!

Particularmente, me fascinó un fresco en una de las paredes laterales que representa el pasaje del Arca de Noé. El nivel de detalle es sencillamente asombroso... Confieso que iba buscando con la mirada la famosa pareja de unicornios que había leído que aparecía retratada. Y es que, en aquella época, ¡todavía se creía firmemente en la existencia real de estos animales mitológicos!




PIAZZA DIL DUOMO


Nuestro primer día en Milán termina con un paseo por la Piazza del Duomo, el corazón palpitante de la ciudad. Aunque cuando la visitamos no lucía en su máximo esplendor —ya que la plaza estaba llena de carpas conmemorativas por los próximos Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina d'Ampezzo—, su majestuosidad sigue siendo innegable.

Duomo de Milán

En la Piazza del Duomo hay dos paradas totalmente imprescindibles: la primera es contemplar su impresionante Catedral, con una de las fachadas más bonitas que verás jamás; la segunda es la célebre Galería Vittorio Emanuele II. Ambos son los grandes iconos turísticos de la ciudad, aunque debo decir que, una vez que conoces a fondo el resto de Milán, puedes llegar a pensar que están un pelín sobrevalorados.

El Duomo de Milán es el indiscutible gran protagonista de la plaza y el símbolo por excelencia de la ciudad. Tardó casi 600 años en construirse: sus obras comenzaron en 1386 y los últimos detalles no se dieron por concluidos hasta mediados del siglo XX. Es, por detrás de la Catedral de Sevilla, la segunda catedral gótica más grande del mundo, por lo que ya puedes imaginarte sus colosales dimensiones.

Sin duda, lo que más llama la atención es su deslumbrante fachada, esculpida en mármol rosado de Candoglia, un material traído directamente de los Alpes a través de los canales que aún cruzan la ciudad (y que dan nombre a uno de sus barrios más famosos, el Navigli). De vuelta a la fachada, te dejará sin palabras contemplar sus más de 3.400 estatuas, sus 135 agujas y sus 96 gárgolas... un auténtico exceso arquitectónico. Si quieres acceder a su interior, la entrada cuesta entre 10 y 30 euros, dependiendo de la modalidad de visita que elijas, ya que puedes optar por ver solo la catedral, subir a las terrazas o incluir el museo.

Duomo de Milán

El otro gran elemento a destacar en la plaza es la Galería Vittorio Emanuele II, famosa en todo el mundo no solo por su exquisito diseño arquitectónico, sino también por albergar las tiendas de las marcas de lujo más exclusivas del planeta. Sin embargo, como la visitamos con mayor tranquilidad al día siguiente, entraré en detalle un poco más adelante.

Galería Vittorio Emanuele II


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