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miércoles, 4 de marzo de 2026

MARRAKECH: PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES Y SINAGOGA AL AZAMA

 MARRAKECH 

PALACIO DE LA BAHIA, PALACIO EL BADI, TUMBAS SAADIES, LA MEDINA Y LA SINAGOGA AL AZAMA

EL PALACIO DE LA BAHIA

Durante nuestro segundo día en Marrakech madrugamos para desayunar y dirigirnos hacia uno de los lugares más bellos de la ciudad: el Palacio de la Bahía. Sabíamos que es una de las visitas más concurridas y queríamos recorrerlo con cierta calma, aunque en Marrakech el concepto de “temprano” es relativo: pese a llegar a las nueve en punto, la entrada ya estaba tomada por grupos organizados.

El horario es de 9:00 a 17:00 y la entrada cuesta alrededor de 100 dirhams. A diferencia de otros lugares de la ciudad, aquí el precio está plenamente justificado: es una visita imprescindible para entender el refinamiento y el poder de la élite marroquí del siglo XIX.

El palacio se encuentra en el barrio andalusí, una zona históricamente vinculada a la población llegada tras la caída del Reino de Granada.

Su construcción comenzó hacia 1866 por iniciativa de Si Moussa, gran visir del sultán alauí Sidi Mohammed ben Abderrahmane. Aunque no era sultán, su cargo le otorgaba un enorme poder político y económico, lo que le permitió levantar una residencia acorde a su posición en la corte. Aun así, el conjunto inicial era mucho más modesto que el que vemos hoy.

El verdadero esplendor llegó con su hijo, Ahmed ben Moussa (Ba Ahmed), quien ejerció como regente durante la minoría de edad del sultán Muley Abdelaziz, hijo de Hassan I. Durante casi una década concentró un poder inmenso y destinó grandes recursos a ampliar el complejo hasta convertirlo en un palacio de más de ocho hectáreas y unas 150 estancias. Lo bautizó como “Bahía”, que puede traducirse como “la brillante” o “la bella”, y según la tradición lo dedicó a una de sus esposas favoritas.

         

El recorrido es una sucesión armoniosa de patios, jardines y salas donde el agua y la vegetación suavizan el rigor del clima. Los espacios oficiales estaban destinados a recepciones y asuntos de Estado; en ellos el gran visir atendía delegaciones y celebraba reuniones políticas. Las estancias privadas, en cambio, estaban reservadas al descanso y a la vida doméstica del harén.

               

A lo largo de la visita conviene detenerse en los detalles: la delicadeza de la yesería tallada, los techos de madera de cedro ricamente policromados y el vibrante mosaico de zellij que cubre paredes y suelos. En conjunto, todo resulta muy armonioso y cuidado. La cantidad de detalles decorativos que se concentran en cada patio y cada sala hacen que el Palacio de la Bahía sea, sin duda, uno de los lugares más impresionantes y bonitos que puedes visitar en Marrakech.




PLACE DES FERBLANTIERS 

Dejamos atrás el Palacio de la Bahía y, a apenas unos pasos, nos dirigimos hacia otro imprescindible de la ciudad: el Palacio El Badi. El trayecto es corto, pero merece la pena hacerlo sin prisas.

Por el camino atravesamos la Place des Ferblantiers, la conocida Plaza de los Hojalateros. Su nombre no es casual: durante siglos este espacio estuvo ocupado por artesanos especializados en trabajar la hojalata y otros metales, que aquí fabricaban lámparas, bandejas y objetos decorativos que luego se distribuían por toda la ciudad.

Hoy todavía sobreviven algunos pequeños comercios que mantienen esa tradición, aunque es evidente que el esplendor artesanal de otros tiempos ya no es el mismo. Aun así, la plaza conserva cierto encanto y funciona como antesala tranquila antes de adentrarse en la grandeza histórica de El Badi.




PALACIO DE EL BADI

Muy cerca de la Plaza de los Hojalateros se encuentra la entrada del Palacio El Badi, un lugar que, aunque hoy se presenta como una gran ruina monumental, sigue evocando el esplendor imperial de Marrakech. A simple vista pueden parecer solo muros desnudos y patios vacíos, pero la dimensión del conjunto habla por sí sola. Además, en el interior se proyectan recreaciones en realidad virtual desarrolladas por la Universidad de Granada, que ayudan a imaginar cómo fue el palacio en su época dorada.

El Badi

El origen del edificio está directamente ligado a la Batalla de Alcazarquivir, librada a finales del siglo XVI entre Portugal y Marruecos. Conocida también como la Batalla de los Tres Reyes —porque en ella murieron el rey portugués Sebastián I, el sultán depuesto Abu Abdallah Mohammed II y el sultán Abd al-Malik—, supuso una contundente victoria marroquí. Miles de soldados portugueses fueron capturados y, como era habitual en la época, se pagaron cuantiosos rescates por los prisioneros nobles. Ese enorme botín permitió al nuevo sultán saadí, Ahmad al-Mansur, financiar la construcción de un palacio destinado a deslumbrar al mundo. Lo llamó El Badi, “el Incomparable” o “el Maravilloso”.

Las crónicas cuentan que para su construcción se importaron mármoles de Italia, oro del África subsahariana, ónix de la India y maderas nobles del Líbano. El complejo llegó a contar con más de 300 estancias, grandes patios ajardinados, pabellones ricamente decorados y una enorme alberca central que reflejaba los edificios cubiertos de azulejos, estucos y techos de cedro tallado. Se dice que su inspiración fue la Alhambra, lo que permite hacerse una idea de la magnificencia que debió de alcanzar.

Pero el esplendor fue breve. En el siglo XVII, tras la caída de la dinastía saadí, la nueva dinastía alauí trasladó la capital primero a Fez y después a Meknes. El sultán Moulay Ismail, lejos de conservar el palacio, ordenó desmontarlo para que no quedara vestigio alguno de la anterior dinastía saadí. Durante años, sus materiales más valiosos fueron trasladados para embellecer sus propias construcciones en Meknes. Así, El Badi quedó reducido a la estructura que hoy contemplamos: poderosas murallas de adobe rojizo, amplios patios abiertos al cielo y las bases de lo que fueron suntuosos pabellones.

Y, sin embargo, el conjunto sigue teniendo algo especial. A diferencia del Palacio de la Bahía, aquí suele haber muchos menos visitantes, lo que permite recorrerlo con calma, pasear junto al gran estanque central y dejar volar la imaginación. Más que un palacio decorado, El Badi es una ruina majestuosa que impresiona por su escala y por la historia que encierra.


TUMBAS SAADIES

Mezquita de Moulay al-Yazid
Tras visitar el Palacio El Badi, nos dirigimos hacia uno de los lugares más delicados y refinados de Marrakech: las Tumbas Saadíes.

Antes de llegar, pasamos frente a la Mezquita de Moulay al-Yazid, adyacente al recinto funerario. También conocida como Mezquita de la Kasbah, recibe este nombre por haber sido construida junto a la antigua ciudadela levantada por el califa almohade Yaqub al-Mansur entre 1185 y 1190, en pleno apogeo del imperio almohade. Su acceso está restringido a los no musulmanes, pero aun así merece la pena detenerse a contemplar su exterior y su imponente minarete, ya que siempre ha sido considerada una de las mezquitas más importantes de la ciudad, al nivel de la propia Koutoubia.

Tras pasear por sus alrededores, bordeamos la mezquita hasta alcanzar la discreta entrada de las Tumbas Saadíes, situada en la parte posterior. Como ocurre con la mayoría de monumentos de Marrakech, la entrada cuesta 100 dirhams y el horario habitual es de 9:00 a 17:00.

El complejo funerario fue mandado construir a finales del siglo XVI por el sultán saadí Ahmad al-Mansur, con la intención de crear un mausoleo digno de su linaje y acorde al esplendor alcanzado por la dinastía. Aquí fueron enterrados él mismo, sus familiares y destacados miembros de la corte.

Sin embargo, apenas un siglo después, la dinastía saadí fue derrocada y sustituida por la dinastía alauí. A diferencia de lo ocurrido con El Badi, que fue desmontado piedra a piedra, el nuevo sultán Moulay Ismail no destruyó las tumbas, pero sí ordenó sellarlas y ocultarlas tras altos muros, dejando únicamente un pequeño acceso desde la mezquita contigua. Durante más de dos siglos permanecieron prácticamente olvidadas, hasta que en 1917 fueron redescubiertas gracias a fotografías aéreas realizadas durante el Protectorado francés.

Las Tumbas Saadíes se organizan en varias zonas claramente diferenciadas, lo que facilita mucho la visita.

Patio Central

Nada más entrar accedes a un patio central (6), presidido por un jardín rectangular con más de 100 tumbas, donde están enterrados cortesanos, funcionarios y miembros secundarios de la familia real.

Las lápidas de esta zona son relativamente sencillas, realizadas en mármol y decoradas con inscripciones coránicas y delicados motivos florales.

Gran Cámara

A tu derecha verás un edificio que alberga dos salas: la Gran Cámara (2) y la Cámara de Lalla Mas'uda (1), la parte más antigua del conjunto. La Cámara de Lalla Mas'uda recibe su nombre porque en ella se encuentra la tumba de la madre del sultán Ahmad al-Mansur. La Gran Cámara fue completándose posteriormente con enterramientos de otros familiares. En ambas estancias ya se aprecia la riqueza decorativa que caracteriza al recinto: techos de madera de cedro tallada, zócalos de azulejos geométricos y frisos de estuco finamente trabajados.

        

Continuando por el patio llegarás al edificio del fondo. No tiene pérdida: normalmente verás una pequeña cola, ya que no se permite el acceso directo al interior y solo se puede observar a través de unas ventanas. Aquí se concentran las auténticas joyas del complejo, distribuidas en tres salas: la Sala de las Doce Columnas (4), en el centro; la Sala de los Tres Nichos (5), a la derecha; y la Sala del Mihrab (3), a la izquierda.

Sala de las Doce Columnas

La más impresionante es, sin duda, la Sala de las Doce Columnas (4), que a mí me recordó inevitablemente a algunas estancias de la Alhambra. Aquí están enterrados el propio Ahmad al-Mansur, su hijo Zidane y sus sucesores inmediatos. La sala recibe su nombre por las doce columnas de mármol de Carrara que sostienen una magnífica cúpula de madera de cedro. En su diseño se aprecia un interesante simbolismo: el cuadrado de la planta representa la tierra, el círculo de la cúpula simboliza el cielo, y la transición entre ambos alude al paso de la vida terrenal a la celestial.

A la derecha se encuentra la Sala de los Tres Nichos (5), más pequeña, donde reposan niños y príncipes de la dinastía saadí.

A la izquierda se abre la Sala del Mihrab o Sala de Oración (3), la más amplia del conjunto. Originalmente funcionó como oratorio, algo que se aprecia en el mihrab orientado hacia La Meca, decorado con un arco de herradura. Cuatro columnas de mármol dividen el espacio en nueve secciones, bajo las cuales se distribuyen numerosas tumbas, no solo saadíes, sino también de miembros de la posterior dinastía alauí.

Sala del Mihrab

Y aquí concluye la visita. No esperes un recinto enorme en el que pasar toda la mañana: en unos 30 o 40 minutos lo habrás recorrido con calma. Sin embargo, pese a su tamaño contenido, la historia que encierra y la exquisitez de su decoración hacen que sea una parada imprescindible en Marrakech.


SINAGOGA AL AZAMA

A unos diez minutos a pie de las Tumbas Saadíes se encuentra el antiguo barrio judío de Marrakech, el Mellah. Hoy ya no queda prácticamente población hebrea en la zona, pero aún se conservan algunos de los templos que dan testimonio de aquella comunidad. El más importante y conocido es la Sinagoga Al-Azama.

Sinagoga Al Azama

Su origen se remonta a finales del siglo XV o comienzos del XVI, cuando numerosos judíos sefardíes procedentes de la península ibérica llegaron al norte de África tras la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos. Muchos se establecieron en Marrakech, en el Mellah, la judería amurallada creada junto al palacio real. La sinagoga fue fundada por estos exiliados y su nombre, “Al-Azama”, significa precisamente “los exiliados” o “los desterrados”, en clara referencia a aquella diáspora.

Durante siglos fue el centro religioso y social de la comunidad judía local. Sin embargo, tras la creación del Estado de Israel en el siglo XX, la mayoría de los judíos de Marrakech emigraron a Israel y a Francia, dejando el barrio prácticamente vacío. La sinagoga cayó en el abandono hasta la década de 1990, cuando comenzó un proceso de restauración que la transformó en museo y en punto de referencia para la pequeña comunidad judía que aún permanece en la ciudad, especialmente durante las festividades religiosas.

        

Al llegar llama la atención la presencia de policía marroquí en la entrada, reflejo de las estrictas medidas de seguridad que rodean este tipo de lugares. En el interior encontrarás primero la sala principal de oración, orientada hacia Jerusalén, con paredes blancas y elegantes detalles en madera que aportan sobriedad y calidez al espacio. Después se accede a un pequeño patio central rodeado de columnas, con una fuente en el centro y una combinación de tonos azules y blancos. A su alrededor se distribuyen varias salas que albergan una exposición sobre la historia de la sinagoga y la presencia judía en Marruecos.

El ambiente es sorprendentemente tranquilo. Apenas llegan turistas hasta aquí y el silencio contrasta con el bullicio constante de otras zonas de la medina. Quizá no sea el lugar más espectacular de Marrakech, y aunque la duración de la visita es corta, no te llevará mas de 15 minutos, sí es muy significativa para entender la diversidad religiosa de la ciudad y la convivencia —no siempre sencilla, pero real durante siglos— entre las distintas comunidades que habitaron sus murallas.


LA MEDINA DE MARRAKECH



El resto del día y buena parte del siguiente los dedicamos a recorrer sin rumbo fijo la espléndida Medina de Marrakech, el auténtico corazón de la ciudad. Fundada en 1070 por los almorávides, aún conserva su trazado medieval casi intacto: un entramado de callejuelas estrechas y laberínticas, zocos cubiertos, patios ocultos y puertas monumentales protegidas por más de 19 kilómetros de murallas de adobe rojizo.

            

La vida aquí es intensa y caótica. Hay gente por todas partes: turistas desorientados con el móvil en la mano, comerciantes llamando desde sus tiendas, repartidores empujando carretillas, motos que atraviesan los callejones a toda velocidad y mulos cargados hasta los topes. En la medina cabe todo. Es un pequeño universo donde lo tradicional y lo contemporáneo conviven sin demasiadas explicaciones.

El eje sobre el que gira todo es la Plaza Jemaa el-Fna. A su alrededor se organizan las distintas zonas: los zocos, los barrios de gremios artesanos, el Mellah o barrio judío y la Kasbah.

Desde aquí parten los principales zocos, un auténtico laberinto comercial donde cada gremio ocupa su espacio: tintoreros, cesteros, carpinteros, herreros, vendedores de especias o alfombras.

No hace falta buscarlos con un mapa; en la medina lo mejor es perderse. Tarde o temprano acabarás encontrando el zoco de los tintoreros con sus madejas de lana colgando al sol, el de los trabajadores del metal martilleando sin descanso o el de las alfombras, donde el arte del regateo alcanza su máxima expresión.

Lo verdaderamente recomendable aquí no es seguir una lista cerrada de monumentos, sino dejarse llevar. Callejear sin rumbo, adentrarse en pasadizos cada vez más estrechos, cruzar pequeñas plazas donde los niños juegan al fútbol y observar talleres donde los oficios parecen detenidos en el tiempo. En muchos rincones da la sensación de estar viendo escenas que en Europa desaparecieron hace décadas.

          

Y, aunque pueda parecer lo contrario, la medina es un lugar bastante seguro. Nosotros paseamos incluso entrada la noche y no tuvimos ningún problema. Basta con aplicar el sentido común y mantener la atención ante el tráfico improvisado de motos y carros.

Además de comprar, regatear y tomar té, hay un ritual imprescindible: subir a una terraza al caer la tarde. Desde lo alto, los tejados ocres se tiñen de dorado mientras la silueta de la Mezquita Kutubía domina el horizonte y comienza a escucharse la llamada a la oración. Nosotros lo hicimos en la Plaza Rahba Kedima, en pleno interior de la medina, y fue uno de los momentos más especiales del viaje.

Por último, si quieres vivir la experiencia completa, alójate en un riad dentro de la medina. Son antiguas casas señoriales reconvertidas en pequeños hoteles. Puede que al llegar pienses que te estás metiendo por una calle imposible, pero tras una puerta discreta suele esconderse un patio con fuente, mosaicos, plantas y un silencio casi absoluto. Ese contraste resume perfectamente lo que es Marrakech: bullicio por fuera, calma inesperada en el interior.

         

La medina no es un lugar que se “visita”, es un lugar que se vive. Puede resultar abrumadora, caótica y excesiva, pero precisamente en ese desorden aparente reside su encanto. Pasearla sin prisas, dejarse sorprender y aceptar que uno nunca termina de comprenderla del todo es, probablemente, la mejor forma de llevarse Marrakech grabada en la memoria.















domingo, 15 de febrero de 2026

MARRAKECH: MEDERSA BEN YOUSEFF, EL JARDIN SECRETO, MEZQUITA DE KOUTUBIA, PLAZA JEMAA EL-FNA,


MARRAKECH

MEDERSA BEN YOUSEFF, EL JARDIN SECRETO, MEZQUITA KOUTUBIA Y PLAZA JEMMA EL FNA

Marrakech es uno de los destinos más populares para quienes viajan desde España. La gran oferta de vuelos económicos desde prácticamente cualquier punto de la península la convierte en una opción ideal tanto para una escapada de fin de semana como para el inicio de una ruta más amplia por Marruecos. Además, su posición estratégica la ha convertido históricamente en una auténtica puerta de entrada hacia el sur del país y el desierto.

Considerada una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, junto a Fez, Meknés y Rabat, Marrakech ha sido durante siglos un centro político, comercial y religioso de primer orden. Hoy sigue siendo un punto clave de partida hacia la ruta de las kasbahs y el desierto de Merzouga, y no es raro que entre las numerosas agencias de viajes que salpican la ciudad te ofrezcan excursiones al desierto, visitas a pueblos bereberes o recorridos por lugares tan emblemáticos como la kasbah de Ait Ben Haddou.

UN POCO DE HISTORIA PARA SITUARNOS...

La ciudad fue fundada en 1062 por Yusuf ibn Tashfin, líder de los almorávides, una dinastía bereber de origen sahariano que buscaba establecer un centro estratégico desde el que controlar las rutas comerciales entre el Sáhara, Al-Ándalus y el norte de África. El propio nombre de Marrakech procede del término bereber Amur n Akush, que significa “Tierra de Dios”. Aún hoy, el dialecto bereber sigue muy presente en la región, y no es extraño ver señalización tanto en árabe como en bereber.

En sus inicios, Marrakech no fue una ciudad monumental, sino un campamento fortificado que creció con rapidez. Su función era principalmente militar, administrativa y comercial. Desde aquí se organizaban expediciones, se controlaba el comercio de oro, sal y esclavos, y se gobernaban territorios que llegaban hasta el sur de la península ibérica. Los almorávides sentaron las bases de la medina que aún hoy estructura la ciudad, levantando murallas, mezquitas, mercados y complejos sistemas de abastecimiento de agua que traían el líquido desde las montañas del Atlas, esenciales para una ciudad situada en un entorno semiárido. Profundamente religiosos, dejaron una arquitectura sobria y funcional.

Mezquita de la Koutoubia

A mediados del siglo XII, los almorávides fueron derrotados por los almohades, una nueva dinastía con una visión religiosa distinta.

En 1147, Marrakech cayó en manos almohades y muchos edificios almorávides fueron destruidos o transformados en un intento deliberado de borrar la huella del régimen anterior, tanto a nivel arquitectónico como religioso. Los almohades promovían una interpretación más estricta del monoteísmo y rechazaban prácticas que consideraban desviaciones del islam original. Bajo su mandato, la ciudad se llenó de construcciones monumentales, de las cuales conservamos hoy ejemplos tan emblemáticos como la mezquita de la Koutoubia, auténtico símbolo de Marrakech.

A partir del siglo XIII, el poder almohade comenzó a debilitarse tras derrotas militares en Al-Ándalus y conflictos internos. Surgió entonces la dinastía Meriní, procedente del norte de Marruecos, que gobernó entre los siglos XIII y XV y trasladó la capital a Fez. Este cambio provocó el declive económico y político de Marrakech. Las grandes madrasas y palacios se construyeron en Fez, mientras muchos monumentos de Marrakech cayeron en el abandono, e incluso algunos de sus materiales fueron reutilizados en edificios de la nueva capital. El poder meriní también acabó desvaneciéndose, siendo sustituido por los wattásidas, que gobernaron durante menos de un siglo y apenas dejaron huella en la ciudad.

No fue hasta el siglo XVI cuando Marrakech vivió un nuevo renacer bajo la dinastía saadí, que devolvió a la ciudad parte de su esplendor con monumentos como las Tumbas Saadíes y el Palacio El Badi. Con la llegada posterior de la dinastía alauí, Marrakech no recuperó la capitalidad, que se trasladó a otras ciudades, pero mantuvo su importancia regional y simbólica dentro del país.



La última gran transformación de la ciudad llegó en 1912, con el establecimiento del Protectorado francés. Fue entonces cuando Marrakech experimentó una profunda transformación urbana, combinando la medina histórica con nuevos barrios de estilo europeo, dando forma a la ciudad que conocemos hoy, donde la historia, la tradición y la modernidad conviven en un equilibrio tan caótico como fascinante.

¿QUE VER EN MARRAKECH EN TRES DIAS?

Una de las grandes ventajas de Marrakech es que, si te alojas dentro de la medina, puedes recorrer la ciudad prácticamente a pie. Todo queda relativamente cerca y orientarse resulta sencillo con ayuda de Google Maps o Maps.me. Pasear por sus calles es casi como moverse por un enorme centro comercial al aire libre: los trayectos entre monumentos se convierten en parte de la experiencia, llenos de estímulos, colores y escenas cotidianas que hacen que el tiempo pase sin darte cuenta.

A diferencia de otros lugares de Marruecos, como Fez, en Marrakech puedes caminar con bastante tranquilidad y a tu aire. No hay una presión constante de gente ofreciéndose como guía, lo que, al menos para nosotros, permite disfrutar mucho más de la ciudad a tu propio ritmo, sin prisas ni interrupciones continuas.

Para ir del aeropuerto a la medina utilizamos la plataforma de Civitatis, que nos ofrecía un traslado directo en coche hasta la puerta del Riad. 

El precio era prácticamente el mismo que un taxi, y desde luego bastante más barato que el servicio que nos proponía el propio alojamiento. Nos quedamos en el Riad […], en plena medina y a apenas cinco minutos andando de la plaza Jemaa el-Fna. El Riad estaba bastante bien, con una atención muy correcta por parte del personal y un desayuno realmente bueno. Eso sí, conviene tener en cuenta que Marruecos ya no es tan barato como hace unos años: tanto la comida como el alojamiento han subido notablemente de precio y, aunque sigue siendo un destino exótico por sus costumbres y su forma de vida tan distinta a la nuestra, ya no resulta tan económico ni tan atractivo en ese sentido como antes.

Si dispones de un par de días para visitar Marrakech, es importante organizar bien el recorrido. Los horarios de los monumentos son variados y conviene evitar las horas punta, especialmente cuando llegan las excursiones organizadas, algo muy evidente en lugares como el Palacio El Badi o el Jardín Secreto. Una opción habitual es comenzar el día con un free tour por la ciudad, ya sea con Civitatis o con cualquiera de las empresas que los ofrecen. Nosotros hicimos uno porque teníamos tiempo, pero, sinceramente, no nos convenció demasiado: suelen ser bastante superficiales, la historia se explica muy por encima, apenas se profundiza en los monumentos más relevantes y casi siempre acaban en alguna tienda —normalmente de perfumes— donde es evidente que hay comisión de por medio. Eso sí, como siempre, para gustos los colores; definitivamente, no es nuestro tipo de experiencia.

Volviendo a la ruta, nosotros nos programamos ver los lugares más interesantes de Marrakech en dos días:

Día I. Medersa Ben Youseff, El Jardín Secreto, Mezquita Koutubía, Plaza El Jefna

Día II. Palacio el Badi, Plaza de los Orfebres, Palacio de la Bahía, Tumbas Saadíes, Medina


MEDERSA BEN YOUSEFF

La Medersa Ben Youssef fue la mayor escuela coránica del Magreb y hoy es una visita imprescindible para comprender el antiguo esplendor cultural e intelectual de Marrakech. Fue fundada en el siglo XIV por los meriníes, aunque alcanzó su máximo apogeo en el siglo XVI, durante la dinastía saadí, bajo el sultán Abdallah al-Ghalib. Durante siglos acogió a cientos de estudiantes procedentes de todo Marruecos y del África subsahariana, que acudían aquí para formarse en teología, derecho islámico, astronomía y diversas ciencias.

El horario de visita es de 9:00 a 17:00 horas y la entrada cuesta alrededor de 100 dirhams. El ticket se compra directamente en la entrada y no es necesario reservar con antelación. Eso sí, conviene acudir a primera hora de la mañana, ya que es uno de los lugares más concurridos de la ciudad.

Nada más acceder, se atraviesa una serie de pasillos que conducen hasta el corazón de la medersa: su patio central rectangular, sin duda uno de los espacios más bellos de Marrakech. Todo el conjunto gira en torno a este punto, presidido por una pila de agua que simboliza la pureza. Las paredes están ricamente decoradas con mosaicos geométricos, delicados paneles de estuco tallado y madera de cedro finamente esculpida, creando una armonía visual que invita a detenerse y observar cada detalle.

Sala de oración
Al fondo del patio se encuentra la sala de oración, orientada hacia La Meca. Era aquí donde los estudiantes se reunían para rezar y estudiar los textos coránicos bajo la supervisión de los mudarris y sheijs, los maestros encargados de impartir las enseñanzas.

Tras disfrutar del patio principal, la visita continúa por las antiguas celdas de los estudiantes, organizadas en pasillos casi laberínticos con pequeños patios interiores. Alrededor de ellos se distribuyen las diminutas habitaciones, extremadamente sencillas y sin apenas decoración, concebidas para favorecer una vida de recogimiento centrada exclusivamente en el estudio y la oración.

La visita completa requiere al menos unos 45 minutos, aunque es fácil que se alargue más, ya que cada rincón de la medersa invita a detenerse, observar y, por supuesto, hacer fotografías.





EL JARDIN SECRETO

Desde la Medersa Ben Youseff, nos dirigimos a través de las callejuelas hasta Le Jardin Secret, la distancia es corta y llegarás de uno a otro sitio en menos de 10 minutos.

El llamado Jardín Secreto es, en realidad, la restauración de un antiguo complejo palaciego de Marrakech que permite hacerse una buena idea de cómo eran los espacios donde vivía la élite de la ciudad. A pesar de encontrarse en pleno corazón de la medina, en su interior se respira una calma sorprendente, en un entorno dominado por el agua, la vegetación y el silencio, que contrasta radicalmente con el bullicio del exterior.

El precio de la entrada es de 100 dirhams, y el horario de visita va de 9:30 a 17:30 en invierno y hasta las 19:30 en primavera y verano. A mi juicio, y pese a la indudable belleza del lugar, el precio resulta algo elevado. Aun así, es uno de esos sitios que, por su singularidad y por el descanso que ofrece en medio del caos de la medina, merece la pena visitar al menos una vez.

El recinto forma parte de un complejo palaciego cuyo origen se remonta a más de cuatro siglos atrás. Durante la dinastía saadí ya existía aquí una gran residencia perteneciente a un alto dignatario, aunque el conjunto que podemos visitar hoy se desarrolló principalmente en el siglo XIX bajo el mandato del sultán alauí Moulay Abd ar-Rahman. Tras décadas de abandono, el jardín fue adquirido por inversores privados, restaurado en profundidad y reabierto al público en 2016, respetando los principios arquitectónicos y botánicos tradicionales.

El complejo se articula en torno a dos jardines principales. Nada más entrar se accede al primero, un jardín islámico, concebido como una representación simbólica del paraíso según la tradición coránica. Está dividido en cuatro partes iguales por canales de agua que simbolizan los cuatro ríos del paraíso, y en él predominan los naranjos, granados y palmeras dispuestos de forma perfectamente simétrica. La abundancia de agua no es solo estética: cumple una función climática fundamental, refrescando el ambiente, algo imprescindible si pensamos en lo extremos que debían de ser los veranos en Marrakech.

Tras recorrer este primer jardín, un sendero conduce al segundo espacio, un jardín exótico, más botánico y menos simbólico, donde se agrupan especies vegetales procedentes de distintas partes del mundo, ofreciendo un contraste interesante con la estricta geometría del jardín islámico.

Alrededor de ambos jardines se distribuyen los edificios del antiguo palacio, con salas restauradas que explican la historia del lugar y, sobre todo, el funcionamiento de los ingeniosos sistemas hidráulicos tradicionales. Uno de los aspectos más interesantes del conjunto es precisamente cómo se canalizaba el agua desde las montañas del Atlas hasta los patios y fuentes de la ciudad, un conocimiento esencial para la vida en un entorno semiárido.

En uno de los rincones del recinto se puede acceder a una torre panorámica, previo pago adicional. No obstante, desde la terraza de la cafetería se obtienen unas vistas muy similares de la medina, sin coste extra.

La visita es tranquila y relativamente breve, de no más de media hora. Más que una visita cultural profunda, se trata de un paseo agradable por un espacio cuidado y estéticamente muy bonito. En lo personal, aunque el conjunto resulta atractivo, me deja una sensación algo floja en cuanto a contenido histórico en relación con el precio, ya que no transmite tanto la impresión de estar ante un lugar auténtico como la de una recreación pensada principalmente para el visitante.

MEZQUITA DE KOUTOBBIA

Después de almorzar, nos dirigimos hacia la zona central de la medina, en dirección a la Plaza Jemaa el-Fna, aunque antes nos desviamos ligeramente para acercarnos a la Mezquita Koutoubia, probablemente el monumento religioso más emblemático de Marrakech.

Es posible pasear libremente por sus alrededores y por los jardines que la rodean, pero no se permite el acceso a su interior salvo a los musulmanes, por lo que la visita se limita a contemplar su imponente minarete y el entorno que lo rodea. Aun así, merece la pena detenerse unos minutos, ya que es uno de los grandes símbolos de la ciudad.

La mezquita fue construida durante el dominio de la dinastía almohade, en el siglo XII. El edificio que vemos hoy se levantó sobre una mezquita anterior, construida tras la conquista almohade de Marrakech. Con el tiempo se descubrió que la orientación de aquella primera mezquita hacia La Meca no era correcta, por lo que fue necesario derribarla y reconstruirla siguiendo una alineación adecuada.

El nombre de “Koutoubia” procede del árabe al-kutubiyyin, que significa “los libreros”. Durante la Edad Media, los alrededores de la mezquita estaban llenos de puestos de libros, copistas y manuscritos, lo que convirtió esta zona en un importante centro cultural de la ciudad y dio origen a su nombre. Su relevancia religiosa era fundamental en la época en que Marrakech fue capital del imperio almohade, ya que la Koutoubia era la mezquita principal, donde el califa pronunciaba el sermón del viernes, un acto de enorme peso religioso y también político.

Sin duda, el elemento más impresionante del conjunto es su minarete, de unos 77 metros de altura, que define el skyline de Marrakech y es visible desde numerosos puntos de la ciudad. Está decorado con motivos geométricos y arcos ciegos, y en su parte superior se remata con cuatro bolas de cobre dorado, rodeadas de leyendas populares que forman parte del imaginario local.


Este minarete sirvió además como modelo para la Giralda de Sevilla, antiguo alminar de la mezquita sobre la que hoy se levanta la catedral. Construida apenas cincuenta años después, ambas torres comparten proporciones y estilo, razón por la que a menudo se las considera “torres hermanas”.


PLAZA EL-FNA


Acabamos la tarde en la Plaza Jemaa el-Fna, sin duda el corazón de la medina. Por la mañana habíamos pasado por allí casi sin darnos cuenta: el espacio estaba prácticamente vacío, salvo por algunos puestos de zumos que permanecen abiertos durante todo el día. Sin embargo, al caer la tarde la plaza se transforma por completo y se convierte en un auténtico hervidero de vida. Comienza un incesante ir y venir de gente, se instalan puestos de comida y bebidas, aparecen grupos de músicos tradicionales alrededor de los cuales se forman corros de curiosos, domadores de serpientes, cuentacuentos y espectáculos improvisados de lo más variado.

Históricamente, Jemaa el-Fna ha sido un espacio de reunión pública desde la fundación de Marrakech en el siglo XI. Su nombre suele traducirse como “asamblea de los muertos” o “plaza de la mezquita desaparecida”, aunque no existe una explicación definitiva sobre su origen. Durante siglos fue escenario de proclamaciones oficiales, ejecuciones públicas y grandes concentraciones populares, además de punto de encuentro para comerciantes y viajeros que llegaban a la ciudad, lo que explica su enorme peso simbólico en la historia de Marrakech.

Hoy en día, la plaza es un caos en sí misma y está claramente orientada al turismo. Los restaurantes improvisados en la zona central ofrecen precios inflados y, en general, una calidad bastante cuestionable. Además, si haces fotografías es habitual que te pidan una propina inmediata, ya sea a los músicos, a los encantadores de serpientes o a quienes posan con monos. Nos llamó mucho la atención un juego muy popular consistente en pescar con cañas y un aro botellas de cocacola y Fanta de 2 litros...si las pescabas, te las llevabas... Otra escena que nos llamo la atención, fue como un hombre extendía una sábana llena de números y se hacían apuestas tirando sobre ellas monedas...



En definitiva, el ambiente resulta curioso y llamativo, una ventana a tradiciones que desaparecieron hace décadas en Europa, aunque, siendo sinceros, Marrakech ofrece rincones mucho más interesantes y auténticos que esta plaza tan famosa como sobreexplotada.


Para el día siguiente dejamos otros puntos imprescindibles de la ciudad, El Palacio de El Badi, El Palacio de la Bahía, las Tumbas Saadíes, y la Sinagoga Salat Alzama... pero eso queda para más adelante...