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sábado, 4 de abril de 2026

IGLESIA DE BOYANA, MONASTERIO DE RILA Y VENILGRAD

IGLESIA DE BOYANA, MONASTERIO DE RILA Y VELINGRAD

Día 2

La mañana no empezó precisamente bien. Aunque nos levantamos temprano, con la idea de aprovechar el día y poner rumbo hacia el este del país, nos encontramos con una sorpresa inesperada: las calles estaban completamente bloqueadas por un maratón. Lo peor no fue el evento en sí, sino que nadie nos había avisado; ni había señales el día anterior, ni en el hotel nos dijeron nada. Intentamos hablar con varios policías que cortaban la calle, pero no hubo manera… hasta que, por suerte, encontramos a uno que decidió ayudarnos y nos permitió salir. Al final conseguimos arrancar la ruta, aunque con casi dos horas de retraso. No era el mejor comienzo, pero ya estábamos en camino. 

IGLESIA DE BOYANA

Nuestro primer destino era la Iglesia de Boyana, situada a las afueras de Sofía, a los pies del Monte Vitosha. Desde fuera puede parecer una iglesia más, pequeña y discreta, pero en realidad es una de las grandes joyas del pais, hasta el punto de haber sido declarada Patrimonio de la Humanidad por laa Unesco en 1979.


Antes de visitarla conviene saber que el acceso es limitado: si quieres asegurarte la entrada a una hora concreta, lo mejor es reservar con antelación, ya que solo pueden entrar diez personas cada diez minutos. Además, en el interior no se permiten fotografías y siempre se acceder acompañado por un vigilante.

Mientras esperas tu turno, merece la pena pasear por los tranquilos jardines que rodean la iglesia. Allí, casi escondida, se encuentra la tumba de la Eleonore de Bulgaria, segunda esposa del zar Fernando I de Bulgaria, quien pidió ser enterrada en este ligar por su carácter sencillo y su vínculo con Boyana.


La iglesia no se construyó de una sola vez. Su parte más antigua data de los siglos X y XI, fue ampliada en el siglo XIII durante el Segundo Imperio Búlgaro yy finalmente completada en el siglo XIX, lo que le da ese air de lugar construido a lo largo del tiempo, donde cada época ha dejado su huella. Pero lo que realmente la hace única no es su arquitectura, sino lo que guarda en su interior. En sus paredes se conservan más de 240 figuras humanas repartidas en 89 escenas, pintadas en 1259, consideradas uno de los conjuntos mejor conservados del arte medieval en Europa del Este.

Lo más sorprendente es el realismo de los frescos: rostros con expresión, miradas llena de personalidad y escenas que transmiten una humanidad poco habitual para la época. Fíjate especialmente en los retratos de Sebastokrator Kaloyan y Desislava de Bulgaria, los mecenas de la iglesia, uno de los matrimonios más influyentes del siglo XIII, responsables de su ampliación y decoración. Sus imágenes destacan por una naturalidad sorprendente, adelantándose a estilos que aparecerían siglos después en el Renacimiento.

Cuando entras, el espacio resulta pequeño pero abrumador: cada rincón está cubierto de escenas, detalles y figuras que parecen observarte desde hace siglos. Y es entonces cuando te das cuenta de que los diez minutos de visita se quedan muy cortos. Sales con la sensación de no haber tenido tiempo suficiente para asimilar todo lo que has visto, pero también con la certeza de haber estado en un lugar realmente especial.

MONASTERIO DE RILA

Tras la visita a la Iglesia de Boyana, pusimos rumbo hacia el Monasterio de Rila, uno de los monasterios más famosos de Bulgaria, situado en un entorno espectacular, rodeado de montañas, bosques y naturaleza en estado puro.

Rila se encuentra a unos 120 km de Sofía, lo que se traduce en aproximadamente una hora y media en coche. Esto hace que sea una de las excursiones más populares entre quienes visitan el país, tanto por libre como en tours organizados. Por eso, no esperes encontrar un remanso de paz, sino más bien todo lo contrario: es un lugar bastante concurrido. Conviene revisar los horarios antes de ir, ya que pueden variar durante celebraciones religiosas. El acceso al monasterio es gratuito, aunque si quieres visitar el museo tendrás que pagar entrada.











Si llegas en coche desde Sofía, un buen consejo es rodear el monasterio, ya que en la parte trasera hay una explanada donde resulta más fácil aparcar y que, además, queda justo frente a una de las entradas al patio principal.

El Monasterio de Rila está cargado de simbolismo, ya que durante siglos desempeñó un papel fundamental en la preservación de la identidad búlgara, especialmente durante la dominación otomana.

El monasterio original fue fundado en el siglo X por San Juan de Rila (Ivan Rilski), el santo más venerado de Bulgaria. Se trataba de un ermitaño que decidió retirarse a las montañas en busca de una vida de aislamiento y espiritualidad. Su fama fue creciendo rápidamente, y pronto comenzaron a llegar discípulos que se establecieron en los alrededores. Tras su muerte, ese pequeño asentamiento acabó dando origen al monasterio. Durante siglos, este lugar sirvió como refugio para la lengua, la religión y las tradiciones búlgaras.

Uno de los momentos más importantes de su historia llegó con la expansión del Imperio otomano en los Balcanes. A diferencia de otros centros religiosos que fueron destruidos o abandonados, el monasterio logró sobrevivir y mantenerse activo durante siglos. Esto fue posible, en parte, gracias a su ubicación aislada en la montaña y, en parte, al apoyo constante de fieles que ayudaron a su mantenimiento.

A comienzos del siglo XIX, un gran incendio destruyó buena parte del recinto. Sin embargo, su reconstrucción a mediados de ese mismo siglo terminó convirtiéndose en una oportunidad para el resurgir cultural búlgaro, ya que numerosos artistas participaron en su restauración, dejando un legado artístico que hoy sigue impresionando. Tanto es así que hoy en día, el monasterio es uno de los centros culturales y religiosos más importantes del país, y en 1983 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La primera impresión es la de estar en un recinto casi fortificado, formado por edificios con balcones de madera que rodean un gran patio central, en cuyo corazón se alza la iglesia. A pocos pasos se encuentra la Torre de Hrelio, la estructura más antigua del complejo, que data del siglo XIV y que se utilizaba como refugio en caso de ataques, siendo uno de los pocos elementos originales que se conservan.

       

Aunque pasear por el patio y observar cada rincón es una delicia, lo más llamativo es la Iglesia de la Natividad, que con sus características franjas negras y blancas ocupa el centro del recinto. Sus paredes, tanto interiores como exteriores, están completamente cubiertas de frescos que representan escenas bíblicas. No dejes de fijarte en el exterior en las escenas del Juicio Final, especialmente en el detalle de la escalera de Jacob, que conecta el infierno con el cielo.

En el interior, donde no está permitido hacer fotografías, además de la impresionante cantidad de frescos, destaca el iconostasio de madera tallada, considerado una de las piezas más valiosas del monasterio.

Mi recomendación es que te tomes la visita con calma. Necesitarás al menos una hora para disfrutar del lugar como se merece. El recinto es precioso, la iglesia una auténtica maravilla y es fácil que no pares de hacer fotos. Además, el monasterio sigue habitado por monjes, por lo que es habitual verlos moverse por el recinto, lo que añade aún más autenticidad a la experiencia.



VELINGRADO


Como ya mencioné en Sofía, Bulgaria es un auténtico paraíso de las aguas termales, y no es casualidad. El país se encuentra en una región donde la corteza terrestre está muy fragmentada, llena de fallas geológicas que permiten que el agua de lluvia se filtre hacia capas profundas de la tierra. A medida que desciende, el agua se calienta por el calor interno del planeta y por rocas calientes, vestigios de antiguos procesos volcánicos. Además, en ese recorrido subterráneo se enriquece con minerales como azufre, magnesio o calcio, antes de volver a la superficie en forma de aguas termales cargadas de propiedades.

Este proceso natural ha hecho que, desde tiempos romanos, las aguas de Bulgaria sean muy valoradas por sus beneficios terapéuticos. De hecho, a lo largo del país se construyeron numerosos baños para aprovechar sus más de 600 manantiales minerales.

Hoy en día, algunos de los destinos termales más destacados son Bankya, que ya visitamos el día anterior, Velingrad, protagonista de esta etapa, y Sandanski.

Si estás haciendo un road trip por Bulgaria, merece mucho la pena desviarse hasta Velingrad. Se encuentra a unas dos horas en coche del Monasterio de Rila y es conocida como la “capital del spa de los Balcanes”. Allí encontrarás una oferta hotelera espectacular, con establecimientos que cuentan con sus propias aguas termales, y todo ello a precios sorprendentemente bajos si los comparas con otros destinos europeos.

En nuestro caso, pasamos la tarde y la mañana siguiente en el Hotel Arte Spa & Park, un hotel de cinco estrellas con instalaciones termales propias, múltiples piscinas y todo tipo de servicios de spa. Una experiencia de lujo a un precio más que razonable. Si eres de los que disfrutan dándose un capricho de vez en cuando, este es, sin duda, un lugar perfecto para hacerlo.
























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