VALLE DE LOS REYES TRACIOS, MONASTERIO DE SOLOSKI, SHIPKA, VOJENTSI Y TRYAVNA
Día 4
EL VALLE DE LOS REYES TRACIOS
Comenzamos temprano nuestro cuarto día de viaje rumbo a Veliko Tarnovo, situada al norte del país. Para llegar hasta allí, seguimos una ruta que primero avanza hacia el este y luego asciende hacia el norte. Por el camino habíamos planificado varias paradas: tres tumbas en el Valle de los Reyes Tracios, una iglesia memorial de origen ruso, un monasterio y dos pueblos con encanto, Bozhentsi y Tryavna, así que teníamos por delante una jornada bastante completa.
La primera parada la hicimos en Kazanlak, a unos 100 kilómetros de Plovdiv, aproximadamente hora y media de camino. Allí nos dirigimos directamente a visitar la Tumba tracia de Kazanlak, situada a las afueras de la ciudad.
TUMBA DE KAZANLAK
La tumba fue descubierta de forma totalmente casual en 1944. Durante la Segunda Guerra Mundial, unos soldados que excavaban refugios antiaéreos se toparon con una estructura subterránea. Lo que en un principio parecía un simple túnel acabó siendo un hallazgo excepcional: una tumba prácticamente intacta, decorada con unos frescos de una calidad extraordinaria.
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| Tumba de Kazanlak |
Los tracios fueron un pueblo que habitó los Balcanes antes de la llegada de griegos y romanos, con una cultura rica y unos rituales funerarios muy elaborados, profundamente ligados al mundo espiritual.
Hoy en día, lo que se visita no es la tumba original, sino una réplica construida junto a ella. Esto se debe a la enorme fragilidad de los frescos, cuya conservación obliga a mantener el acceso a la tumba original muy restringido.La entrada cuesta alrededor de 3 euros por persona y el horario habitual es de 9:00 a 17:00.
Si se espera encontrar una tumba monumental, al estilo del Valle de los Reyes egipcio, puede resultar algo decepcionante, ya que sus dimensiones son muy reducidas. Se trata de un pequeño pasillo formado por enormes piedras con un techo a dos aguas que conduce a una cámara circular de menos de tres metros de diámetro, cubierta por una cúpula del mismo material. Sin embargo, lo realmente impresionante son sus pinturas interiores, realizadas con gran detalle y que muestran escenas relacionadas con la vida y los rituales de la élite tracia.
La escena más conocida representa un banquete funerario, en el que aparecen un hombre y una mujer —probablemente el difunto y su esposa— sentados frente a una mesa y rodeados de sirvientes.
La visita es breve, no lleva más de 10 minutos, precisamente por el reducido tamaño del espacio. A la salida se puede ver el edificio que protege la tumba original, completamente cerrado al público y accesible únicamente para investigadores.
Tras la visita a Kazanlak, retomamos la ruta por la carretera E85 en dirección a otra de las tumbas más importantes del valle: la tumba de Seuthes III.
Tras la visita a la Tumba tracia de Kazanlak, retomamos la ruta por los alrededores de Kazanlak para seguir explorando el llamado Valle de los Reyes Tracios, una zona salpicada de túmulos que, a simple vista, parecen pequeñas colinas, pero que en realidad esconden antiguas tumbas de la élite tracia.
A pocos minutos de allí hacemos una nueva parada para visitar la Tumba de Seuthes III, otra de las más importantes del valle. Para llegar hay que desviarse ligeramente de la carretera, donde un pequeño aparcamiento permite dejar el coche a escasos metros de la entrada.
La visita tiene un coste aproximado de 3 euros, aunque en nuestro caso no encontramos a nadie en la taquilla, por lo que pudimos acceder libremente.
Seuthes III fue un rey tracio del siglo IV a.C., fundador de la ciudad de Seuthópolis y una de las figuras más destacadas de esta civilización. Su reinado coincidió con un periodo de gran desarrollo cultural y de contacto con el mundo griego.
La tumba, excavada bajo uno de estos túmulos, es bastante más amplia que la de Kazanlak. Está formada por un corredor de acceso que conduce a varias estancias intermedias y culmina en una cámara circular. Durante su descubrimiento se encontró una cabeza de bronce que podría representar al propio rey, aunque no hay certeza absoluta, ya que nunca apareció el cuerpo. Este hecho ha llevado a pensar que pudo tratarse de un monumento funerario simbólico más que de una tumba tradicional.
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| Tumba de Seuthes III |
La visita es breve, no suele llevar más de 10 minutos, aunque se puede complementar con una pequeña exposición que explica el descubrimiento y el contexto histórico del lugar.
Desde aquí, la ruta continúa por el valle hacia otra de las tumbas más singulares de la zona, el túmulo de Ostrusha, que realmente no era una tumba en sí, sino un complejo funerario, es decir, un lugar donde se rendía tributo a los difuntos, pero no estaba erigido a nadie en concreto.
Llegar al Túmulo de Ostrusha es muy fácil, ya que está a apenas cinco minutos de la Tumba de Seuthes III y además está bien señalizado. El conjunto está dentro de un edificio moderno que protege los restos.
Nada más llegar, nos recibe una chica que, además de cobrarnos la entrada, nos hace de guía. Y es que estábamos completamente solos, algo bastante habitual aquí, porque no es un sitio al que llegue mucha gente.
Dentro hay una pequeña exposición con objetos encontrados durante las excavaciones, colocados en vitrinas alrededor de la zona principal. Aun así, lo más llamativo es la cámara central, construida con enormes bloques de granito. El techo, de una sola pieza y de varias toneladas, impresiona bastante.
Esta cámara antes se podía visitar por dentro, pero ahora está protegida con paneles de metacrilato y no se puede acceder. Aun así, puedes acercarte bastante y, si te fijas bien, todavía se ven restos de pinturas en el techo.
Alrededor de la cámara principal hay varias estancias que se cree que se utilizaban para dejar ofrendas, como alimentos o animales sacrificados. Más que una tumba como tal, parece un lugar donde se rendía culto a los muertos. De hecho, uno de los restos más curiosos que se conservan es el esqueleto de un caballo, que fue sacrificado como ofrenda.
La entrada cuesta unos 6 euros y la visita es bastante rápida, en unos 15 minutos lo tienes visto sin problema. Es una parada breve, pero diferente a las otras tumbas del valle y que merece la pena para completar la ruta.
Seguimos la carretera E85, y en apenas unos minutos llegamos a una iglesia que, a simple vista, no parece búlgara. Sus cúpulas doradas brillan en medio del paisaje, llamándonos la atención desde lejos. Y no es casualidad: se trata de la Iglesia Memorial de Shipka, un templo construido siguiendo los cánones de la arquitectura rusa en honor a los soldados caídos durante la guerra que llevó a la liberación de Bulgaria del dominio otomano.
Muy cerca de aquí, en el Paso de Shipka, se libraron algunos de los combates más duros de aquella contienda. Miles de soldados rusos y búlgaros perdieron la vida en estas montañas, lo que convierte a esta iglesia no solo en un lugar de culto, sino en un auténtico memorial dedicado a quienes lucharon y murieron por la libertad del país.
Uno de los elementos que más llama la atención es su campanario, que se eleva hasta los 53 metros de altura. En su interior alberga 17 campanas, siendo la mayor de ellas de más de 12 toneladas. Como curiosidad, estas campanas fueron fundidas utilizando metal procedente de cartuchos de guerra reciclados, un detalle cargado de simbolismo, pues según dicen simboliza el paso de la guerra a la paz.
El interior no decepciona. Como en muchas iglesias ortodoxas, destacan los iconos, las pinturas y el impresionante iconostasio dorado que siempre logra dejarnos sin palabras. Sin embargo, hay un elemento que la diferencia claramente de otras: su cripta. En ella reposan los restos de más de 9.000 soldados, distribuidos en 17 sarcófagos de piedra identificados con los nombres de sus regimientos.
El Monasterio de Sokolski no queda especialmente lejos de la Iglesia Memorial de Shipka en términos de distancia, aunque el trayecto se hace más largo de lo que parece. La carretera que conduce hasta allí, la E85, está llena de curvas y no hay alternativa, así que toca tomárselo con calma y disfrutar del paisaje.
A diferencia de otros monasterios más conocidos del país, Sokolski es un lugar poco turístico. De hecho, cuando nosotros llegamos éramos los únicos visitantes. Tampoco es especialmente fácil de encontrar: la carretera de acceso está mal señalizada, es muy estrecha y está rodeada de vegetación, lo que refuerza esa sensación de estar llegando a un lugar aislado.
A pesar de ello, el monasterio sigue activo, aunque con una pequeña comunidad de monjas ortodoxas. Pudimos verlas a la entrada, que por cierto es gratuita, algo que siempre se agradece.
Otro de los rincones más fotografiados del monasterio es la fuente diseñada por Nikola Fichev, uno de los arquitectos más importantes de Bulgaria, autor también del famoso Puente Cubierto de Lovech, que visitaríamos unos días más tarde. Construida a finales del siglo XIX, la fuente tiene forma octogonal y está coronada por una escultura de águila, de la que brota el agua a través de múltiples caños.
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| Patio del Monasterio con la fuente de Fichev al fondo |
Después de la visita ponernos rumbo a Veliko Tarnovo donde teníamos pensado pasar la noche, pero antes, nos quedaban dos visitas, la de los pueblos más bonitos que vimos durante nuestro viaje Bojentsi y Tryavna.
Bojentsi está situado a pocos kilómetros del Monasterio de Sokolski. Para llegar, tendrás que dejar la E85 y tomar un desvío por la carretera 552. Bajo mi punto de vista, es uno de los pueblos más bonitos de Bulgaria y una parada imprescindible, porque visitarlo es como viajar atrás en el tiempo.
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| Bojentsi |
El pueblo es completamente peatonal, por lo que no podrás acceder en coche salvo que seas residente. Tendrás que dejar el vehículo en alguno de los parkings de pago situados en la entrada, algo que, lejos de ser un inconveniente, ayuda a conservar su encanto.
Lo que más llama la atención es su arquitectura tradicional perfectamente conservada: casas de piedra y madera, tejados de losas, calles empedradas, balcones de madera y una abundante vegetación que lo envuelve todo.
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| Bojentsko Hanche |
Te recomiendo especialmente el restaurante Боженско Ханче (también conocido como “Bojentsko Hanche”): todo lo que pedimos estaba espectacular.


Mi consejo es que te tomes la visita con calma. Aquí no se viene a correr, sino a disfrutar: pasear sin rumbo por sus calles empedradas, sentarte en una taberna, respirar aire puro y dejarte llevar por la tranquilidad. Bojentsi es uno de esos lugares que se viven más que se visitan, un pequeño viaje al pasado en pleno corazón de Bulgaria.
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Muy cerca de Bojentsi se encuentra otro de los pueblos más bonitos de Bulgaria. Es diferente al anterior, pero no por ello menos atractivo: hablamos de Tryavna.
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| Tryavna: Torre del Reloj |
Tryavna tiene orígenes medievales, aunque alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XVIII y XIX, en pleno Renacimiento Nacional Búlgaro. Durante esta época se convirtió en un importante centro artesanal, especialmente reconocido por el tallado en madera y la pintura de iconos religiosos.
Nosotros llegamos cuando ya caía la tarde, así que, lamentablemente, las casas museo estaban cerradas. Aun así, pudimos pasear tranquilamente mientras el sol se ponía. Y, pensándolo bien, tuvo su lado positivo: ya no quedaban turistas. No hay que olvidar que Tryavna es una excursión muy popular para quienes visitan la zona.
Aparcamos sin problema en pleno centro, junto a la plaza principal, donde se encuentra uno de los grandes iconos del pueblo: la Torre del reloj de Tryavna, construida en 1814, en plena época de prosperidad. Alrededor de la torre hay numerosas tiendas de artesanía y restaurantes, y si tomas la calle que queda a su espalda, llegarás a otro de los rincones más fotografiados.
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| Puente Kivgiren |
Cruzando el río Tryavna se encuentra el Puente Kivgiren, construido en el siglo XIX. Desde aquí tendrás una de las vistas más bonitas del pueblo, perfecta para hacer fotos.
Volviendo a la plaza principal, donde se alza la torre del reloj, encontrarás otros puntos interesantes como la Antigua Escuela (hoy oficina de turismo), la Iglesia del Arcángel Miguel, del siglo XIX, y la Casa Daskalov, convertida en museo dedicado al tallado en madera.
Tryavna: La Vieja Escuela
Si tuviera que destacar algo de Tryavna, me costaría elegir solo una cosa. Es un lugar para pasearlo sin prisas, entrar en sus pequeñas tiendas o simplemente sentarse a tomar un café mientras escuchas el sonido del río o disfrutas de uno de los atardeceres más bonitos de Bulgaria. Sin duda, uno de los imprescindibles del país.
Dejamos Tryavna ya de noche y pusimos rumbo a Veliko Tarnovo, donde pasaríamos esa noche y la siguiente. Nos alojamos en el Novel Park Hotel, un hotel moderno y muy bien ubicado: en apenas cinco minutos andando estás en el centro, y además cuenta con garaje, algo muy práctico para olvidarte del coche.





























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