QUE VER EN DOS DIAS EN MILAN: SEGUNDO DIA
Tras nuestro primer día en Milán, hay que decir que el segundo día fue igual de intenso. Dado que dejábamos la ciudad a la mañana siguiente, teníamos que aprovechar la jornada al máximo. Así que nos levantamos bien temprano con uno de los grandes platos fuertes del viaje en agenda: la visita al Cenáculo para contemplar cara a cara una de las obras más célebres de la pintura universal, La Última Cena de Leonardo da Vinci.
EL CENACULO
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| Santa Maria delle Grazie |
Si quieres realizar esta visita, lo primero que debes saber es que la improvisación no es una opción: tienes que planificarla con varias semanas de antelación porque las entradas literalmente vuelan.
Al haber mucha demanda por parte de los grupos turísticos, los pases individuales son muy limitados y no siempre se consiguen en el horario deseado.
Si quieres conseguir tu ticket, debes hacerlo directamente en su
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| Cenáculo |
La visita está fantásticamente organizada: pasarás primero por una zona de aclimatación con varias esclusas durante unos 15 minutos mientras se evacúa el turno anterior. Una vez libre el espacio, entra el siguiente grupo. No estarás dentro más de 15 minutos, así que aprovecha cada segundo para admirar las dos espectaculares obras que custodia la sala: la célebre La Última Cena de Leonardo da Vinci y el no menos impresionante fresco de La Crucifixión, obra de Giovanni Donato Montorfano.
La verdad es que entrar y contemplar La Última Cena produce una sensación única. Estás frente a una de las obras más icónicas de la historia de la humanidad, esa que llevas viendo en los libros de texto desde niño. Y al tenerla delante, impresiona aún más de lo imaginado: su dimensión es descomunal y ocupa todo el frontal del recinto.
Un detalle clave es que la obra no está en un museo convencional ni es un cuadro transportable; está pintada directamente sobre la pared del refectorio del antiguo convento de Santa Maria delle Grazie, sobre el cual se ha estructurado la visita actual. Este comedor fue encargado a finales del siglo XV por el duque de Milán, Ludovico Sforza ("El Moro"), con la idea de convertir el complejo en el mausoleo familiar de los Sforza. Imagina la escena: mientras los frailes dominicos comían en absoluto silencio en sus mesas laterales, contemplaban frente a ellos la histórica escena bíblica.
Cualquier libro de historia del arte te aportará datos fascinantes sobre la pintura, pero conviene recordar los esenciales: fue realizada entre 1495 y 1498, y mide 4,60 metros de alto por 8,80 metros de ancho. Leonardo capturó el instante exacto posterior a que Jesús pronuncia las palabras: "En verdad os digo que uno de vosotros me va a traicionar". Por eso, en los rostros de los apóstoles se aprecian reacciones tan humanas de sorpresa, ira, duda, negación y tristeza. Los doce discípulos se agrupan en cuatro conjuntos de tres, creando un dinamismo visual extraordinario en torno a la figura serena y piramidal de Jesús en el centro.
Uno de los aspectos que más me sorprendió es que Leonardo utilizó una técnica experimental que casi destruye la propia obra. Tradicionalmente, las pinturas murales se ejecutaban al fresco (aplicando el pigmento sobre el yeso aún húmedo, lo que exige rapidez pero garantiza siglos de conservación). Sin embargo, Leonardo, en su afán perfeccionista por trabajar al detalle las sombras y los retalles a su propio ritmo, decidió emplear una técnica en seco basada en óleo y temple sobre una doble capa de yeso sintético. Lo que el genio no previó fue que la humedad natural de la pared haría que la pintura comenzara a escamarse e irse deteriorando apenas unos años después de terminarla, iniciando un continuo proceso de degradación durante siglos.
Entre 1978 y 1999 se llevó a cabo una titánica restauración de más de 21 años que eliminó capas de suciedad y repintados posteriores, sacando a la luz los colores y trazos originales de Da Vinci.
A mí, particularmente, me fascinó la expresividad en los rostros de cada apóstol y el dinamismo de sus gestos. Una visita IMPRESCINDIBLE en la que los 15 minutos asignados se quedan verdaderamente cortos.
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| La Crucifixión |
Por último, en la pared opuesta se encuentra otra obra maestra que a veces pasa desapercibida por la magnificencia de Leonardo: La Crucifixión de Giovanni Donato Montorfano. Al estar pintada al fresco tradicional, su estado de conservación es muy superior al de La Última Cena. Representa la escena del Calvario con una notable riqueza de personajes y un detallado paisaje de fondo. Como curiosidad, en las esquinas inferiores se añadieron los retratos de los mecenas de la obra: el duque Ludovico Sforza junto a su hijo Ercole a la izquierda, y su esposa Beatriz de Este con su hijo Francesco a la derecha. Aunque hoy apenas se distinguen, estos retratos fueron pintados al óleo por el mismísimo Leonardo a petición de la familia ducal.
CASTILLO SFORZA
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| Castillo Sforza |
Otra de las sorpresas de Milán es el Castillo Sforza, una de las fortalezas con mayor repercusión histórica durante la Edad Media. Aunque corrió el riesgo de ser demolida a finales del siglo XIX, hoy luce un aspecto sobresaliente para el disfrute de todos los que se acercan a visitarla.
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| Torre del Filarete |
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| San Juan Nepomuceno |
Su acceso es totalmente gratuito, al menos para pasear por sus patios exteriores e interiores; solo tendrás que pagar si deseas acceder a los museos que alberga en su interior. Nosotros decidimos no entrar, ya que visitar un museo teniendo solo dos días en la ciudad condiciona mucho el resto del itinerario, así que poco podemos contar de su colección interna.
De lo que sí os podemos hablar detenidamente es de sus tres impresionantes patios: el Cortile delle Armi, la Corte Ducale y el Cortile della Rocchetta.
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| Cortile delle Armi |
El primero con el que te encuentras nada más cruzar la entrada principal, justo bajo la monumental Torre del Filarete, es el Cortile delle Armi (Patio de Armas). Este espacio sirvió durante los años de dominación austríaca como punto de adiestramiento para las tropas de guarnición. Al fondo a la izquierda se ubica el antiguo hospital de campaña, construido en el siglo XVI, y a la derecha el foso que protegía el núcleo central del castillo. Si os fijáis en la estatua del centro, debéis saber que representa a San Juan Nepomuceno, patrón protector de las tropas austríacas.
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| Corte Ducale |
Al dejar atrás el Patio de Armas, encontrarás a mano derecha la Corte Ducale, ubicada en la antigua zona residencial noble. Aquí vivían los duques y la corte rodeados de lujo, celebrando recepciones diplomáticas. Lo reconocerás fácilmente por sus arcos de ladrillo visto y su pintoresca fuente central decorada. Desde este patio es desde donde se accede a uno de los museos principales del recinto, el Museo de Arte Antiguo.
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| Cortile della Rocchetta |
El último patio es el Cortile della Rocchetta, sin duda el que posee más detalles desde el punto de vista artístico. Os llamarán la atención sus elegantes pórticos con arcos renacentistas apoyados sobre columnas y decorados con los escudos heráldicos de los Visconti y los Sforza. Este espacio funcionaba como el último baluarte defensivo en caso de asedio o revueltas internas: si la ciudad caía o el Patio de Armas era invadido, la familia ducal se refugiaba en esta pequeña fortaleza inexpugnable, donde además se custodiaba el tesoro del ducado.
Una vez hayáis recorrido todos los patios del castillo, os recomiendo salir por la puerta opuesta a la de entrada para enlazar directamente con las siguientes visitas imprescindibles de la zona: el Parque Sempione, la Triennale de Milán y el Arco della Pace.
TRIENNALE Y ARCO DELLA PACE
Una vez que hayas atravesado el Castillo Sforza, llegarás a un enorme espacio verde conocido como el Parque Sempione, el auténtico pulmón de Milán. Y es que es verdaderamente grande, con más de 38 hectáreas de extensión. Puedes pasear tranquilamente en torno a su estanque central y perderte por los senderos que parten a su alrededor; es un lugar ideal para desconectar del bullicio urbano y descansar un poco.
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| Parque Sempione |
En uno de sus laterales encontrarás la Triennale de Milán, la institución de referencia internacional para el diseño, la arquitectura y las artes decorativas italianas, ubicada en el interior del Palazzo dell'Arte.
En su interior se alberga el Museo del Diseño Italiano, una joya con piezas icónicas que transformaron la industria mundial (sillas, electrodomésticos, automóviles y objetos cotidianos) creadas por los grandes maestros del diseño del país. Además, cuenta con salas para exposiciones temporales y un restaurante panorámico con vistas privilegiadas al parque.
Cuando nosotros lo visitamos, nos encontramos con una curiosa exposición de animales a tamaño natural fabricados con papel y cartón. Y es que, aunque no seas un gran apasionado del arte moderno, muchas de las propuestas que exhiben resultan sumamente llamativas y sorprendentes.
Si atraviesas todo el Parque Sempione hasta llegar al extremo opuesto al castillo, te toparás con el Arco della Pace, un imponente arco triunfal neoclásico de 25 metros de altura. Su construcción comenzó en 1807 por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar sus victorias en Italia. Sin embargo, tras su derrota en Waterloo, las obras se paralizaron y no se concluyeron hasta 1838, momento en el que se rebautizó como símbolo de la paz europea recuperada tras las Guerras Napoleónicas. En su parte superior podrás contemplar la Sestiga della Pace, una espectacular escultura de bronce de seis caballos que tiran del carro de la diosa Paz.
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| Arco della Pace |
La plaza donde se ubica está repleta de terrazas y bares, convirtiéndose en un lugar fantástico para almorzar o para disfrutar al caer la tarde del famoso aperitivo milanés. Para quien no lo conozca, la regla básica es muy sencilla: pagas únicamente por tu bebida y la comida viene incluida. La copa suele costar entre 10 € y 15 € según el local, lo que te da acceso directo a una completa degustación de platos.
Y después de almorzar, seguimos nuestra ruta, hacia otro de los lugares a nuestro entender imprescindibles por su singularidad, San Bernardino de Ossa.
La entrada es totalmente gratuita, aunque te advierto que el tiempo del que dispondrás para visitarlo es algo reducido. Tal y como recuerdan a la entrada, se trata de un lugar de culto y no de una mera atracción turística; así que ya sabes: echar un vistazo con respeto y a continuar la ruta... Teóricamente están prohibidas las fotos y los vídeos, pero con las fotografías suelen ser más permisivos, mientras que con el vídeo sí que llaman la atención rápidamente.
Su origen se remonta a principios del siglo XIII, cuando la falta de espacio en el cementerio contiguo al antiguo hospital de San Stefano obligó a construir una estancia específica dedicada únicamente a conservar y depositar los restos de los difuntos. Hacia finales de ese mismo siglo se levantó una capilla junto al osario, dedicada a San Bernardino de Siena. A principios del siglo XVIII un incendio destruyó el edificio original, lo que llevó a la reconstrucción de la iglesia actual —con una bonita planta octogonal— y a la ampliación del osario tal y como se contempla hoy.
No es el primer osario que visitamos; en Évora ya habíamos visto la Capela dos Ossos, la cual dicen que se construyó precisamente tras la fascinada visita que realizó el rey Juan V de Portugal a este rincón milanés. Lo que realmente sorprende en comparación con la capilla portuguesa es la manera tan artística en que se exponen los restos humanos: decoran las paredes y los marcos de las puertas formando figuras geométricas, cruces y guirnaldas elaboradas con fémures, tibias y cráneos.
Quizás te preguntes a quién pertenecían estos restos. En su mayoría corresponden a enfermos fallecidos en el antiguo hospital, así como a frailes de la orden y personas procedentes de otros cementerios locales exhumados. Todos excepto por una curiosa excepción: los cráneos ubicados sobre el dintel de la puerta de entrada, que pertenecen a reos ejecutados en la época.
Como no podía ser de otra manera, a la iglesia le ronda una conocida leyenda fantasmagórica. Cuentan las crónicas locales que cada 2 de noviembre (Día de los Difuntos), el esqueleto de una niña pequeña cuyos restos descansan a la izquierda del altar cobra vida y arrastra al resto de los huesos a bailar una aterradora danza fantasmal durante la noche.
Volvemos sobre nuestros pasos hacia la Plaza del Duomo para visitar con más tranquilidad otro de los grandes iconos de la ciudad: la Galería de Vittorio Emanuele II. La primera vez que entramos fue durante el día y, como suele ser habitual, estaba abarrotada de gente; resultaba incluso difícil caminar. Afortunadamente, regresamos por la noche y pudimos disfrutar de cada rincón con total calma. Y es que su aspecto cambia radicalmente sin el turismo de masas, así que si tu agenda te lo permite, no dudes en visitarla al caer el sol.
Haciendo un poco de historia, la galería fue concebida a finales del siglo XIX. Su construcción comenzó en 1865, cuando el propio rey Víctor Manuel II colocó la primera piedra, motivo por el cual lleva su nombre. Conocida popularmente por los milaneses como "Il Salotto di Milano" (El Salón de Milán), conecta directamente la Piazza del Duomo con la Piazza della Scala, donde se encuentra el afamado teatro de ópera.
Arquitectónicamente, combina magistralmente elementos neoclásicos con una espectacular cubierta de hierro y cristal. Su cúpula central de vidrio se alza a 47 metros de altura y custodia cuatro enormes mosaicos que representan a los continentes: África, América, Asia y Europa. Asimismo, en el suelo del octógono central destacan cuatro mosaicos de mármol con los escudos de Roma, Florencia, Milán y Turín.

Pasear por la Galería, más allá de admirar su arquitectura y su simbología, supone darse un garbeo por las tiendas más exclusivas del planeta; cualquier firma de alto nivel que se precie busca tener presencia aquí. De este modo, paseando por sus pasillos verás boutiques de la talla de Prada, Gucci, Louis Vuitton o Giorgio Armani. Como curiosidad, te fijarás en que todos los comercios exhiben una estética uniforme con letras doradas sobre fondo negro, un requisito fijado por la estricta normativa de la propia Galería para preservar su armonía visual.
Al cruzar por completo la Galería de Vittorio Emanuele II desembocamos en una pequeña plaza presidida en su centro por el monumento a Leonardo da Vinci: la conocida Piazza della Scala.
Esta estatua es obra del escultor Pietro Magni (1872) y se sitúa justo enfrente del célebre Teatro de La Scala. Resulta del todo comprensible que Milán dedicase un monumento al genio toscano, ya que estuvo al servicio de los Sforza durante más de 16 años y dejó en la ciudad legados imborrables como La Última Cena. En la base del monumento, escoltando al maestro desde sus cuatro esquinas, se hallan las figuras de sus cuatro discípulos más destacados, los conocidos como leonardeschi: Marco d'Oggiono, Cesare da Sesto, Giovanni Antonio Boltraffio y Andrea Salai.
Justo en frente se alza el Teatro alla Scala, uno de los coliseos de ópera más míticos y prestigiosos del mundo, inaugurado en 1778. Se levantó sobre los restos de la antigua iglesia de Santa María alla Scala (de la cual toma su nombre) por orden de la emperatriz María Teresa de Austria, tras quedar destruido por un incendio el anterior teatro ducal. En su interior han resonado las composiciones de genios como Verdi o Puccini, y han brillado voces legendarias de la talla de María Callas y Luciano Pavarotti.
Nosotros no pudimos acceder a su interior pero, aunque su fachada exterior resulta bastante sobria con su elegante estilo neoclásico, por dentro es despliegue puro de lujo y opulencia. Así que, si dispones de tiempo suficiente en tu ruta, no dudes en incluir su visita.
Nos dirigimos ahora hacia el barrio de Ticinese para contemplar uno de los templos con mayor pasado romano de la ciudad. La Basílica tiene justo delante de su entrada dos elementos que te llamarán poderosamente la atención. Por un lado, una estatua en bronce de Constantino el Grande, quien promulgó en el año 313 d.C. el histórico Edicto de Milán que concedió la libertad religiosa al cristianismo dentro del Imperio. El otro elemento que no te pasará desapercibido son las Colonne di San Lorenzo, un conjunto de 16 columnas corintias de mármol que flanquean la plaza y constituyen uno de los escasos vestigios en pie de la antigua Mediolanum romana.
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| Colonne di San Lorenzo |
Se cree que estas columnas, de más de 8 metros de altura, no eran originarias de este emplazamiento, sino que fueron trasladadas aquí en el siglo IV desde un templo pagano o unos baños públicos para erigir el pórtico de acceso a la basílica. Te recomiendo pasarte al caer la noche, ya que la iluminación le otorga un toque mágico al conjunto; además, es un punto de encuentro francamente concurrido y animado por los jóvenes milaneses, pues sus alrededores están repletos de bares y terrazas.
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| Basílica de San Lorenzo |
La última de las basílicas que visitamos en Milán fue la Basílica de San Eustorgio, conocida por su historia ligada a los Tres Reyes Magos. Y es que, según la leyenda, aquí estuvieron enterrados los Reyes de Oriente; de hecho, todavía se puede ver su enorme tumba de mármol vacía...
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| Sarcófago de los Reyes Magos |
Cuenta la historia que en el siglo IV el obispo Eustorgio viajó a Constantinopla y el emperador le regaló un sarcófago con las reliquias de los Magos. El obispo las trajo a Milán en un carro de bueyes que, al llegar a este punto, se cansaron y no quisieron andar más. Esto se interpretó como una señal de Dios para construir allí la iglesia. Durante siglos los restos estuvieron aquí, hasta que en 1164 el emperador Barbarroja destruyó parte de Milán y se llevó las reliquias a Alemania, concretamente a la Catedral de Colonia.
A principios del siglo XX, un cardenal milanés consiguió que devolvieran al menos una pequeña parte de los huesos (dos fémures, una tibia y un húmero). Hoy en día se guardan en una caja de bronce justo al lado del sarcófago antiguo.
Si entras en la iglesia puedes pagar una entrada de unos 6 euros para ver las catacumbas subterráneas y la Capilla Portinari. La capilla es una joya del arte renacentista, famosa por su bonita cúpula de colores y sus pinturas en las paredes. Por su parte, en las catacumbas verás tumbas muy antiguas (de los siglos III al V) con frases grabadas en griego y latín.
Al terminar la visita nos fuimos a cenar al cercano barrio de Navigli, que está al lado y tiene muchísimo ambiente. Cenamos, cómo no, una pizza en la pizzería Sciué Navigli: súper recomendable, muy rica y bien de precio.
Al día siguiente, como nuestro avión salía a mediodía, nos dio tiempo al menos de dar un último paseo por las calles del famoso Barrio de Brera antes de volver a casa.
UN PASEO POR EL BARRIO DE BRERA
El Barrio de Brera está considerado el rincón más artístico, bohemio y romántico de Milán. Caminar por sus calles te permite salir por un momento del lío y el ajetreo del resto de la ciudad. Además, la mayoría de sus callejuelas son estrechas y peatonales, así que da gusto pasear tranquilo y cotillear las tiendas y mercadillos que te vas encontrando.
Si como a nosotros no te da tiempo a ver los museos por dentro, lo mejor que puedes hacer es pasear, tomarte un buen café y dar una vuelta por los mercadillos de antigüedades. Hay un ambiente estupendo y es la forma perfecta de despedirte de Milán con un buen sabor de boca, poniendo el final ideal a este viaje de dos días.
































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